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Opinión viernes 22 de enero 2016

¿Era realmente necesario?

Por Gustavo Perilli

La actual política económica se sustenta en la fluida oferta de dólares y métodos ortodoxos para bajar la inflación. Es presentada a la opinión pública como una "normalización" necesaria, pero trae consecuencias sobre el nivel de empleo ya conocidas

viernes 22 de enero 201615:52
Crédito: AP
Semana a semana, el Gobierno muestra y reafirma la naturaleza de su política económica. En nada se contradice en su tendencia a retirar sin demasiada revisión y reflexión la influencia del Estado en la economía (calificado hasta de "elefantiásico y enemigo del desarrollo" por alguno de sus exponentes) y buscar implantar en la estructura social las infinitas e inequívocas virtudes de lo que considera como beneficios del derecho a la libertad. En concordancia con las ideas explícitas de la filósofa Ayn Rand, por ejemplo, parecería afirmar que "no puede existir transacción entre la libertad y los controles gubernamentales; aceptar simplemente unos pocos controles equivale a renunciar al principio de los derechos individuales inalienables y sustituirlos por el principio del poder gubernamental arbitrario y sin límites (Rand, 1962)". En paralelo, sus votantes, especialmente los que entienden que ya cumplieron con su deber cívico aquel domingo (y no sufrieron cambios en su condición laboral), reciben estas manifestaciones con algarabía y diseñan todo tipo de comparaciones con otros períodos de la historia argentina reciente y obtienen conclusiones fundadas en débiles verdades. ¿Cómo se diseñó este ambiente? A partir de la construcción de una información direccionada a la opinión pública y la generación de un individuo irracional que, por sus constantes manifestaciones, empezó a repetir que las medidas que mejoraban su ingreso disponible (el poder de compra de su salario) eran absolutamente insostenibles bajo cualquier circunstancia. En particular, vitorearon alegremente la eliminación de subsidios que aumentaron su capacidad de compra por años sin utilizar análisis concienzudos (en muchos casos incluso se discriminó cuando la familia marginal compartía un restaurante con la de clase media), ni advertir los peligros de respaldar las ideas fundamentalistas que afirman que el merecedor del puesto de trabajo, siempre y en todo momento, debe ser productivo (para crear productos competitivos, venderlos y atraer divisas).

Con el legítimo respaldo del electorado, el Gobierno transformó estos lineamientos basados en una cuestionada noción de libertad en una suerte de dogma, los transmitió (y fundó) a partir de la difusión de una imagen fresca enfocada especialmente a su público (reemplazaron los trajes y las coloridas corbatas típicas de los funcionarios del pasado por camisas floridas y pantalones chupines de gabardina más relajados) y hasta se animó a entonar canciones popularizadas por la cantante Miriam Alejandra Bianchi (Gilda). A partir del manejo de un poder construido a base de imágenes y un flujo de información bien coordinado por numerosos íconos de la pantalla chica, la radio y los diarios (que en estos días relatan cuentos de hadas y la historia de un perro en un billete), comparan alegremente la necesidad del recorte del ingreso vía retiro subsidios en términos de pizzas que se dejarían de consumir sin contemplar, casi con imprudencia, que en la Argentina actual en contadas ocasiones numerosas familias pueden darse ese gusto (planear una comida familiar a base de ese menú). Paradójicamente, tampoco consideran la cantidad de pizzas que dejaron de consumir los recientes desocupados que, para estos estándares de pensamiento microeconómico perfeccionista, no poseen suficientes calificaciones para enfrentar los desafíos de una productividad necesaria para afrontar los retos exigidos por la competencia. Para complementar, también es consistente con esta línea de pensamiento el retorno sin planteamientos a "la aldea global", la antigua relación con los organismos internacionales y al abrazo a la movilidad internacional de capitales, eliminando cualquier regulación que limite las voraces decisiones (de tipo animal spirits keynesiano) de los inversores financieros. Esta conjunción de ideas aplicadas, conocida en términos técnicos como liberalización financiera, ya está operando en paralelo con una apertura comercial (explicada por el retiro de retenciones y aranceles) relativamente semejante a la que se gestó hace 25 años.

