Una mirada corrosiva sobre el mundo de las cirugías estéticas

En su nueva novela "La piel", el siempre polémico Juan Terranova entrega un relato que combina una punzante crítica social con humor descarnado

Guardar
  162
162

Cuando el cantinero Moe Szyslak, en el capítulo 242 de Los Simpson, decide someterse a una cirugía estética para modificar su feo rostro, el contrargumento que le hace uno de sus clientes es que no podrá cambiar su interior. En ese momento, su reacción fue obvia: "¿pero sí mi exterior, verdad?" Luego de la operación su cara es la de un galán de cine, tanto que su bar se llena de mujeres que lo acarician y lo aclaman. En una sociedad de consumo, todo puede volverse una mercancía. La belleza parece tomar un valor cada vez más real que es legitimado por su utilidad: las personas bellas poseen una serie de beneficios que todos quieren tener, entonces hace que valga la pena someterse al bisturí.


Si el bisturí puede modificar nuestro aspecto externo, ¿qué sucede con esa inmutabilidad del interno? Para el fenomenólogo Maurice Merleau-Ponty sólo conocemos al otro a partir del cuerpo y las manifestaciones corporales, no hay un espíritu ni una razón que veamos en el otro cuando nos relacionamos. Entonces, ¿qué es ese interior? ¿Acaso es inmodificable o, en todo caso, se modifica cuando modificamos nuestro cuerpo exterior? Más preguntas: ¿qué diferencias existen entre la belleza natural y la artificial? ¿Se pueden separar los rasgos hereditarios que recibe una persona de los que otra, al no tenerlos, los forja a partir de la intervención quirúrgica? ¿Cuál es el lugar que ocupa la cirugía estética? Este año Juan Terranova publicó su nueva novela "La piel" (Galerna, 2015) donde ofrece indagaciones muy precisas sobre el tema. "Al parecer, la cirugía, como cualquier producto de consumo, se puede volver un vicio, y enseguida en una adicción", se lee en el libro.


El personaje principal no tiene nombre. Lanzado a la obra en primera persona, es un narrador que comenta día a día todo lo que hace. Como si fuera un muro de Facebook sin filtros donde saca a flote sus más personales y libidinales pensamientos. "Me despierto tarde. Me masturbo y me vuelvo a dormir", escribe un día; luego otro: "El dinero atrae al dinero. Pero hay otras cosas que también lo atraen. La belleza física. El conocimiento. Las distintas versiones de la fama". La estructura de la novela es la de un cuaderno donde todos los días hay que escribir algo, a veces son deseos sexuales, otras síntomas del aburrimiento, a veces reflexiones filosóficas, otras relatos detallados de la última relación sexual.


La historia comienza cuando lo echan de una redacción periodística. Se queda sin trabajo y prefiere cobrar la indemnización y disfrutar unos meses de la holgazanería antes que intentar reclamarle al sindicato. Luego recorre las calles de Buenos Aires, tiene tiempo y dinero. Después sale y conoce mujeres, las seduce y a veces les roba. Todo es narrado en un tono seco, a veces cínico, como si las personas estuvieran desprovistas de cualquier sentimiento que no sea el de la soledad. Finalmente consigue trabajo: es en un instituto de cirujanos plásticos y ahí comienza la acción porque se introduce en un mundo nuevo, lleno de ética profesional y cuerpos deformes que buscan la perfección. Y conoce a Claudia: una millonaria cincuentona que le gusta operarse.


"¿Y nosotros, los asalariados, que le vamos a oponer a este capitalismo que transforma las narices, los pómulos, los glúteos y los senos en mercancía?", se pregunta el protagonista. Siente que no debería preocuparse mucho, él es un trabajador y pertenece a otro sector social, pero no puede porque debe lidiar día a día en su trabajo con ese apretujón en vivo y en directo.


El interrogante que parece recorrer el libro es: ¿qué es lo que buscan los humanos al operarse? ¿Es sentirse bellos, es agradar a los demás, es sentirse a gusto con sí mismos? La respuesta se asoma cuando el narrador de Terranova sentencia: "En una sociedad donde la imagen parecería ser la única carta de presentación posible, la modificación del cuerpo suena a dominio del deseo".


En la obra de Sygmund Freud, el deseo aparece diferenciado de la necesidad. El deseo parte de una falta, un vacío que posee el sujeto muy difícilmente definido, y es indestructible y, sobre todo, daña. Por más que queramos escapar de nuestras ganas de ser hermosos y de tener sexo con personas hermosas, ese deseo siempre estará ahí, asechándonos, dañando y potenciando nuestro narcisismo. "Necesitamos la represión para generar el deseo. Sin deseo se cae en la abulia y la indiferencia. La sociedad es una máquina de prohibir y mirar", dice en otro pasaje del libro.


En esta novela, Juan Terranova ajusta la interpelación que persiste en su estilo narrativo porque lo que le interesa es sembrar en el cerebro del lector unas cuantas preguntas incómodas. "Todos confían en ser la excepción de algo. Pero no lo son". Todos creen ser únicos e irrepetibles, todos creen que están ajenos a la mediocridad, a la aburrida monotonía de ser una cifra. Pero no es así, estamos introducidos en una maquinaria perversa que une dinero y sexualidad. La piel busca llevar ambos tópicos a un extremo capaz de echar luz sobre los oscuros lugares del deseo contemporáneo.


"¿Los cirujanos son los nuevos vampiros, los sacamantecas tecnológicos, una actualización de los barberos, médicos artesanales y matasanos del Medioevo que sangraban a las mujeres y a los reyes para curarles enfermedades falsas?", se pregunta el personaje que intenta develar qué lugar ocupa la profesión de su patrón, un espléndido cirujano que se mueve en la ciudad, de reunión en reunión, confiado de que su rol en la sociedad es casi humanitario. La cirugía estética no solo modela a Barbies y Kens, también quita tumores, colgajos, y malformaciones, reconstruye, salva vidas, arregla autoestimas rotas y mejora la calidad de vida de millones de personas que sufrieron daños corporales. Pero hay un fantasma que ingresa en la novela y oscurece la trama volviéndola sórdida: la muerte.


¿Qué sucede con todas esas personas que mueren por las explosiones de las siliconas, por malos anestesistas, por alguna complicación en la cirugía, por el exceso de intervenciones estéticas? "El objetivo común es evitar el razonamiento, extrañamente habitual, de que la frivolidad debe ser pagada con la muerte".


Quizás sea este enunciado, el que contenga la filosa daga con la que Terranova intenta apuñalarnos: "Es nuestro narcisismo el que va a convertirnos en ciborgs, no los cambios climáticos o la falta de bosques y alimentos". No puede hacerse una lectura distraída de "La piel", no puede uno simplemente entretenerse leyendo la novela porque ella te pide llenar algunos huecos –minuciosamente ubicados- con preguntas, con dudas, con silencios incómodos sobre ese "vértigo sexual de dar un paso más hacia la deshumanización" en que se transforma la idea de querer modificarnos hasta querernos. Como si ese amor propio llegara realmente algún día.