Al escritor cubano Leonardo Padura, quien esta semana ganó el Premio Princesa de Asturias, no le han faltado las distinciones.
Su carrera internacional comenzó con el envío de Máscaras —una de las novelas que protagoniza su detective Mario Conde— al concurso Café de Gijón. El día del anuncio del ganador sonó el teléfono en la casa de sus vecinos (la suya, que era la de su padre, no tenía todavía línea) y Beatriz de Moura, quien se convertiría en su editora para siempre, le avisó que había ganado.
Aquello sucedió en 1995; tres años después ganó el Premio Hammett (también en 2006); en 2000, el Premio de las Islas; en 2004 el de Mejor Novela Policial (extranjera) en Alemania; en 2009 el Raymond Chandler y al año siguiente comenzó a acumular reconocimientos y traducciones por su obra más famosa, El hombre que amaba a los perros, donde el protagonista no es un policía melancólico retirado sino un escritor cubano que ha sobrevivido al hambre y la angustia del Periodo Especial (los años de carencias totales que siguieron al desplome de la Unión Soviética) para encontrarse con un hombre misterioso que resulta ser Ramón Mercader, el asesino de León Trotsky.
Ese tour de force por la historia de la Revolución Rusa, la Guerra Civil española, el exilio y la tragedia familiar de Trotsky, la persecución infatigable que le dedicó Stalin, la Guerra Fría, el romance del exiliado y Frida Kahlo, el apogeo y la catástrofe del socialismo en Cuba llevó cinco años de trabajo, durante los cuales Padura escribía sin esperanza de que esas páginas vieran la luz en su país.
Ya las novelas del ciclo de Mario Conde —Pasado perfecto, Adiós Hemingway, La neblina del ayer y la reciente Herejes, entre otras— habían forzado el "techo de permisividad", un concepto que el escritor ha tomado prestado de su admirado Manuel Vázquez Montalbán: lo tolerable en una sociedad determinada en un momento dado. En sus periplos el investigador ha contado los esfuerzos de la vida cotidiana que en la isla se llama "pasar trabajo" y las pequeñas corrupciones a las que se alude como "inventar"; el salario que no alcanza y los bienes que escasean aun cuando hay dinero; la discriminación de los homosexuales y el racismo que la Revolución Cubana no pudo erradicar.
Pero Trotsky era un asunto completamente distinto.
Debido a los vínculos con la Unión Soviética, la historia oficial era estalinista. Encubría a Mercader y anulaba la figura y la doctrina del creador del Ejército Rojo, el revolucionario y político Lev Davídovich Bronstein. Dentro de la isla, Trotsky era a) un desconocido y b) mala palabra.
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Recordó Padura en diálogo con Infobae:
"Me sentaba a escribir y a escribir pensando muchas veces que el libro nunca se iba a publicar en Cuba porque había sobrepasado lo que se consideraba permisible. Terminé la novela, se publicó en España, se la llevé a mis editores aquí en Cuba y... nada, la novela se publicó y se presentó en un acto con una sala repleta de personas. El libro se vendió inmediatamente, desapareció."
El hombre que amaba a los perros se tradujo a diez idiomas. Recibió los premios Francesco Gelmi di Caporiacco (2010), Initiales (2011) y el de la Crítica del Instituto Cubano del Libro (2011), entre otros.
Y su autor recibió el reconocimiento máximo a las letras en su país: el Premio Nacional de Literatura, en 2012, un año antes de que recibiera la Orden de las Artes y las Letras de Francia.
"Sé que tengo críticos políticos e ideológicos de mi libro —continuó Padura—, pero lo cierto es que circuló en Cuba y que mucha gente lo ha leído. Y sobre todo ha tenido una lectura que para mí ha sido muy importante: he recibido muchos mensajes de muchos cubanos que me agradecen porque leyendo esa novela han entendido más de su propia historia y de lo que ha significado para ellos la vida en Cuba en estos años."
Un policial que trasciende el crimen
—¿Por qué atribuye usted a la literatura en Cuba una función informativa, sobre todo a partir del Periodo Especial?
Ocurre que en un país donde la prensa informa poco y mal por problemas esenciales a su estructura muchas veces la literatura —la narrativa, fundamentalmente— asume ese papel de dar información y un análisis sobre la sociedad. Es algo que no le corresponde hacer a la literatura: la literatura puede ser más sugerente. Pero he asumido ese papel en la trama social de estos últimos veinticinco años en Cuba.
—¿Y cómo se imbrica el género policial con esa función?
No es que la novela policial haya tenido un papel especial, porque tampoco creo que exista un desarrollo contemporáneo de la novela policial en Cuba. Por el contrario, estoy bastante solo; hay dos o tres autores que escriben novela policial y algunos de ellos se refieren a la sociedad cubana —el caso de Lorenzo Lunar— pero otros no. La literatura policial no ha tenido un peso específico importante en esta mirada social que ha tenido la narrativa.
