Hace un año un grupo de treinta personas de diecinueve países enfrentamos en Rusia un proceso legal por cargos de piratería. Con acusaciones infundadas, sin evidencia alguna y con un sistema judicial cooptado por el poder político, se intentaba silenciar una protesta justa, legítima y pacífica.
En aguas internacionales, intentamos frenar la expansión de la frontera petrolera en el círculo polar Ártico, por parte de una de las empresas con el peor historial medio ambiental. El ya jaqueado clima mundial no puede soportar la carga que significaría quedarse sin su "Aire Acondicionado", como llamamos a esta región que cumple un papel fundamental en la regulación de la temperatura del planeta.
Hoy en nuestro país, además de la petrolera, hay otra frontera destructiva que crece: la sojera, cuya expansión está arrasando con los bosques nativos del norte argentino, un irrecuperable patrimonio natural. Grandes latifundistas, en complicidad con autoridades gubernamentales nada comprometidas con el mandato social del pueblo que los eligió, hacen trizas la Ley de Bosques, sancionada en 2007 y que juraron cumplir.
Con sus topadoras, arrasan con los derechos de quienes habitan este suelo, al que lo hacen con el frágil ecosistema del que no sólo dependen innumerables especies de flora y fauna, sino también un pueblo que sufre y ahoga en lágrimas el dolor de ver la destrucción a la que se somete su tierra ancestral.
Es la misma historia que se repite en muchas y diversas comunidades de la Argentina: terratenientes ávidos de la renta extraordinaria que ofrece el monocultivo, gobiernos cómplices con una idea de progreso del siglo XIX y un irrespeto por la ley propio de forajidos. La comunidad Wichí, aunada con la tierra, sufre estos avatares y es pasto que rumian terratenientes, políticos y oportunistas.
La resistencia pacífica y la acción no violenta son los únicos caminos válidos, para que el reclamo no pierda fuerza y se ponga en evidencia la complicidad entre quienes deben velar por nuestros derechos y las corporaciones.
Hace un año en Rusia, sufrimos la sublimación de la criminalización de la protesta. Hoy son otros, como los hermanos Tejada, que resisten contra aquellos que desean saciar su sed por el petróleo y la soja, en su tierra ancestral formoseña y pagan con cárcel su voluntad de no ser parte de ese saqueo.
Cuando tuve la oportunidad de agradecer a Adolfo Peréz Esquivel su intervención y la de otros diez premios Nobel por la Paz en pos de nuestra liberación, me dijo algo que cada vez cobra mayor singnificado en mí: "La lucha es una sola". Defendámosla.
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