Si bien era vegetariano, Hitler hacía varias excepciones en su dieta. Es que, según cuentan las británicas Victoria Clark y Melissa Scott, autoras de Dictators' Dinners: The Bad Taste Guide to Entertaining Tyrants, no había abjurado de la carne por convicción, sino porque le disparaba un problema de flatulencia crónica.
La investigación reveló que su comida preferida era, en realidad, paloma rellena con nueces, lengua, hígado y pistachos. "Nada mejor que una buena bola de hígado", decía habitualmente antes de sentarse a comer.
Quien sí tenía una preferencia vegetariana era Mussolini. Su plato favorito era una peculiar mezcla de ajo crudo, aceite y limón.
"Solía comerse un plato entero al día. No podía ir a ninguna parte con él después de eso", decía su esposa, según relata el libro.
Obviamente también comía pasta, como buen italiano. Pero tenía que ser especialmente fabricada para él. Y aunque no le gustaba mucho la carne, podía disfrutar de una ternera marinada en hierbas.
Kim Jong-Il, líder supremo de Corea del Norte entre 1991 y 2001, era un verdadero amante de la cocina elaborada. La sopa de aleta de tiburón era lo que más disfrutaba, pero también comía mucho caviar iraní, carne de cerdo danesa y mangos tailandeses.
Sin embargo, su comida secreta era la sopa de perro. Estaba convencido de que aumentaba su virilidad y lo inmunizaba contra cualquier tipo de enfermedad.
A Muammar Khadafi, el dictador que controló Libia durante 42 años hasta su muerte, en 2011, le gustaban mucho los macarrones y el cuscús con carne de camello. Al igual que Hitler, padecía de flatulencia crónica, lo que lo obligaba a moderar la ingesta de su bebida preferida, la leche.
De Fidel Castro no hay demasiada información, pero Victoria Clark y Melissa Scott obtuvieron un dato de Celia Sánchez, íntima amiga del dictador cubano. Al parecer, lo enloquece la sopa de tortuga. Pero no de cualquiera, sino de una especie en peligro de extinción.
El único que incurrió en la antropofagia fue Idi Amin, el sanguinario presidente de Uganda entre 1971 y 1979. Su médico personal, John Kibukamusoke, lo acusó de comerse el hígado de varios enemigos a los que había mandado a matar. Lo hacía "para ahuyentar los malos espíritus".
Una vez se lo preguntaron en una entrevista y su respuesta fue escalofriante. "No me gusta la carne humana. Me resulta demasiado salada", dijo.
También comía platos más "convencionales". Podía llegar a ingerir hasta 40 naranjas por día y tenía predilección por el chivo rostizado.
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