"El trasplante de pelo facial se ha hecho popular porque la gente se ha dado cuenta del resultado natural que se puede obtener", explicó el médico Kevin Ende, que empezó a ofrecer este servicio en 2007 y en el último año ha visto cómo se convertía en uno de los servicios de más demanda en su clínica en Madison Avenue.
En Nueva York implantarse una barba entera cuesta entre u$s7.000 y u$s 8.000 y, si lo que se necesita es un relleno o disimular esas zonas en las que el pelo no crece tanto, el precio puede rondar los u$s2.000 o u$s3.000.
"Al principio empezó como un servicio para aquellos pacientes que se habían quemado la cara, por acné o por cicatrices que hacen que la barba haya perdido continuidad en la cara", explicó el doctor.
En la consulta de la doctora Yael Halaas, también en Manhattan, los clientes más habituales eran mujeres que se estaban cambiando de sexo y que no podían lograr una barba tupida con el tratamiento hormonal.
"Pero desde hace tres años, llegan cada mes al menos 4 o 5 hipsters de entre 20 y 30 años que quieren la barba sólo por una cuestión de moda", aseguró la médica de origen cubano-argentino.
Los clientes de Ende o Halaas llevan fotos de Ryan Gosling, Jake Gyllenhaal, Tony Parker o incluso de Javier Bardem.
El proceso quirúrgico no es muy distinto al de cualquier injerto capilar: el lugar clásico del que se toma el cabello es la nuca y, una vez hecho esto, se puede implantar en la cabeza, en los brazos, en las piernas o en la cara.
"El pelo, aunque no es del mismo calibre, da un resultado muy natural si lo pones en la dirección y el ángulo correctos, es decir, paralelo a la cara", asegura Ende, quien recuerda que no es una operación dolorosa, sino que, con una sencilla anestesia local, se lleva a cabo y un día después el paciente está como nuevo.
"Una vez implantada, la barba se cae y a los tres meses vuelve con el ciclo natural del pelo. La afeitas, la recortas... haces lo que quieras con ella, como si fuera una barba natural", prosigue Ende. En tanto, Halaas matiza que "al ser pelo de la cabeza, crece a una velocidad distinta que la barba natural o las cejas, que están programadas para otro ritmo".
Pero a pesar del auge hipster de la zona de Brooklyn, donde una tupida barba da un aspecto de modernidad bohemia y artística, Ende apunta que todavía los imberbes añoran, sobre todo, la masculinidad que añade una mandíbula tupida: "Los pacientes que no tienen ningún tipo de pelo tienen cierto sentimiento de feminidad. Y algunos sienten que el pelo que tienen no es suficiente y quieren parecer más masculinos".
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