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Cultura domingo 31 de enero 2016

Gabriela Larralde: "Soy una escritora que no tiene recuerdos"

Matías Méndez

Por: Matías Méndez Especial para Infobae

Una de las revelaciones de la literatura argentina reciente habló con Infobae sobre su primer libro de cuentos, "Soluciones quirúrgicas"

domingo 31 de enero 201611:33
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El 2015 fue un año marcado por la aparición de muchos libros de cuentos que reafirmaron la vitalidad que tiene el género en la literatura argentina. Sobre el final del año, se sumó un volumen que editó la flamante editorial Zona Borde, "Soluciones quirúrgicas". Son doce relatos escritos por Gabriela Larralde, una autora que, a pesar de su juventud —nació en 1985—, ya dio a conocer un ensayo ("Los mundos posibles" un estudio acerca de la literatura LGBTTI para niños, Blatt &Ríos, 2014) y un libro de poemas ("Las cosas que pasaron", Huesos de Jibia, 2013).

Larralde entrega su primer libro de cuentos en el que despliega una notable capacidad para narrar en espacios breves dilemas profundos de los mundos familiares. Con una escritura precisa, que escapa de la grandilocuencia, la autora elige las palabras justas que le permiten edificar situaciones complejas sin caer en el golpe bajo ni el melodrama banal. Son doce cuentos pequeños que narran grandes historias. Como recomienda el escritor Pablo Ramos en la contratapa: "No dude, lector, en festejar a esta narradora que se suma a la gran tradición argentina de hacer de la narración de un cuento un arte exquisito".

Gabriela Larralde visitó la redacción de Infobae para hablar de su libro de cuentos, repasar su vinculación con la escritura en diferentes géneros y adelantar que está trabajando en su primera novela.

—Es su primer libro de cuentos y aparece con un respaldo importante: Pablo Ramos hizo la contrataba, Juan Terranova lo eligió como libro del año en Infobae. ¿Cómo lo toma?
—Con sorpresa, porque es un libro que salió en noviembre de 2015 y que haya sido elegido me puso muy contenta y también me sorprendió, porque es una editorial chica, que tiene apenas un año, Zona Borde. Es un libro que vengo trabajando hace mucho y que la decisión de publicarlo fue a partir de entender que tenía un material acabado, que esto me representaba, porque es lo que soy yo y lo que son mis cuentos. No tuve nunca miedo de la publicación.

—Era el momento de mostrar esta producción.
—Era el momento. Lo empecé a escribir a los veinte años, pasó un proceso muy largo de entender qué era la escritura en mi vida y qué era lo que quería contar, por qué y de qué forma. Todo ese camino se fue transitando en la medida en que fui escribiendo de manera práctica, no de manera intelectual, sentada en una universidad, sino verdaderamente escribiendo y en talleres. Una vez que el libro salió publicado estaba muy contenta.

—Antes, y a pesar de su juventud, trabajó otros géneros: la poesía y el ensayo. ¿Cuál es su lugar?
—Escribo poesía y ahora estoy escribiendo una novela. Tiene que ver con distintos momentos de mi vida, distintas formas de decir algo. Tal vez, y a mi pesar, naturalmente sea más poeta; la voz que naturalmente me sale es la de la poesía, es una voz más inmediata y más pictórica, del tipo de una fotografía, algo estático. En cambio, los cuentos me permiten divertirme, entretenerme y ahondar en otras temáticas menos claras. Al cuento vengo a tratar de entender algo, en la poesía no me pasa eso.

—Muchas veces los poetas dicen lo contrario.
—Es que en la poesía no hay nada que busco entender, simplemente es una sensación, una imagen, algo que está dando vueltas y uno lo escribe. En cambio, en el cuento sí hay un búsqueda más profunda de ver por qué estoy describiendo estos personajes, en qué tema me estoy metiendo. Soy una escritora que no tiene recuerdos; no me acuerdo de muchas cosas de mi infancia o de mi adolescencia. Tengo amigas que recuerdan qué color de remera tenías puesta tal día. No recuerdo nombres ni demasiadas situaciones, lo que sí recuerdo de manera muy fuerte es alguna sensación de haber estado en algún lugar, de poder absorber una atmósfera, eso sí lo puedo retener de ciertos momentos de mi vida y tal vez lo que estoy haciendo es tratar de llenar ese recuerdo. A partir de esa sensación es que intento recuperar con palabras, con palabras de este mundo, diría [Alejandra] Pizarnik, algo que venga a llenar esa sensación.

—¿Es como un recuerdo sensorial?
—Totalmente sensorial.

—Eso se advierte en estos relatos, en el sentido de su trabajo en la construcción de la atmósfera de cada uno.
—Parto de eso: de una atmósfera y de la arquitectura de los lugares y de lo que los lugares permiten o no permiten. Me pongo un poco obsesiva con eso e incluso de mis personajes y, aunque nunca aparezca, sé cuánto miden, cuánto pesan. Eso es lo que va a permitir que si corren una cuadra, va a estar agitado o no, de cómo llegan a un pasillo o a otro. En uno de los cuentos una nena corre por un pasillo que ella cree que es larguísimo, aunque no lo es, pero es esa sensación de correr unas longitudes que te parecen enormes y tal vez cuando las visitás de grande son muy cortas. Tengo muy en cuenta las dimensiones.

—¿Aquí vuelve a trabajar sobre determinados tópicos que ya había abordado desde otros géneros?
—Sí, seguramente tiene que ver con los temas que a mí me interesan y me obsesionan, pero se da de una manera natural, porque en ninguno de los casos me pongo a pensar qué voy a escribir. Me gusta escribir por la sensación de estar escribiendo y ese es uno de los mejores estados y es mucho de disfrutar y de aprender. No es algo que lo piense antes. Parto de una sensación, parto de un malestar, parto de alguna pregunta y de ahí van surgiendo los personajes y el narrador, pero en principio nunca parto de ideas.

