Mauricio Macri es Presidente hace tan sólo tres días. Pero parece que lo fuera desde hace una eternidad. Dio un discurso en el Congreso más corto que largo, llamando al diálogo, al consenso y al "arte del acuerdo". Dos horas más tarde recibió la banda y el bastón, y utilizó el balcón de la Casa Rosada más para bailar que para decir algo nuevo o agredir adversarios. En el Palacio San Martin todo fue como debía: a horario, el saludo protocolar con los visitantes. La jura de ministros no salió de las formulas habituales y nada pasó más allá de los aplausos de circunstancias. En la función especial del Colón había más fervor en la variopinta lista de invitados que en un anfitrión cansado de la larga jornada que había comenzado bien temprano en La Plata con la jura de María Eugenia Vidal.
Todo normal. Nada brillante ni diferente. La jura de un Presidente sin sorpresas ni sobresaltos. Sin grandes actos con extensísimas alocuciones y el establecimiento de teorías fundacionales sobre la patria, el hombre o la economía mundial. Eso es lo que querían los argentinos: poder prender el televisor, escuchar un discurso con promesas imposibles de no compartir, ver al nuevo Presidente ponerse la banda y lo natural para un día así. "No era tan complicado ni era necesario tanto", se estará diciendo por estas horas la inexplicable ausente Cristina Kirchner.
Al día siguiente, la misma lógica: viaje supuestamente sorpresa a obras en la ruta 8, en Exaltación de la Cruz –con el intendente más sociable del país, Adrián Sánchez, del Frente para la Victoria, o del partido que el visitante necesite–. Y después, la seguidilla de fotos-reuniones con sus competidores en la carrera a la Presidencia. La imagen de "Presidente del diálogo y el consenso" siguió ayer con la reunión con todos los gobernadores. Todo, en 72 horas.
Los gestos de Macri alcanzaron para dejar en posición adelantada al kirchnerismo
Estos gestos le alcanzaron a Macri para dejar en posición adelantada al peronismo de los últimos doce años, también conocido como kirchnerismo. Si Macri hubiese tenido esta misma agenda en mayo del 2003, cuando se debía reemplazar a Eduardo Duhalde, esta estrategia hubiera pasado desapercibida. También es verdad que cada presidente tiene su tiempo. En la salida de la crisis económico-social se buscaban decisiones, no gestos.
Macri ya cumplió con parte de su promesa electoral y con una de las razones por las que lo eligieron Presidente más del 51% de los argentinos. La otra es la economía. La luna de miel mediática y el oxígeno que Cristina le regaló negándole un traspaso correcto y corriente le permiten a Macri transitar por una amplia autopista regada con frases obvias de circunstancia de camaradería y amistad –que Cristina no decía nunca– y una gran devoción por la gestualidad política.
Se puede dar el lujo, el flamante Presidente, de retrasar definiciones en cuestiones clave sobre la economía. O mejor aún: dejarlas en manos de sus funcionarios. Como el caso de Federico Sturzenegger que ayer se despachó diciéndole a los bancos que había que buscar una fórmula de consenso para cancelar los vencimientos del polémico dólar futuro de Alejandro Vanoli. Paradojas del destino: el gobierno más acusado de pro-mercado y pro-mundo financiero debutó peleándose con el poderoso lobby bancario.
Hasta cuándo le puede durar a Macri esta virtual suspensión del país en el tiempo y espacio no se sabe. Quizás una semana. Un mes o años. Néstor Kirchner, después del acuerdo con los acreedores externos, vivió una época en la que para la sociedad todo lo hacía bien. La aprovechó barriendo a Duhalde de la política e instalando a su mujer, primero como senadora y después como presidente. La crisis con el campo en el 2008 despertó al país de la ensoñación, a la que volvió a entrar, con el shock y el impacto de la muerte de Kirchner, en el 2010, hasta que promediando el 2013, Cristina y su proyecto político comenzaron un declive que terminó en la llegada de Macri.
El legendario político italiano Giulio Andreotti decía que el poder desgasta al que no lo tiene. Más urgente que preguntarse qué puede pasarle a Macri, corresponde interrogarse cuál es el futuro del peronismo.
Después del multitudinario acto del miércoles de despedida de Cristina –el más impresionante adiós popular que un presidente ha tenido en vida en la historia argentina– el peronismo parece claramente partido en dos. Como mínimo. Por un lado, el kirchnerismo con su líder y una geografía sustentada en la provincia de Buenos Aires, la Capital y Santa Cruz –que es un capítulo aparte–; y por otro, las provincias gobernadas por peronistas.
Por obra y gracia de la voluntad del Príncipe, como diría Maquiavelo, las provincias se hicieron cada vez más dependientes de la Nación en los últimos doce años. Son contadas con los dedos de la mano las que tienen cuentas fiscales independientes, de manera que con gobernadores peronistas acostumbrados a mendigar recursos en la Casa Rosada, resulta más que obvio que la actitud colaboracionista de líderes como el salteño Juan Manuel Urtubey tendrá muchos adeptos. Esto se demostró ayer en Olivos en la reunión con gobernadores. Paradojas del destino (bis): una de las gobernadoras que más necesitará del auxilio central es Alicia Kirchner, lo que significa que ¡Santa Cruz podría resultar más macrista que peronista!
El peronismo parece hoy dividido en dos: por un lado, el kirchnerismo; por el otro, los gobernadores
Aclarada la cuestión de la dependencia económica, tan cara al sentimiento peronista, y más allá de las burocracias partidarias, se puede llegar a la verdadera pregunta: ¿podrá el peronismo en los cuatro años que vienen congeniar varias de las políticas que tan efectivamente puso en marcha el kirchnerismo, al punto de que el macrismo prometió mantenerlas, con las prácticas institucionales de un país normal?
¿La pretendida "revolución económico-social" K sólo puede darse maltratando a la oposición y la prensa, peleándose con el mundo y sostenida por medios públicos ultra oficialistas?
O dicho de otro modo, ¿encontrará el peronismo un líder capaz de defender la jubilación estatal, el fútbol para todos y los planes sociales, y que al mismo tiempo participe de actos tan significativos como asistir a la entrega del bastón y a la banda de un adversario político? Alguien podría contestar que eso significaba Daniel Scioli. O que pretendía significar eso.
Pero la sociedad no le creyó. Y entonces Macri terminó Presidente.
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