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Boca tiene el cerebro en blanco. Lo que en el verano se justificó con la dureza de la pretemporada y en el inicio del torneo con la falta de ritmo, directamente se quedó en silencio y caras de desconcierto en la final de la Supercopa Argentina que el equipo de Rodolfo Arruabarrena perdió por 4-0 ante San Lorenzo.


Las causas

La estadística es contundente en el intento de explicar por qué Boca perdió como perdió. Su máximo pasador fue el zaguero central Juan Insaurralde. Ni César Meli, ni Pablo Pérez, dos de los que el técnico decidió poner desde el inicio en el mediocampo. Mucho menos Carlos Tevez, acaso el de más prestigio de los 11 que iniciaron. No. El Xeneize no hizo circular la pelota allí donde el juego nace. Su zona de confort fue la defensa y su objetivo el pelotazo.


El defensor chaqueño lideró la tabla de pasadores de los de Arruabarrena con 46 entregas y a él lo siguieron Adrián Cubas con 42, Daniel Cata Díaz con 40, Fernando Tobio con 39 y Jonathan Silva con 29.


En San Lorenzo, en cambio, el punto neurálgico estuvo en el mediocampo y de allí hacia adelante. Néstor Ortigoza fue el jugador por el que más pasó la pelota y desde allí a Julio Buffarini o a Emmanuel Mas para abrir la cancha o a Fernando Belluschi para armar jugadas de riesgo. Ellos junto a Sebastián Blanco y Franco Mussis formaron el principal circuito de juego de los de Pablo Guede, autor intelectual anoche en Córdoba de una paliza táctica y estratégica frente a un Boca que no supo qué hacer con la pelota.