Es un ladrón de carrera, y eso lo ha convertido en multimillonario. Para ocultar sus robos, miente, incluso a sus colegas en el fútbol, y emplea a un contador en su tierra natal para que se haga pasar por un auditor y mienta por él. Por más de treinta años, Jack Warner robó decenas de millones de dólares de la FIFA. Sepp Blatter siempre lo supo, pero habría pagado cualquier precio (no de su dinero) por sobornar a Warner para que le entregara esos treinta y cinco votos cruciales en las elecciones presidenciales.
La mayor parte de esos votos provino de funcionarios subalternos en islas del Caribe que no tienen fútbol profesional y que dependen de las dádivas de la FIFA en público y de entradas para la Copa Mundial en privado. Su región es conocida como CONCACAF, la confederación que controla el fútbol en el Caribe y en América Central y del Norte. Es insignificante en el juego global (solo dos de sus naciones llegaron a la segunda ronda en Sudáfrica 2010, y luego perdieron), pero muy poderosa en la política y la corrupción. La CONCACAF se convirtió en la base de poder de Warner, y también de Blatter.
Esos treinta y cinco votos, junto a los más de cincuenta de Europa, otros tantos de África y casi la misma cantidad de Asia, son fundamentales cuando las doscientas nueve asociaciones nacionales de fútbol son llamadas a votar candidatos para la presidencia de la FIFA. Por eso, cualquier demanda de Warner debía ser concedida.
João Havelange había ayudado a establecer los negociados de Warner en la década de 1990, pero cuando los investigadores le pidieron ayuda, en marzo de 2013, para verificar algunas de las afirmaciones más descabelladas de Warner, Havelange afirmó que estaba demasiado enfermo. Dos meses más tarde, Havelange fue obligado a renunciar a su presidencia honoraria cuando el escándalo de sobornos de ISL (N.de R.: la agencia de márketing y derechos televisivos vinculada a la FIFA que quebró en 2001) finalmente lo alcanzó.
Warner tenía la clave. Controlaba el fútbol de Trinidad. Para deleite de todo el país, el equipo nacional estaba a un partido de clasificarse para Italia '90. Todo lo que tenían que lograr era un empate con los Estados Unidos en el estadio nacional de Trinidad, el 19 de noviembre de 1989. Trinidad tenía a un equipo hábil y estaba en condiciones de ganar, no solo de empatar.
El día del partido, el equipo de Trinidad tuvo que atravesar una masa de miles de enojados fans que tenían entradas pero no podían ingresar en el estadio. Los simpatizantes de Trinidad impugnaron todas las decisiones del árbitro, pero lo único que importó fue que los estadounidenses anotaron un gol, Trinidad no hizo ninguno y la comercialización de 1994 quedó asegurada.
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