En 1933, Adolf Hitler asumió como canciller del Reich. La Gran Guerra (1914-1918) había dejado más de 10 millones de muertos y finalizó con el Tratado de Versalles (1919), mal llamado Tratado de Paz por sus draconianas medidas compensatorias y pagos de indemnizaciones, que humilló a Alemania e impidió consolidar su economía, originando un panorama salpicado de conflictos gremiales, huelgas, disturbios y una descontrolada inflación. Ello se debió a la miopía política de los "arquitectos" del Tratado: Georges Clemenceau -político francés apodado "El Tigre", presidente sin freno de la Conferencia de Paz-, el político inglés David Lloyd George y el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson. Priorizaron temas fronterizos, las nacionalidades, el engrandecimiento imperial, el desquite y la transferencia de sus cargos financieros, a un enemigo que no se había rendido incondicionalmente, sino bajo términos consensuados en el armisticio del 11 de noviembre de 1918. Francia y Gran Bretaña fueron responsables indirectos del ascenso de Hitler al poder, al asfixiar con sus exigencias a la joven y frágil república de Weimar (1919-1933), pero su apoyo popular -en el país más culto de Europa- lo debió a su oratoria, a la exaltación del pangermanismo, el anticomunismo y el antisemitismo. Para muchos, era Herr Hitler, y para no pocos, Herr Gott. La mayoría del pueblo aclamaba a ese hombre que consideraba visionario y realista y permaneció indiferente ante el drama que se anunciaba.
El 23 de agosto de 1939, los cancilleres Joachim von Ribbentrop y Vyacheslav Molotov firmaron -en el Kremlin- un Tratado de no Agresión, que contenía una cláusula secreta: la invasión y el reparto de Polonia. Con la invasión alemana a ese país, la Segunda Guerra Mundial se inició el 1º de setiembre de 1939. Los soviéticos invadieron el 17 de ese mes. La campaña de Polonia, Francia y otros fáciles éxitos iniciales -concebidos, entre otros, por los generales Franz Halder y Heinz Guderian- embriagaron a Hitler. En el Pacífico, la guerra se inició el 7 de diciembre de 1941, con el ataque -no precisamente sorpresivo para el presidente F. D. Roosevelt-, de la Armada Imperial Japonesa contra la base naval de los Estados Unidos en Pearl Harbor (Hawai).
La guerra duró seis años y un día. En Europa, la capitulación alemana se firmó el 7 de mayo de 1945 en Reims (Francia), en el puesto de comando del general Dwight Eisenhower, por representantes de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética; por Alemania, lo hizo el general Alfred Jodl, posteriormente juzgado, condenado y ahorcado como criminal de guerra. Por su parte, Joseph Stalin exigió que la rendición se firmara en Berlín el 8 de mayo (9 de mayo hora de Moscú); por el Ejército Rojo firmó el mariscal Gueorghi Zhúkov y por Alemania el servil mariscal nazi Wilhelm Keitel, que en 1946 siguió los pasos del general Jodl. Zhúkov, en mi opinión, fue el más grande estratega y táctico de la guerra. Hitler había asegurado que el Tercer Reich duraría mil años, duró solo doce. Sin embargo, no se equivocó cuando dijo: "Dejadme a Alemania doce años y después de ese tiempo vosotros no la reconoceréis": la dejó en cenizas. En el frente del Pacífico, la rendición japonesa se concretó el 2 de setiembre de 1945, en el acorazado Missouri en la Bahía de Tokio. Por los Estados Unidos firmó el general Douglas MacArthur y por Japón el ministro de Asuntos Exteriores, Mamoru Shigemitsu. Ambas rendiciones fueron incondicionales.
La Segunda Guerra Mundial involucró a los cinco continentes y propinó un golpe devastador contra la civilización y la humanidad. En Europa y en el Lejano Oriente se llegó a barbarizar el conflicto. Los enemigos se asesinaban mutuamente. A la brutalidad se oponía más brutalidad y se evidenció un apetito destructivo y criminal. Los alemanes, por ideología y odio racial, llegaron a exterminar, entre otros, a millones de judíos, gitanos, discapacitados y cristianos, reduciendo a miles a una cruel servidumbre en campos de concentración y violaciones de todo tipo, igual que los rusos y los japoneses. Los bandos en pugna no repararon en ordenar bombardeos aéreos sobre ciudades y civiles indefensos; Hitler lo hizo con Londres y Coventry, entre otras ciudades inglesas. Los aliados no vacilaron en hacerlo en Caen (Francia) y reducir a cenizas Hamburgo, Berlín y Dresde (joya del Barroco); este último es el hecho más criminal de Estados Unidos e Inglaterra en Europa, se consumó en febrero de 1945. Pilotos estadounidenses se preguntaban por qué arrasar una ciudad arrasada e indefensa. Un parlamentario inglés lo calificó como el peor crimen de guerra jamás cometido por Inglaterra. El 6 y el 9 de agosto de 1945 -ante un Japón también vencido-, el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, ordenó el lanzamiento de sendas bombas atómicas, ocasionando más de 200 mil muertos, la mayoría niños, mujeres y ancianos, pues los efectivos del ejército japonés habían evacuado esas ciudades, como los alemanes lo habían hecho en Caen y en Dresde. El general de la fuerza aérea estadounidense, Henry H. Arnold, en 1945, expresó: "Ya antes de que uno de nuestros B-29 lanzase la bomba atómica sobre Hiroshima, la situación del Japón era desesperada". Por su parte, el analista y estratega militar Bernard Brodie —conocido como el Clausewitz estadounidense— aseguró: "Japón estaba derrotado por completo desde el punto de vista estratégico, antes de emplearse contra él bombas atómicas".
Se estima en más de 50 millones el número de víctimas mortales. Entre los países más afectados estaban Alemania, Japón, Polonia y la Unión Soviética; esta última tuvo más de 25 millones entre muertos y desaparecidos, 12 millones pertenecían al Ejército Rojo. La ofensiva aliada anglosajona del oeste, con el desembarco en Normandía (6 de junio de 1944), difícilmente hubiera derrotado a los ejércitos del Reich si el frente ruso del este no hubiera estado abierto desde el 22 de junio de 1941 (Operación Barbarroja), en una amplitud de 6.000 kilómetros durante 1.418 días. Esto significó una sangría humana para las fuerzas alemanas, que carecieron de inteligencia estratégica militar con respecto a Rusia. Hitler no apreció que de una campaña contra ella nada favorable podría esperarse, y menos combatir simultáneamente en varios frentes.
Lo contrario sucedió en el Pacífico, donde el éxito correspondió a los Estados Unidos y a su extraordinaria capacidad económica, logística y militar. Japón nunca imaginó que siete meses después de Pearl Harbor, en la decisiva batalla de Midway, sufriría la derrota aeronaval más dura, que marcó el punto de inflexión para la victoria estadounidense. Artífice de ella y de todas las acciones aeronavales en el Pacífico fue el almirante Chester W. Nimitz. Una vez más, se cumplió aquello de que la mayoría de las victorias militares en la historia se lograron como reacción a la iniciativa del enemigo. La Segunda Guerra Mundial fue consecuencia de la reacción a la iniciativa alemana y japonesa.
Hace setenta años finalizó la guerra más sangrienta de la humanidad, y quedó instalada una debacle moral. Se borró la distinción entre combatientes y no combatientes y abrió las puertas a la comisión de crímenes de guerra y contra la humanidad. Evitar su repetición es un imperativo moral, ético, político, económico y religioso. Lamentablemente, aún continuamos renunciando a las escasas pretensiones de los seres humanos.
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