—A veces Mario Conde parece una suerte de Virgilio, que guía al lector por la geografía urbana, humana e histórica de La Habana. ¿Cómo se arma esa voz?
Tiene que ver con mi vocación y mi tensión literaria. Creo que mi literatura tiene un componente de indagación social y Mario Conde ha sido fundamental en el desarrollo y en la materialización de esa mirada sobre la evolución de la sociedad cubana. Él aparece por primera vez en una novela que ocurre en el año 1989 y en la última novela está en el año 2008; y a través de todos estos libros creo que ha tratado de reflejar ese mundo en el que él se mueve: un mundo marcado por la perspectiva de un crimen pero que va mucho más allá de la simple contradicción de que se haya producido una alteración del orden.
Un escritor tolerado
Padura vive en Mantilla, el barrio habanero donde nació, en la casa de su padre. No es una zona bonita como Miramar, donde hay mansiones antiguas y embajadas; ni un centro electrizado como El Vedado, lleno de cine y bares y música y arte y turistas; ni la Habana Vieja, con su zona remodelada como el casco antiguo de una ciudad europea.
Los premios y los derechos de autor no lo han movido de ese barrio, al que lo anclan los lugares por los cuales su padre quiso que pasara su cortejo fúnebre para despedirse de todo lo que le importaba: la casa de su madre; la que él construyó, en la que vive su hijo; la despensa que instaló; la logia masónica que fundó; la estación de buses donde trabajó. Todo queda en menos de tres cuadras de Mantilla.
En esas calles comunes Padura charla con sus vecinos, y de esas historias se beneficia Marido Conde. Una realidad de pobreza casi siempre digna, siempre extensa, siempre difícil.
—Su personaje no describe cosas lindas. ¿Cómo ven las autoridades cubanas que usted haga ese retrato de la sociedad?
No podría decirlo porque no he conversado con ellos... (Se ríe.) Todas las novelas se han publicado en Cuba, y en alguna ocasión se han reeditado; no son tiradas masivas, más bien son ediciones que dejan insatisfechos a los lectores cubanos que constantemente me preguntan cómo pueden hacer para conseguir algún ejemplar de mis novelas; incluso he encontrado el extremo de personas que dicen que son mis lectores y admiradores ¡pero que no han podido leer ninguno de mis libros!
—¿Lo leen en pendrives? Mucha de la cultura circula de computadora en computadora mediante pendrives en Cuba.
No sé cómo es posible, pero a cada rato hay alguien que me lo dice... Lo cierto es que los libros se han publicado porque no se pueden importar ediciones extranjeras, que cuestan 20 dólares y la gente no puede pagarlos, por supuesto. Pero no ha habido una promoción especial interesada en mis novelas. Existen, y poco más.
—Pero tampoco ha sufrido censura, ¿verdad?
No, afortunadamente no. Y he tenido gratificaciones como el Premio Nacional de Literatura.
—Usted ha tenido reconocimiento y premios desde su debut literario en la década de 1980. ¿Cómo cambió su trabajo literario con el éxito mundial de El hombre que amaba a los perros? ¿Y tras el máximo premio de su país en 2012?
Me pasó algo muy curioso en mi relación con los premios: he tenido bastante suerte. Cuando hice mi primer tímido intento como cuentista, me atreví a mandar un libro a un concurso de autores inéditos aquí en Cuba y obtuve una primera mención. En el año 1995 el Premio Café Gijón fue decisivo porque me permitió alcanzar una visibilidad internacional muy importante a partir de que la editorial Tusquets se interesara en publicar mis libros. Ha sido una carrera que hemos construido paso a paso, libro a libro, desde el desconocimiento absoluto de mi figura hasta un conocimiento que se potenció con El hombre que amaba a los perros.
—Y ahora con el Premio Princesa de Asturias.
Es de los más prestigiosos que se dan en el mundo, porque no es sólo para los escritores de la lengua sino para escritores en general... Es una especie de coronación a todos esos años de tanto trabajo, tantos esfuerzos, tantas incertidumbres.
Nueva era en Cuba
Casi no hay texto sobre los procesos revolucionarios en América Latina de las décadas de 1960 y 1970 que no cite las Palabras a los Intelectuales de Fidel Castro ("Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada") y evoque el Congreso de Cultura que se celebró en La Habana en 1968, cuando los intelectuales ratificaron esa orientación: "No hay para el intelectual que de veras quiera merecer ese nombre otra alternativa que incorporarse a la lucha contra el imperialismo y contribuir a la liberación nacional de su pueblo".
Ya nada parece quedar de esa noción; la independencia de pensamiento es un prerrequisito consensuado para la creación intelectual y artística.
