Los secretos del reencuentro entre Estela Carlotto e Ignacio "Guido"

En su nuevo libro, los periodistas María Seoane y Roberto Caballero reconstruyen la historia del nieto de la Abuela de Plaza de Mayo y el final feliz que conmovió a la sociedad. Infobae publica un adelanto

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 AFP 162
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Vive en un lugar donde los satélites se pierden. Son tantas las calles y avenidas que llevan el nombre Fortabat en la ciudad de Olavarría que el GPS enloquece. El barrio Loma Negra queda en las afueras, a unos veinte minutos en auto desde el centro. La empresa cementera omnipresente se deja ver desde la ruta 51 como única referencia. Por suerte unos brazos se agitan a lo lejos. Las facciones se van volviendo reconocibles. No cabe duda. Es el hijo de Laura Carlotto y de Walmir "Puño" Montoya.


Es El Nieto de Estela.


Sabe que ella es la condición humana misma. Su larga marcha hasta él es la de todas las abuelas que buscan a sus nietos para nombrarlos. Siente que La Abuela es un ser universal que le pertenece a la vastedad doliente del mundo. Y que allí donde haya un derecho a la identidad violada, Estela será invocada como el nombre propio de la memoria.




El lunes intentó volver al conservatorio. Nadie hablaba de música. El tema era él. Pensaba en cómo retornar a la normalidad cuando Estela lo llamó. Era para decirle que Rafael Correa, el presidente de Ecuador, contento por la noticia del hallazgo, los invitaba a conocer Galápagos. Y él, que quería estar con su abuela para recuperar el tiempo robado, comprendió aquel día que su abuela no es una abuela común, de las que hacen tortas y van al club de jubilados. Ella es una abuela que habla con presidentes. Así fue cómo Ignacio, cuya única salida del país en 36 años había sido a Uruguay, se subió a un avión de línea y aterrizó en Ecuador, de la mano de Estela, como "Guido".


 AICA 162
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Veinte días más tarde, lo invitaron a ver al papa Francisco. No quería ir. El Nieto no es creyente. No le parecía bien gastar dinero en un viaje a Roma. Mejor, que lo donaran a los pobres. Además, no le había gustado la oposición de Bergoglio al matrimonio igualitario. Su abuela fue persuasiva: "Si no querés ir, no vayas. Yo te digo lo que pienso. Te voy a dar mis argumentos...". El objetivo era la apertura de los archivos del Vaticano para seguir buscando nietos apropiados. Iban a viajar todos los Carlotto. Seguirían los festejos por el reencuentro. Pero la finalidad era una. Seguir la lucha, sumar al Papa, lograr que la Iglesia local abriera los libros de bautismo para ayudar a encontrar a los 400 nietos que siguen viviendo en manos de sus captores y en la mentira.


El Nieto terminó cediendo. Era llamado a la acción. Alguna vez había fantaseado con conocer al Papa. Fue cuando tomó la comunión en Colonia San Miguel. Después se le pasó. Pero preparó el viaje hurgando en aquellas sensaciones místicas vividas durante el catecismo.



Le contó la historia al Papa. También la anécdota de la turbulencia y el susto que pasaron. Francisco le dijo "Uff, dámelo". Francisco no lo bendijo ligeramente. Tomó el rosario, se puso de espaldas, murmuró cosas inaudibles, movió las manos. Fueron largos minutos. Cuando se dio vuelta, le dijo: