Con la complicidad de los lectores me permito proponerles comenzar este artículo disparando un primer interrogante para reflexionar sobre una problemática que necesitamos abordar para lograr una ciudad más saludable, digna y amigable, sin distinción de barrios y con un desarrollo urbano sustentable.
¿Saben cuál es la esquina más ruidosa de Buenos Aires? La respuesta es Cabildo y Juramento, dato novedoso para muchos, que surge de un relevamiento realizado por la Universidad de Palermo, del que continuaremos echando mano más adelante y que sorprende más aún cuando se conoce que la tradicional esquina produce más ruido que el propio Aeroparque.
Paradójicamente, el análisis del ruido, que para los estudios más elementales de las ciencias de la comunicación es abordado como un obstáculo para la transmisión de un mensaje con éxito entre un emisor y un receptor, dice mucho a la hora de pensar políticas públicas tendientes a mejorar nuestra calidad de vida.
Aunque en la mayoría de los casos pueda pasar desapercibida en la vorágine cotidiana en la que estamos sumergidos, la contaminación acústica se ha convertido en un grave problema ambiental que atenta contra la calidad de vida en las grandes ciudades. Se erige como la segunda fuente de contaminación que más afecta a las personas, detrás de la contaminación atmosférica.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la contaminación acústica tiene importantes consecuencias para la salud humana: elevados niveles de estrés y depresión, fatiga y alteraciones de sueño, reducción de la capacidad cognitiva y un elevado riesgo potencial de enfermedades cardíacas y respiratorias.
El nivel de ruido se mide en decibeles y los límites recomendados como tolerables por la OMS son 65 decibeles durante el día y 55 decibeles durante la noche. Los ruidos cotidianos oscilan en una franja que va entre los 35 y los 85 decibeles. Se considera que por debajo de los 45 decibeles se vive en un clima óptimo, que por encima de los 55 decibeles ya puede haber molestias y que a partir de los 85 decibeles las consecuencias son nocivas para toda la población. En cuanto a la noche, la OMS considera que por encima de los 35 decibeles ya no es posible un descanso apropiado.
Al calor del gran crecimiento poblacional y el desarrollo urbano, y fundamentalmente del pronunciado aumento del parque automotor y del tránsito, la contaminación acústica en la ciudad de Buenos Aires ya no solamente es una molestia, sino también una seria amenaza para la salud pública.
En las grandes ciudades de los países desarrollados ha habido una creciente toma de conciencia sobre este tipo específico de contaminación; se ha aprobado legislación específica y se han adoptado diversas políticas con el objeto de proteger la salud de los ciudadanos. Lamentablemente, la ciudad de Buenos Aires está en este tema muy atrasada en relación con los abordajes modernos de esta problemática. La ley 1540 de control de la contaminación acústica, aprobada en 2004, establece un límite de 65 decibeles para el día en zonas residenciales y de hasta 70 en zonas comerciales. No sólo se fijan límites por encima de los estándares internacionales de calidad acústica, sino que además estos no se cumplen por la falta de controles e inspecciones periódicas y por la ausencia de infraestructura adecuada para realizar las mediciones.
El promedio de ruidos en Buenos Aires está entre 70 y 75 decibeles, sin grandes diferencias entre los ruidos diurnos y los nocturnos. El estudio realizado por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Palermo (2011) arrojó mediciones preocupantes en varias de las esquinas más emblemáticas de la ciudad: la ya mencionada esquina de Cabildo y Juramento, señalada como la más ruidosa de la ciudad, con una medición de 131 decibeles, que supera incluso el registro de los 105,8 decibeles que dicho estudio relevó en Aeroparque Jorge Newbery. Se trata de niveles que superan holgadamente los límites recomendados por la OMS y que tienen por ello importantes consecuencias para la salud de los porteños.
Parafraseando al célebre dramaturgo William Shakespeare, en materia de contaminación acústica, "mucho ruido y pocas nueces", con el atenuante de que más allá de cualquier analogía literaria, simbólicamente necesaria para dimensionar la magnitud del problema y llamarnos la atención, el ruido y las pocas nueces de hoy pueden tener consecuencias irremediables en el futuro de la ciudad y de sus vecinos.
En este contexto, es imprescindible reconocer y atender esta relevante dimensión de la contaminación ambiental para preservar la salud de nuestro entorno y de las personas. Sin embargo, quizás lo más importante es que cada uno de nosotros tome conciencia de la importancia del respeto a las normas de convivencia pacífica y no generar ruidos que afecten a los vecinos.
Junto a las necesarias campañas de educación y concientización, es necesario fortalecer los controles y las sanciones, ordenar el tránsito y encarar estrategias de urbanizacio?n más planificadas.
Nos moviliza la convicción de saber que, además de los esfuerzos que debemos pedirle al Estado, contamos con el talento de nuestros emprendedores, el compromiso de las organizaciones y el conocimiento de nuestras universidades para encontrar las soluciones que nos posibiliten vivir cada día mejor en Buenos Aires.
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