En los doce años que duró el Tercer Reich fueron varios los planes –aunque pocos llegaron a ejecutarse– para eliminar a Adolf Hitler. Algunos historiadores aseguran que hubo entre 30 y 40 proyectos para aniquilarlo. Miembros de la Wehrmacht, servicios secretos extranjeros y la resistencia polaca, entre otros, pensaron utilizar bombas, francotiradores o veneno para acabar con la vida del dictador.
Todos fallaron. Hace muy poco se cumplieron 70 años del más recordado de aquellos ataques. El 20 de julio de 1944, el coronel Claus von Stauffenberg logró ingresar a una reunión de Estado Mayor con un artefacto explosivo. Era parte de una conspiración de militares que buscaba deponer a la cúpula nazi en un momento en que la guerra estaba irremediablemente perdida. Sin embargo, una serie de factores fortuitos permitieron a Hitler salvar su vida y solo sufrió heridas menores. Uno de los asistentes a la reunión, al que le molestaba la valija con el explosivo, la corrió de lugar. Además, el cónclave se celebró en un lugar distinto al esperado por los conspiradores. No era un búnker cerrado, como planificaron. "La providencia quiere que cumpla mi misión", le dijo el fatídico dictador al pueblo alemán ya repuesto del estallido.
Pero no era la primera vez que Hitler decía que la mano de la providencia lo había salvado. Mucho antes de que Stauffenberg y otros militares intentasen asesinar al "cabo austríaco", un hombre, en soledad, preparó con paciencia y precisión un artefacto explosivo de relojería que estuvo a minutos de terminar con Hitler para siempre. Fue el 8 de noviembre de 1939, apenas dos meses después del inicio de la guerra y cuando la popularidad del líder del Tercer Reich estaba por las nubes. El "asesino solitario" se llamaba Georg Elser y era un carpintero nacido en la región de Suabia en 1903.
Con paciencia, Elser trabajó durante unos tres meses en una columna cercana al atril desde donde Hitler hablaba cada 8 de noviembre, para recordar el "putsch de la cervecería", el fallido golpe de Estado que encabezó en 1923 y que terminó con su detención. El carpintero suabo creía que matando a Hitler, Goering y Goebbels "sobrevendría una moderación" del gobierno nazi. También quería mejores condiciones de vida para los trabajadores. Sostenía que estos se habían visto perjudicados por el hitlerismo. Con ese propósito, pasó noches enteras en el salón de la cervecería, preparando "un artefacto infernal".
Esta vez la bomba ni siquiera alcanzó a lastimar a Hitler, ya que terminó su discurso en la cervecería Bürgerbräukeller de Múnich antes de lo previsto. Por la explosión hubo siete muertos y varios heridos, pero su destinatario no sufrió ni un rasguño. Elser fue atrapado intentando huir a Suiza. Los nazis necesitaban buscar a los "autores intelectuales" detrás de Elser para sus fines propagandísticos. ¿Cómo un hombre del pueblo, un trabajador, iba a levantar la mano contra el Führer? Pero no había ideólogos. Ni los ingleses ni los comunistas, ni el ex aliado de Hitler Otto Strasser, como pretendía el Reichsführer de las temibles SS, Heinrich Himmler. Familiares y hasta ex novias de Elser tuvieron que padecer a los agentes de la Gestapo durante un buen tiempo. Elser llegó con vida casi hasta el fin de la guerra. Los nazis lo asesinaron en el campo de concentración de Dachau pocos días antes del suicidio de Hitler.
La historia de Stauffenberg es muy conocida. Incluso fue llevada al cine y Tom Cruise se puso en la piel del coronel, que perdió el ojo izquierdo, la mano derecha y algunos dedos de la mano izquierda combatiendo en África. Alemania lo homenajea cada año, como ícono de la resistencia al nazismo. Sin embargo, con Elser no ocurrió lo mismo durante mucho tiempo y recién en los últimos años su nombre aparece en placas, plazas y hasta monumentos. Incluso Oliver Hirschbiegel, director de la reconocida película La Caída, planea un film con la vida de Elser.
¿Por qué ocurrieron estas diferenciaciones? Infobae habló con el escritor y periodista alemán Helmut Ortner, autor de El hombre que quiso matar a Hitler (Ediciones Continente). En su libro, repasa la historia de Elser, en base a los registros de los interrogatorios que hizo la Gestapo y al testimonio de testigos de la época.
Georg Elser fue el "asesino olvidado", un hombre del pueblo. No perteneció a ningún grupo de resistencia, sino que fue un asesino solitario. Y yo quise salvarlo del olvido, con una especie de "monumento literario" a su persona.
Elser preparó el atentado solo. Era un experto. En mi libro describo cómo realizó la preparación del atentado y también su fracaso. Lo ocurrido con Elser es una historia de determinación y convicción, pero al mismo tiempo es una tragedia.
Elser fue interrogado y torturado en Berlin, y posteriormente lo mismo ocurrió cuando estuvo como prisionero especial en el campo de concentración de Dachau. Pero no, Himmler no estuvo presente en los interrogatorios. Sí fue quien dio la orden de asesinar a Elser días antes del fin de la guerra mundial.
Stauffenberg, siguiendo la tradición de su familia, era un soldado. Sobre el fin de la guerra perdió todo su entusiasmo por el nazismo, pero mantuvo su desprecio por la democracia parlamentaria. Su decisión de poner una bomba para asesinar a Hitler fue una expresión militar. Stauffenberg era un patriota con coraje, pero pertenecía al Ejército. Elser no tenía lobby alguno, no pertenecía a ningún partido político u organización.
Los nazis lo mantuvieron con vida porque su idea era hacer un show con su juicio, pero con la agonía del Reich se volvió inútil para esos propósitos y decidieron matarlo.
Helmut Ortner nació en 1950. Vive en Fráncfort, donde trabaja como autor independiente y periodista. Publicó más de 30 libros. Cobró fama por su no ficción narrativa Dos italianos en América. Publicó además El asesinato judicial de Sacco y Vanzetti y El Verdugo. Roland Freisler, asesino al servicio de Hitler. Sus obras fueron traducidas a varios idiomas.
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