La presencia de las máximas autoridades del Gobierno y de algunos miembros destacados de la oposición en "la Meca de la globalización financiera mundial" en el Foro Económico de Davos constituye "el archivo fotográfico" más palpable de las prioridades de esta política económica. En lo más técnico, dadas las experiencias de décadas anteriores, este planteamiento constituye un desafío frontal a las recomendaciones de una vasta literatura económica que previene sobre estos alineamientos incondicionales. Especialmente en lo referido a la elevada exposición al riesgo, devenida, eventualmente, de un abrupto cambio de dirección del flujo de los capitales internacionales (recuérdese los efectos en la Argentina de las crisis de México y Asia). La anatomía de estos movimientos está bien documentada y difundida por profesores como Joseph Stiglitz de la Universidad de Columbia quien, si bien recientemente estuvo reunido con las actuales autoridades del Banco Central (BCRA), cuestiona estos paradigmas cuando, con vehemencia, señala que "tanto la globalización del comercio (la circulación de bienes y servicios) como la globalización de los mercados de capitales (la integración internacional de los mercados financieros) han contribuido al aumento de la desigualdad de distintas formas (Stiglitz, 2012)".

El Gobierno procura una integración completa al mercado financiero internacional

Si bien "los Estados siempre tienen ante sí la opción de redefinir las reglas de inserción internacional (Boyer, 1999)", la naturaleza de la política económica de la Argentina actual no parece ser pragmática o estar demasiado dispuesta a convalidar cambios de rumbo. En otras palabras, cualquier armado de un potencial mecanismo regulador alternativo para paliar posibles traumas (salida de la integración financiera global), explicada por fugas trágicas de capitales que pongan en riesgo el esquema cambiario (como el exitoso sistema de encajes chileno de los noventa), seguramente no prosperaría en la lógica de los asesores técnicos de estas autoridades. Por esta simple razón, la profundización de vínculos en Davos y el regreso de la comitiva con numerosos compromisos constituyen elementos necesarios para apuntalar todo el andamiaje de este modelo incipiente que pretende estabilizar el mercado de cambios y los precios internos. Tras la desarticulación del meollo mantenido con "los buitres" (sobre el cual se sugiere que habría habido sustanciales avances no difundidos por los medios) y el retorno a la órbita del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Gobierno estaría en condiciones de avanzar sin demasiados obstáculos hacia la integración completa al mercado financiero internacional. Las señales son claras y contundentes en este aspecto.

Indudablemente se avanzará hacia una marcada dolarización de las transacciones en distintos sectores internos (en contraposición con lo que se sugiere desde el BCRA). Este direccionamiento tendrá numerosos defensores en el corto plazo y, posiblemente, de una cantidad creciente de detractores en el más largo plazo. En función del "veranito" que está atravesando actualmente la economía (la inexistencia de presiones) y "el cheque en blanco" que todavía tiene el Gobierno en su poder, las medidas que impliquen ingresos de dólares, desarme de controles (especialmente de AFIP), "la adoración" irrestricta de los conceptos de confianza e inversión y, por supuesto, el enaltecimiento del diálogo (ilustrado por "el acierto del viaje a Davos"), como ya lo señalé, hoy por hoy serán digeridos prácticamente sin proceso, especialmente entre la clase media urbana cuyos ingresos no dependen estrictamente del salario (o no están expuestos al desempleo). Esta suerte de "viaje en un globo que se mece suavemente en el horizonte" en la que está embarcada la opinión pública argentina, indudablemente le facilita al Gobierno tomar riesgos tanto en un mercado internacional convulsionado por los descalabros de China y Brasil, como en el interno, cuando reduce tasas de interés y desafía una estabilidad cambiaria que se mantiene porque el mercado espera los dólares que entrarán desde la órbita del agro y el acuerdo con los bancos (el cumplimiento de ambos compromisos está dilatado).

Las autoridades esperan disminuir la inflación y bajar tasas de interés para otorgar préstamos hipotecarios (indexados a través de un mecanismo semejante al de la Unidad de Fomento chilena –UF-). Lo conseguirían a través de una apreciación cambiaria, derivada de ingreso de capitales y un respaldo del FMI, especialmente si el Gobierno continúa mostrando una conducta dócil dispuesta a aceptar lo que se lo indique. Esta política económica tendiente a embellecer el sendero del libre mercado, sustentada en el florecimiento de una fluida oferta de dólares y una menor inflación conseguida a través de métodos convencionales con las consecuencias ya conocidas en el empleo, continuará siendo presentada como una "normalización" necesaria a una opinión pública que, como señala el filósofo Karl Popper, "es muy poderosa //...// puede cambiar Gobiernos //...// constituye una forma irresponsable de poder//...// y que, con propaganda equivocada de un grupo de ciudadanos, puede dañar al conjunto de la sociedad (Popper, 1972)".


Gustavo Perilli es socio en AMF Economía y profesor de la UBA

Twitter: @gperilli

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