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Política domingo 10 de enero 2016

La captura de los asesinos: el diablo metió la cola

Alberto Amato

Por: Alberto Amato

domingo 10 de enero 201610:19
Martín Lantatta lucía demacrado al momento de su captura en el día de ayer.
Martín Lantatta lucía demacrado al momento de su captura en el día de ayer. Crédito:
La recaptura con vida, cuando todo hacía presagiar lo contrario, de Martín Lanatta, que hace quince días se fugó junto a su hermano Cristian y a Víctor Schillaci de un penal de máxima seguridad en el que el trío purgaba perpetua por el triple crimen de General Rodríguez, pudo ser para el Gobierno nacional y para el provincial un gran triunfo sobre la delincuencia y las mafias que primero facilitaron la fuga y luego protegieron y apoyaron a los criminales en su tumultuosa huida. A lo largo de estos días, los evadidos parecían estar protegidos por más gente que la que los buscaban. Y los buscaban muchos.

El diablo metió la cola. El triunfo, que hubiese marcado a fuego el primer mes de gobierno de Mauricio Macri, fue empañado por un extraño episodio que dio como cierta la captura de los tres criminales. Así lo hizo saber el ministerio de Seguridad a cargo de Patricia Bullrich a la Justicia y al propio Macri. Celebraron la buena nueva el Presidente, su vice, Gabriela Michetti, el juez federal Sergio Torres, los fiscales federales que publicaron el alborozo en su página oficial de la Procuración, el jefe de gabinete, Marcos Peña y la mayor interesada en la historia, la gobernadora de Buenos Aires María Eugenia Vidal, a quien los tres delincuentes se le esfumaron de las narices con el agua entre los dedos.

El éxito era una falsedad. Unas cinco horas después de anunciar la recaptura de los tres buscados, el Gobierno debió dar marcha atrás y admitir que sólo Martín Lanatta era el detenido y que los otros dos seguían prófugos, y ahora con cinco horas de ventaja sobre sus perseguidores. Nunca antes una maniobra de encubrimiento había quedado tan clara y tan manifiesta ante las autoridades y los medios de comunicación.

En la noche del sábado, en el aeropuerto de Sauce Viejo, Bullrich dio una conferencia de prensa en la que admitió haber recibido una pista falsa de alguien que debió ser muy confiable para ella y a quien no quiso identificar, dijo, para poder investigar y comprender la red de complicidades que llevaron al Gobierno y a las fuerzas federales a meter la pata.

Esta historia continuará, pero más le vale a las autoridades dejar de lado el aura de inocencia que signa algunos de sus actos y declaraciones y comprender que las fuerzas que enfrentan, las que se le oponen desde la legalidad y desde la ilegalidad, no pertenecen a devotos y recatados Boy Scouts de Santa Magdalena.

El grifo abierto de las mafias enquistadas en el poder y la delincuencia suelta es solo una muestra de la herencia K

De todos modos, la recaptura con vida de Lanatta en la pintoresca ciudad santafesina de Cayastá, no deja de ser un éxito para el Gobierno. Y la verdadera dimensión del logro la dio la amarga reflexión del inefable Aníbal Fernández: "Los agarró un bache", lanzó, en referencia al vuelco que sufrió la camioneta en la que huían los prófugos, que a partir de allí quedaron maltrechos, de a pie, en un territorio que no conocían, pero con una logística en su favor de origen y alcances todavía desconocidos.

Fernández está sindicado por Lanatta como el instigador del triple crimen y como el oscuro personaje conocido como "La Morsa" en la trama del tráfico de efedrina que encontró campo fértil en la Argentina en 2007 y que incluso llegó a financiar parte de la campaña electoral de Cristina Kirchner. El testimonio de Lanatta es vital para conocer el grado de participación del ex ministro en ese hilado que mezcló como nunca antes droga y política y para saber cuánto sabía de todo ello el matrimonio Kirchner.

Si la recaptura de Lanatta marcó para bien el primer mes de gobierno de Macri, la fuga del trío primero, el apoyo y sostén que tuvieron en los días iniciales de la huida en los que deambularon por el sur del Gran Buenos Aires frente al morro de parte de la bonaerense, que balearon a policías y resultaron intocables para quienes debían capturarlos, también marcan a fuego al Gobierno y a la propia Vidal: ha reaparecido en el país, y en pleno ejercicio de sus amplias y siniestras facultades, una mafia poderosa y heterogénea que abarca a funcionarios y ex funcionarios, a financistas, barras bravas, jefes policiales, servicios de inteligencia y delincuentes de todo tipo, que estuvo semi oculta durante los años del kirchnerismo, ya fuese porque estaba de algún modo integrada al poder, o porque sus miembros se hallaban en algún bucólico retiro espiritual.

