Bajo el título "No se lo digas a nadie", Ignacio Hurban, músico de Olavarría, retrató con su puño y letra su vida. Pero, para hacerlo, prefirió ponerse en la piel de su perro, y que fuera él quien describa cómo es la cotidianidad del nieto 114, recuperado ayer por las Abuelas de Plaza de Mayo.
A continuación, el texto publicado en el diario El Popular el 27 de marzo de 2014:
Acá estoy escribiendo, el teclado de esta máquina evidentemente no está preparado para mí, pero igual me las arreglo. Ignacio no sabe escribir de sí mismo, pobre, y como nadie conoce a su amo como su perro, acá estoy, sí soy su perro (perra a decir verdad) y sé lo que van a decir, que los perros no saben escribir... ¿y...? Le comento a ustedes, manga de vanidosos, que entre otras cosas llegamos al espacio exterior antes que ustedes, pero eso es otro cuento. Ahora voy a hablar de Ignacio.
Como yo duermo al lado de la ventana donde puso el piano, lo escucho todo el día: toca, toca y toca (para mí siempre lo mismo), a veces unas cosas se parecen menos, se ve que es lo que más le gusta hacer. Lo he escuchado decir que compone, creo que es algo así como hacer un agujero donde antes no había nada. Ahora sale a caminar, a veces me lleva al cerro y mira las piedras, el paisaje y mira... no sé qué ve... yo sólo veo lugares para mear. Los domingos a la tarde me siento con él en el sillón a ver un deporte que no entiendo mucho, son unos tipos corriendo atrás de una pelota, él se enoja seguido y dice que son unos perros bárbaros y yo lo miro tratándole de explicar que no tengo nada que ver...
Vive con Celeste, que me cuida mucho, tiene unos padres muy buenos y muchos amigos, que también lo quieren mucho porque lo vienen a ver seguido.
Tiene muchos libros y se sienta leerlos a la sombra del sauce que está al fondo del terreno, ésa es una de las partes que más me gusta.
Algunos fines de semana se va de casa, me dice Celeste que a tocar el piano por ahí, seguramente debe de haber habitaciones con ventanas y pianos en otras partes, no sé; yo solo conozco mi cuadra.
Esto es todo lo que les puedo decir de Ignacio, dejo de escribir porque se me hace difícil con este teclado y creo que además con la emoción me hice encima, así que mejor me voy afuera a ladrarle a un auto antes de que se entere que sé escribir, no sea que se avive y me haga hacer los informes de la escuela a mí.
Como yo duermo al lado de la ventana donde puso el piano, lo escucho todo el día: toca, toca y toca (para mí siempre lo mismo), a veces unas cosas se parecen menos, se ve que es lo que más le gusta hacer. Lo he escuchado decir que compone, creo que es algo así como hacer un agujero donde antes no había nada. Ahora sale a caminar, a veces me lleva al cerro y mira las piedras, el paisaje y mira... no sé qué ve... yo sólo veo lugares para mear. Los domingos a la tarde me siento con él en el sillón a ver un deporte que no entiendo mucho, son unos tipos corriendo atrás de una pelota, él se enoja seguido y dice que son unos perros bárbaros y yo lo miro tratándole de explicar que no tengo nada que ver...
Vive con Celeste, que me cuida mucho, tiene unos padres muy buenos y muchos amigos, que también lo quieren mucho porque lo vienen a ver seguido.
Tiene muchos libros y se sienta leerlos a la sombra del sauce que está al fondo del terreno, ésa es una de las partes que más me gusta.
Algunos fines de semana se va de casa, me dice Celeste que a tocar el piano por ahí, seguramente debe de haber habitaciones con ventanas y pianos en otras partes, no sé; yo solo conozco mi cuadra.
Esto es todo lo que les puedo decir de Ignacio, dejo de escribir porque se me hace difícil con este teclado y creo que además con la emoción me hice encima, así que mejor me voy afuera a ladrarle a un auto antes de que se entere que sé escribir, no sea que se avive y me haga hacer los informes de la escuela a mí.
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