—Y esos narradores siempre son diferentes.
—Es algo que se da de manera natural, no es que dije: "Tengo tres cuentos con una narradora mujer parecida a mí, entonces voy a buscar escribir un narrador masculino o una abuela". Al contrario, en muchos sentidos me puedo sentir hombre o anciana o, de golpe, tener la mirada de un niño frente a alguna circunstancia o recordar a una niña y a partir de ahí escribo. Escribir simplemente desde el lugar de mujer sería imposible, porque no soy sólo una mujer. Nadie es solamente una cosa ni tiene sólo una mirada acerca de las cosas. Poder hacerlo a través de la escritura es buenísimo.

—En estos cuentos usted narra cuestiones muy profundas en poco espacio, porque se trata de relatos breves, esto no es sencillo de lograr. ¿Cómo lo trabaja?
—Fui lectora de microficción durante muchos años de mi vida, investigué y me metí mucho. Le tengo mucho respeto al género, no lo escribo, pero sí me llevo de la microficción y lo traigo a los cuentos, algo que tiene que ver con que cada palabra que elijo; incluso las que están de más, las aleatorias, están por algo. Soy muy cuidadosa, porque no me gusta que si un cuento lo puedo contar en tres páginas, tenga cinco o siete. De hecho, al momento de publicar me pidieron que incluya un cuento más de los que yo había seleccionado, porque eran cuentos cortos y esa concesión la hice. No tengo mucho interés en que tenga una longitud especial, si puedo contar una historia en poco tiempo, la contaré en poco tiempo.

—Se lo decía porque la síntesis es un valor muy importante, muy difícil de trabajar y que no siempre es valorado.
—Parte de pensar al lector como un amigo. Tal vez, la forma en la que yo escribo son como historias que se las estoy contando a alguien que me conoce o que conoce algo. Tal vez tiene que ver con darle al lector un lugar de cierto saber, no de ningún saber, que después lo tiene que ir recuperando y que le voy a dar las herramientas para que lo pueda recuperar, pero en principio es una historia que se la podría contar así a un amigo.

—Otro de los ejes que cruzan estos doce relatos es el ámbito familiar. ¿Qué le interesa de ese mundo?
—En mi poesía también aparece mucho el hogar. Hay una frase que leí hace un tiempo, posterior a la publicación del libro de poesía y el de cuentos, que es de Virginia Woolf. Ella dice que lo primero que tiene que hacer una escritora mujer es matar al ángel del hogar. Es algo que no lo había pensado antes de esa manera, pero es algo que hago en los cuentos y en la poesía y que para mí tiene un valor muy importante, sobre todo con poder hacerlo como mujer. Como mujer, como esposa, como hija, como hermana. La mujer dentro del hogar ha tenido históricamente obligaciones, roles, prácticas muy determinadas y determinantes de otras actividades. Poder, de alguna forma y a través de la escritura, romper con esos manuales y códigos propios, no exigirle al otro o a la sociedad entera, sino a partir de uno mismo. El lugar más peligroso de una mujer es la casa. Y también del hombre. Y el trabajo es el lugar más peligroso del hombre, no es la calle. A partir de pensar así las cuestiones es que estos pequeños infiernos duermen abajo de la almohada de cualquiera o están detrás de la olla que una mujer o un hombre corren para ponerse a cocinar.

—En estas historias los desencadenantes son pequeñas cosas, cuestiones menores en temas mayores.
—Tiene que ver con recuperar eso de que las mejores o las peores frases no son frases en sí, no son frases que uno pueda subrayar, son frases que, sacadas de un contexto, no dicen nada, pero adentro de un contexto pueden marcarte toda tu vida.

—Hablamos de la brevedad, del mundo familiar. ¿Qué otro elemento une a los relatos? ¿Las soluciones que plantea desde el título?
—La idea de soluciones. Cada uno de estos cuentos puede leerse como una solución, pero no en el sentido de algo que estaba mal ahora empieza a estar mejor, sino simplemente que algo cambia de forma. Al comienzo del libro hay una definición de soluciones que dice: 'Acción y efecto de disolver lo que está unido de cualquier modo'. En cada uno de esos cuentos las relaciones que hay en el medio estallan y se vuelven a unir de otra manera. En ese sentido, en cada uno de los cuentos pasa algo de ese estilo. Por ejemplo, el protagonista o el narrador de golpe empiezan a vivir con un clavo, en lugar del fémur tienen un clavo y empiezan a tener que vivir con esa situación distinta.

—Esas soluciones están adjetivadas con "quirúrgicas", que uno lo puede pensar como algo rudo, frío e irremediable.
—Una solución quirúrgica, en principio, no se puede desandar. Una vez que se hace, no se puede revertir. Y luego en el sentido de lo extraño, de un material que no es propio del cuerpo, pero que sí es duradero y estable y con el que uno puede vivir, como si uno pudiese vivir con casi todo aquello que le es extraño, pero que, sin embargo, no deja de ser frío.

—Los otros elementos que aparecen son, por un lado, cierta soledad y la dificultad de comunicación entre los personajes. ¿Se propuso abordar esto?
—Varias personas me dijeron lo de la soledad y tiene que ver con que cada uno de los narradores está muy metido en su propio mundo e intenta convivir y establecerse, pero siempre resguardado desde un lugar imposible. Sí, esa es una problemática existencial y que puede ser que esté atravesando el libro.

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