Como saldo de la fuga de los Lanatta y de Schillaci, Vidal, a quien el kirchnerismo negó la sanción del presupuesto la pasada semana y que ya soportó además la primera manifestación reprimida por la policía por su decisión de terminar con los ñoquis en la administración provincial, ya no puede confiar a pleno ni en la policía provincial, ni en algunos miembros del Poder Judicial. Eso es gobernar bajo condiciones.

Marcelo Mallo 1920
Marcelo Mallo, el barrabrava con vículos con el kirchnerismo

Durante trece días, los criminales en fuga fueron libres de dejar un tendal de heridos con armas de guerra, fueron invisibles y fantasmales entre los sembradíos de soja y los maizales santafesinos como antes lo fueron para los ojos de la bonaerense en los centros urbanos de Quilmes, Berazategui y del sur del conurbano, cambiaron con asombrosa facilidad de vehículos y de aguantaderos en los que encontraron postas alimenticias y quién sabe qué más, viajaron armados y con municiones y con un apoyo logístico impensado por su solidez y eficacia. La justicia intenta averiguar si contaron con el apoyo de organizaciones criminales y del narcotráfico, lo que parece evidente aunque deba probarse.

Algo de eso le preguntará el juez Torres a Lanatta cuando lo siente a declarar: quiénes y cómo los ayudaron y a qué precio. Es poco probable que el ahora detenido abra la boca.

El grifo abierto de las mafias enquistadas en el poder y la delincuencia suelta y a su aire, de la que la fuga y recaptura de los condenados por el triple crimen de General Rodríguez es sólo una muestra, es parte de la grave y deteriorada herencia que dejó el kirchnerismo. Ni Néstor ni Cristina Kirchner supieron, en doce años de gobierno, cómo enfrentar al delito común, cómo frenar la ola de violencia delictiva que cada vez se hizo más dura y creó un clima de inseguridad que los funcionarios K sólo atinaron a calificar de "sensación"; los Kirchner no pudieron impedir que se instalara el narcotráfico en el país, en algunas provincias casi como un poder paralelo, y si no hubo ineficacia por parte del Estado, hubo complicidad, como parecen sostener los testimonios de Lanatta y algunas investigaciones judiciales que apuntan al lavado de dinero; el kirchnerismo no combatió la corrupción en el Estado, por el contrario, avaló a funcionarios procesados como al entonces vicepresidente Amado Boudou y ni siquiera pudo con la violencia en el fútbol, a la que prefirió integrar más de lo que ya estaba en esa mezcla siempre fatídica que une al poder político con los barras brava.

La gran impostura kirchnerista, según una receta que le dio un inexplicable éxito, consistió en vestir su propia incompetencia con el ropaje de la épica; así, su incapacidad para combatir a la delincuencia fue proclamada como un "garantismo" que cuidaba de los derechos básicos de los victimarios y al que adhirieron teóricos del Derecho, jueces y fiscales militantes y otros jueces y fiscales que no eran K, pero que aprovecharon la volada para dejar en libertad a narcos y a violadores. Además de toda esa delincuencia suelta, se calcula que hay sólo en la provincia de Buenos Aires, entre tres mil y cuatro mil prófugos, lo que deja en evidencia el gigantesco colador en el que se ha transformado el Servicio Penitenciario provincial.

La gran impostura kirchnerista consistió en vestir su propia incompetencia con el ropaje de la épica

La violencia en el fútbol también rozó el eventual apoyo a los fugados del penal de General Alvear. Entre allanamiento y allanamiento fue detenido, y liberado poco después, Marcelo Mallo, un ultra K que dirigió Hinchadas Unidas Argentinas y a quien le secuestraron una pistola nueve milímetros, un arma de guerra y, en la casa de su hija, un revolver .357, otro calibre 38 y una picana. Es justo recordar que el lema de Hinchadas Unidas Argentinas era "Pasión sin violencia". Por si acaso.

Respecto a la picana en su poder, Mallo reveló que la tenía "por hobby, como cualquier argentino". ¡Pero qué personalidad tan entretenida había resultado la del señor Mallo! ¡Y qué hobbies tan edificantes practica! Lo dejó en libertad, sospechaban que había ayudado a los prófugos, el juez de garantías 2 de La Plata, César Melazzo, que según algunos mensajes en las redes sociales se declaró admirador de Aníbal Fernández, hombre poderoso en Quilmes y en el sur bonaerense que, con tanta gente armada, por estos días guarda un curioso parecido con la Saigón de 1975.

Hasta la recaptura de Lanatta el país vivió un clima enrarecido entre un gobierno flamante que intenta despegar, y los asesinos sueltos y esquivos, las mafias operativas que abren cárceles y encubren a los perseguidos, la delincuencia suelta y en goce de plena salud, las conexiones políticas y oficiales con el submundo del hampa, los ciudadanos armados en el Gran Buenos Aires y los inauditos coleccionistas de picanas.

Fue como estar ante otra Argentina: una que no se resigna a morir, porque precisa matar para seguir con vida.

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