El premio Princesa de Asturias lo expresa al reconocer a Padura como "un intelectual independiente". En la isla se dice que el escritor fue el primer cuentapropistas, apenas se permitió —en 1995, en pleno Periodo Especial— la inscripción de trabajadores autónomos.
—Usted ha trabajado toda su vida como periodista, crítico, guionista y escritor. ¿En qué ha consistido ser independiente en Cuba? ¿Cambia eso desde los anuncios del pasado 17 diciembre, de los presidentes Barack Obama y Raúl Castro, sobre la normalización de los vínculos entre los Estados Unidos y Cuba?
No sé qué va a pasar en los próximos meses o años, pero sí diría que ha habido una evolución importante en la sociedad cubana a partir de los años '90s, cuando fue posible incluso tener la figura jurídica de escritor independiente. Figura jurídica a la que fui el primero en adscribirse: desde 1995 soy un escritor independiente que vive de su trabajo como escritor, periodista, guionista de cine. Y el hecho de tener editoriales fuera de Cuba ha sedimentado esa posibilidad de independencia de poder escoger con mayor libertad la forma en que trabajo, cómo trabajo, la perspectiva desde la que escribo. Creo que la independencia es buena para todo y es esencial para el ejercicio artístico.
—Y es posible para usted en Cuba. Usted nació poco antes de la Revolución, creció durante la ilusión revolucionaria, participó en la prensa oficialista del optimismo, sufrió la sovietización, inclusive viajó a Angola aunque no para combatir, y luego sobrevivió al Periodo Especial. ¿Qué factores destacaría hoy de esa historia?
Es muy complicado hacer este recorrido. Cuba ha tenido una evolución histórica en estos 50 años de Revolución en apariencia muy homogénea pero en realidad muy diversa y movida. Los años '60s fueron años de gran optimismo revolucionario; la década del '70 fue la de la sovietización; los años '80s fue una época de una cierta estabilidad económica, que era ficticia porque dependía mucho de la Unión Soviética pero la gente podía vivir de su trabajo y su salario; en los años '90s viene la gran crisis de la desaparición de la Unión Soviética, no hay nada de nada, y comienza un proceso importante: una distensión de la trama social.
—¿Cómo se dio?
El individuo que durante treinta años había estado en total dependencia del Estado empezó a tener la posibilidad de una mayor independencia porque el propio Estado no podía resolverle los problemas, y creció ese espacio de independencia de las personas, y entre ellas de los creadores. En los años '80s para publicar un libro fuera de Cuba tenía que ser por medio de una agencia literaria del Ministerio de Cultura: la burocratización de la promoción cultural. Ya a partir de los '90s esto cambia: ya es posible la contratación libre de los autores con sus editoriales, como es mi caso. Creo que en estos años hemos seguido en la profundización de ese proceso de la independencia del individuo con respecto al Estado.
Después del 17 de diciembre
—¿La normalización de relaciones con los Estados Unidos puede llevar el proceso más allá?
Hay que ver qué pasa. Es un camino que se está iniciando, que ha producido algunos acontecimientos importantes —el mismo inicio de conversaciones, el encuentro de Obama y Raúl en Panamá, la salida de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo— pero comienza ahora un proceso que va a tener repercusiones sociales y económicas importantes. Posiblemente también de carácter político en algún momento, porque es parte de una sociedad en evolución como es la sociedad cubana. Espero que a nivel ideológico haya una mayor liberalización de los cánones de la perfección, de lo posible o lo imposible, de lo correcto o lo incorrecto...
—¿A qué se refiere?
Muchas veces en estos procesos cuando se pierde espacio en un territorio se lo trata de ganar en otro, y si se pierde espacio en lo económico tal vez se trate de ganar en lo ideológico, así que hay que ver cómo va a funcionar el proceso.
—¿Cómo ve la reconciliación entre los cubanos? En La novela de mi vida usted describió que el poeta Eugenio Florit armó su Cuba propia en Miami; sin embargo, el diálogo entre cubanos de los dos lados del estrecho de la Florida parece todavía difícil.
Espero realmente que la reconciliación funcione como uno de los elementos que marquen la nueva etapa de la vida en Cuba. Soy un convencido de que es una necesidad de la sociedad, de la nación cubana, que todos los cubanos, los que están dentro y los que están fuera, tengan una actitud de reconciliación entre ellos y con el país. Sé que hay heridas muy grandes, que existen en algunos cubanos que viven dentro como en algunos cubanos que viven fuera; eso es difícil de superar en el plano personal, pero en el plano nacional sería muy importante. Ahora mismo, con este premio que he recibido, ha sido impresionante la repercusión que ha tenido entre los compatriotas cubanos que viven en Estados Unidos y en España; eso me da esperanzas de que esa reconciliación sea posible.
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