Para un escritor como Borges, que fantaseó en su obra con la inmortalidad, no debe haber mayor consuelo que convertirse en uno de los autores más citados y releídos de la historia universal. Una abstracción que la realidad parece cumplirle.
También, reiteradas veces, imaginó la muerte, en un duelo en los suburbios de la ciudad o en el laberinto de una ingeniosa trama, hasta que por fin le llegó definitiva –al Borges de carne y hueso- un 14 de junio de 1986. Hoy se cumplen 28 años de aquella fecha, que ya no pudo modificar.
En sus años de juventud, cuando daba los primeros pasos como escritor al calor de las vanguardias europeas, Borges tuvo la picardía de falsear su fecha de nacimiento. Venido al mundo en 1899, se presenta como nacido en 1900. La alteración, advertida por Alan Pauls, es sutil pero significativa. Ese año que se quita le permite perfilarse como hombre moderno.
El gesto conforma un carácter y un estilo que desarrollaría luego en sus libros. Ya están ahí el desafío como núcleo del relato ("Hombre de la esquina rosada", e incluso "El Aleph" es un desquite) y una relectura y reescritura original del pasado que renuevan la tradición ("Pierre Menard, autor del Quijote", "Kafka y sus precursores" y su rescate de la poesía gauchesca).
Más tarde terminaría corrigiendo sus vicios juveniles. No sólo la pretensión de ser moderno, que lo había llevado a exaltar la Revolución Rusa en una colección de poemas que después destruye. Sino también aquella pretensión de ser argentino que lo conduce al temprano abuso de criollismos.
Olvida su simpatía por Rosas y el nacionalismo popular de Yrigoyen, así como el encendido prólogo que ofrece a un poema de Jauretche. Borges para entonces ya está en camino de convertirse en un clásico: rehúye la expresividad del artista romántico, "no escribe los primeros contactos de la realidad, sino su elaboración final en concepto". La omisión y el disimulo son sus banderas literarias.
El antiperonismo del autor, que en 1946 le cuesta su puesto de bibliotecario municipal por sus manifestaciones públicas, también puede leerse en el juego de contrastes que postulan sus páginas: frente a la cultura del inmigrante italiano sostiene la vieja costumbre porteña de hablar bajo, al sentimentalismo del tango le opone el coraje de la milonga.
Esta configuración anacrónica es difícil de sostener en medio de las profundas transformaciones del siglo XX. Y sin embargo, este Borges polémico, pendenciero, se integra a la cultura de masas y tiene la virtud de reflejar una imagen suya más mundana, a salvo de la pesada sombra que cae sobre sus laureles.
Como si de una ironía suya se tratase, sus frases son dichas hoy por los mismos peronistas. "Una vez fraguada una imagen, esta constituye un bien público", sostuvo alguna vez Borges. Es obra de sus lectores mantenerlo vivo.
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