Las ONG, hasta hace poco entidades testimoniales, se convirtieron en actores de peso en la vigilancia de derechos sociales y normas ambientales de las multinacionales, como acaba de comprobarlo en carne propia Volkswagen.
El caso que dejó en la lona al gigante automovilístico alemán, con una plantilla mundial de 590.000 operarios y un volumen de negocios de 200.000 millones de euros, fue sacado a la luz por el International Council on Clean Transportation (ICCT), una organización no gubernamental (ONG) con sede en Estados Unidos que cuenta apenas con 27 colaboradores, según su sitio internet.
El ICCT e investigadores de la Universidad de Virginia Occidental revelaron que Volkswagen había instalado un software de manipulación de resultados de los controles de contaminación de vehículos diesel.
La firma reconoció, luego, haber colocado ese dispositivo fraudulento en once millones de vehículos. El caso ya forzó la renuncia del presidente de VW, hundió sus acciones bursátiles y le valió un aluvión de demandas judiciales que podrían costarle decenas de miles de millones de dólares.
"Las ONG se han convertido en actores insoslayables en las denuncias" de malas prácticas empresariales, afirmó Yann Louvel, de la red asociativa BankTrack, que vigila los procedimientos del sector bancario. VW se suma así a otros mastodontes del mercado que cayeron en las redes de las investigaciones de las ONG.
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En agosto pasado, varios bancos renunciaron a financiar un megaproyecto minero en Australia tras una campaña de defensa de la gran barrera de coral.
El gigante francés de la construcción Vinci se halla enfrascado en una batalla judicial abierta por la asociación Sherpa, por las condiciones laborales impuestas en las obras del Mundial de Fútbol de 2022 en Qatar.
La misma asociación presentó una denuncia contra el grupo de gran distribución Auchan, por el derrumbe en 2013 del edificio Rana Plaza cerca de Daca, en Bangladesh, que costó la vida a 1.138 obreros textiles. Desde entonces, numerosas ONG no han cesado de acentuar la presión para que diversas marcas, como la italiana Benetton, que hacían fabricar sus productos en ese edificio, contribuyan a un fondo de indemnización.
Multinacionales del sector de la alimentación también tuvieron que ceder ante ONG de protección de la selva tropical y revisar sus contratos de aprovisionamiento de aceite de palma.
Y el gigante estadounidense de la informática Apple, acusada de cerrar los ojos sobre las condiciones deplorables de trabajo en las fábricas de sus proveedores, acabó por aceptar la inspección de una ONG en las instalaciones de su subcontratista chino Foxconn.
Las investigaciones de las ONG también alertaron a autoridades nacionales sobre las tretas de compañías como Starbucks o Google para eludir impuestos.
Activistas con corbata
"Las ONG se han profesionalizado y fortalecido", explicó Nicolas Vercken, de la ONG Oxfam. Y agregó: "Hace diez años, cuando pedíamos una cita [en el Ministerio francés de Exteriores], creían que veníamos a pedir dinero por una catástrofe humanitaria. Pero hoy en día nos reciben por nuestra pericia o porque nos perciben como una amenaza potencial", incluso sobre asuntos sumamente técnicos como los gravámenes a las operaciones bursátiles.
El caso Volkswagen ilustra a la perfección esa profesionalización del activismo. La trampa fue descubierta por una ONG integrada principalmente por encorbatados ex cuadros de la industria automotriz cargados de títulos universitarios.
La asociación Sherpa monta sus expedientes legales con sus equipos abogados y juristas, capaces de sofisticadas "acrobacias legales" para llevar al banquillo a poderosas multinacionales o de lograr avances en la legislación, explicó su directora, Laetitia Liebert.
Sherpa, al igual que las demás ONG, sabe además jugar a fondo la carta de las redes sociales, "una fuerza que puede servir de palanca y también de protección durante los juicios contra grandes empresas", agregó.
Para Yann Louvel (de BankTrack), el escándalo Volkswagen "confirma el papel preponderante de las ONG", pero también "muestra un vacío y hace que uno se pregunte cómo pudieron los reguladores tradicionales no darse cuenta de lo que ocurría". "Es algo preocupante, dada la escasez de medios de las ONG", apuntó.
"Nunca tendremos la capacidad de estar detrás de cada empresa, detrás de cada uno de sus contratos", coincidió Nicolas Vercken, de Oxfam.
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