En las últimas horas mi rutina no cambió, aunque sí algunas cosas. Llamados de periodistas y productores colegas, interesados por mi relación con el fiscal especial de la causa AMIA, Alberto Nisman. Generó ese interés una crónica que escribí la madrugada del lunes, cuando su muerte ya había sido confirmada.
Esa nota periodística refleja –en parte– el vínculo que todo periodista mantiene con sus fuentes: conversaciones telefónicas, cafés, algún almuerzo, más llamados, envío de información, mensajes de texto. Lo habitual de esta profesión.
Ratifico: el sábado, como escribí el lunes, tuve tres contactos directos con Nisman: al mediodía, a la tarde y por la noche. Y reitero: lo ratifico. En uno de esos mensajes, el fiscal me envió un sobre con uno de sus colaboradores.
"¿Cómo se llama?", le consulté a Nisman. "Néstor", me respondió. El ida y vuelta fue por un servicio de mensajería muy popular: WhatsApp. "Néstor" declaró ante la fiscalía que investiga el caso. Fue él quien –como realmente fue– dijo que había llevado a pedido de su jefe un sobre color marrón a mi domicilio. No mintió. Sólo equivocó el número de departamento.
En su interior había información que yo había solicitado. Lo abrí. Era sólo una hoja con algunos pocos datos, algunos de los cuales ya había publicado en notas anteriores. Luego de leerlo y releerlo, lo tiré. Ya había tomado nota de lo que me interesaba.
Toda la semana continué –y sigo aún– conmovido por lo sucedido con el fiscal de la causa AMIA. Ayer llegué a mi domicilio y vi un gran operativo de la Policía Metropolitana en el edificio donde vivo. Me acerqué a una persona que interpreté podría ser un fiscal o el responsable de ese movimiento: me presenté como propietario y vecino. Le consulté respecto de qué se trataba y me dijo que no podía darme información de ningún tipo. Pregunté si era en la unidad en que vivo y me dijo que no.
Suelo irme a dormir muy temprano. Prefiero estar a primera hora en la redacción. Soy de los periodistas que creen que la mañana es mucho más productiva que la noche para trabajar. Gustos.
Esta mañana, cuando me desperté, vi mensajes de colegas amigos que se preocupaban porque suponían que el misterioso "Toti" que estaban buscando en un allanamiento podría ser yo. "No sé de qué me hablás", fue mi primera respuesta. Y empecé a desmembrar la historia. Me dicen Toti desde que nací. Todos me conocen por ese nombre, incluido Nisman, que así me llamaba, y que seguramente así me nombró ante el colaborador que llevó el sobre hasta Olivos.
Eso le conté hoy a la fiscal Viviana Fein, quien entiende en el caso, y ante quien me presenté espontáneamente. Le aclaré que el papel escrito en computadora no tenía nada que aportara al caso que investiga: ni referencias personales, ni anímicas.
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