"¡Cómo me gustaría tener una Iglesia pobre y para los pobres!". Con estas palabras pronunciadas después de haber sido elegido Papa, Jorge Bergoglio subrayó un tema que continúa siendo central y primordial en su papado. No es sorprendente que muchos hayan concluido que estas declaraciones demuestran que el Papa Francisco quiere que los católicos dediquen una mayor atención a mitigar la pobreza. En un sentido, esto es verdad. Sin embargo, se trata también de una interpretación que pierde de vista el sentido más profundo que Francisco atribuye a la pobreza.
Nadie debería sorprenderse de que Francisco se pronuncie tanto sobre la pobreza material. Después de todo, es un hombre que proviene de Latinoamérica, una parte del mundo en la que millones de personas (con la notable excepción de Chile) parecen estar atrapadas en la pobreza extrema. Uno debe ser menos que humano para no sentirse conmovido y disgustado por el contraste entre la pintoresca zona de la Recolecta, en Buenos Aires –distrito que le otorga a la ciudad el apelativo de ser "la París del Sur"–, y la miseria de los barrios marginales de Buenos Aires como Villa Rodrigo Bueno.
Para los cristianos, la indiferencia frente a estas disparidades no es una opción. Pero en la comprensión de las palabras de Francisco acerca de la pobreza debemos recordar que el Papa es un católico ortodoxo. El Papa no es un materialista filosófico y práctico. Por lo tanto, la concepción de la pobreza y de los pobres va más allá de la comprensión secular convencional de estos temas.
En una reveladora sesión de preguntas y respuestas celebrada en la Vigilia de Pentecostés con miembros de los nuevos movimientos (laicales) que han traído tanta vida a la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, el Papa afirmó lo siguiente acerca del Cristianismo y la pobreza: "La pobreza, para nosotros cristianos, no es una categoría sociológica o filosófica y cultural: no; es una categoría teologal. Diría, tal vez la primera categoría, porque aquel Dios, el Hijo de Dios, se abajó, se hizo pobre para caminar con nosotros por el camino. Y esta es nuestra pobreza: la pobreza de la carne de Cristo, la pobreza que nos ha traído el Hijo de Dios con su Encarnación. Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor".
En una palabra, se trata de la humildad. Esto es fundamental para lo que significa ser una Iglesia pobre. Una Iglesia humilde no es una Iglesia tímida, una congregación angustiada que compromete la fe. Más bien se trata de una Iglesia compuesta por personas que libremente se someten a Cristo el único que puede salvarnos.
¿Qué nos dice todo esto acerca de cómo deben los católicos pensar acerca de la pobreza? En primer lugar, es claro que el activismo político no debería ser lo primero que viene a la mente al considerar la lucha contra la pobreza. Ciertamente los llamados de Francisco a una mayor intervención vis-à-vis la crisis financiera global destacan su convicción de que existe una dimensión política en lo que atañe a la reducción de la pobreza material. Sin embargo, sus escritos pre pontificios indican que Francisco no es ingenuo acerca de esto. Ya en 2001, Bergoglio escribió en un pequeño texto titulado Hambre y sed de justicia: "Hay argentinos que se encuentran en situación de pobreza y exclusión, que debemos tratar como sujetos y artífices de su propio destino, y no como destinatarios de acciones paternalistas y asistencialistas por parte del Estado, como desde la sociedad civil".
Para el Papa Francisco, su predecesor Benedicto XVI y la beata Madre Teresa, nuestra respuesta a la pobreza debe, sobre todas las cosas, ser una que haga real la misericordia, que es central al Evangelio. Entre otras cosas, esto ayuda a corregir esa tendencia tan humana a creer que con la justicia es suficiente.
Un Dios que fuera simplemente Justicia en lugar de Amor nunca se habría dignado a entrar en la historia humana en la Persona de Jesucristo para rescatarnos a nosotros de nosotros mismos. Dios no nos debía nada. En ese sentido, la comprensión católica de la pobreza nos recuerda que es la misericordia divina en lugar de la justicia la que verdaderamente nos salva.
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