La aventura humana de los hombres de la Compañía de Jesús en Sudamérica, en tiempos coloniales, fue tal vez el único caso de una utopía hecha realidad, aunque sea una contradicción de términos. Así lo expusieron varios especialistas en el Seminario internacional "Misiones jesuíticas. Nueva miradas".
Aprovechando la renovación del interés por la historia de esta orden, efecto de la elección de Francisco, primer Papa jesuita y latinoamericano de la historia, el Centro Cultural Borges de la ciudad de Buenos Aires presenta una muestra sobre esta "experiencia cultural americana" (hasta el 14 de enero de 2014, en Viamonte 525).
"La utopía tiene lugar. Llega para dejar de serlo. Una experiencia misionera que pronto alcanzaría la categoría de utopía que tuvo lugar, aunque suene contradictorio. Esta utopía viene de las Leyes de Indias. Los jesuitas no inventaron nada. Creyeron que era posible aplicar la ley", dijo el jesuita Bartolomeu Meliá, antropólogo y lingüista radicado en Paraguay desde la década del 50.
El historiador Ernesto Maeder, de la Universidad del Nordeste (Resistencia, Chaco), dijo que para desarrollar lo que fue "un fenómeno civilizatorio de primera magnitud", los jesuitas se ampararon en las propias Leyes de Indias, "que eran buenas", pero no se cumplían. "Los jesuitas se encuentran con la brutalidad del sistema de encomienda y el incumplimiento de las leyes", dijo.
De ese encuentro, nacerán las reducciones. "La reducción era la aplicación concreta de las Leyes de Indias -explica Meliá-; se reunía a los indígenas para civilizarlos, evangelizarlos y darles una economía de subsistencia que contrariaba los intereses esclavistas del Brasil (y) afectaba las relaciones de explotación que los encomenderos españoles mantenían con los indios".
Será el propio éxito de la experiencia una de las causas de su ruina: despertaron demasiado recelo, incluso en el seno del clero secular. El crecimiento de las reducciones fue muy rápido, geográficamente ocuparon un espacio enorme y demográficamente llegaron a tener más población que la de las ciudades de la región sumadas. Crearon pueblos prósperos, que se autoabastecían, tan organizados que apenas uno o dos miembros de la Compañía alcanzaban para administrar cada uno de ellos, de alrededor de 4 mil habitantes. El florecimiento cultural fue otra de las notas destacadas de esta experiencia: los jesuitas enseñaron el arte de la imaginería a los aborígenes, desarrollaron una arquitectura admirable, pero también dieron forma escrita al guaraní, y crearon las primeras imprentas en la colonia, al punto que se imprimían libros en las misiones antes que en Buenos Aires.
"Las reducciones fueron un melting pot donde se creó un idioma guaraní estándar", dice el lingüista Bartolomeu Meliá. "La utopía jesuita fue posible por creatividad y separación [del resto del mundo colonial]. Para Voltaire –cita-, estas misiones representaban 'el triunfo de la Humanidad".
En las reducciones se dio un enorme incremento de la producción de alimentos, con una gran diversidad: casi 200 especies de cultivos, en contraste con la uniformidad de hoy: maíz, soja transgénica..., se lamenta Meliá, quien también denuncia que hoy "los indígenas están peor que nunca, desplazados por la soja, convertidos en marginales empobrecidos en la ciudad". Se los ve, dice, en los alrededores de las terminales de buses, mendigando.
Llamativo, considerando el auge del discurso indigenista en los últimos años. Un discurso que evidentemente no tiene correlato en la realidad. Y que contrasta con la dignidad que los jesuitas respetaron y fomentaron en estos pueblos. Al respecto, Meliá recuerda que, tras la expulsión de la Compañía de Jesús, los indígenas escribieron al gobernador de Buenos Aires: "No somos esclavos, ni somos como los españoles que trabajan para sí mismos en lugar de ayudarse unos a otros".
Pero en la época, era casi inevitable que el experimento jesuita despertara demasiada enemistad. "Generó llamadas de atención, sobre todo desde San Pablo donde necesitaban mano de obra, advierte Maeder. Era más fácil robar indios a los jesuitas que buscarlos en el sertao".
De este enfrentamiento con los siniestros bandeirantes surgirá una de los rasgos más sorprendentes del experimento jesuita: las milicias guaraníes. Organizadas por los propios padres de la Compañía –algunos de ellos se habían fogueado en las guerras de Flandes- tendrán tal eficacia que serán con bastante frecuencia llamadas al auxilio de gobernadores coloniales en apuros.
Inspirados en Santo Tomás que había dicho: "Con los mismos medios con que son atacados deben defenderse", explica Maeder, los jesuitas organizan a los guaraníes para defenderse de la bandeira, esos escuadrones militares portugueses que bajaban por los ríos hacia las reducciones para robar la mano de obra que les faltaba para el cultivo de la caña. Estas milicias lograrán destruir la flotilla de canoas portuguesas en la batalla de Mbororé (1641).
Ahora bien, señala el historiador, "los bandeirantes traían tropa india, aborígenes instrumentados contra sus congéneres", "Frecuentemente se cae en el angelismo de creer que los indios eran solidarios entre ellos. No es un mundo indígena solidario el que existía a la llegada de los españoles, sino un gran caos", acota.
"Los jesuitas nos sacan la mano de obra, defraudan al fisco, forman una república aparte, los gobernantes no tienen jurisdicción sobre ellos": así enumera Maeder las quejas contra la orden por parte de los colonos españoles y portugueses que, finalmente, serán excusa para su expulsión de América en 1767, con la subsecuente ruina de las reducciones y pueblos jesuitas.
"Ni paraguayos ni argentinos somos conscientes de la enorme significación de este experimento, esta utopía cuyo arte principal no sólo fue planear un mundo mejor, denunciar la realidad, sino aplicar efectivamente un sistema nuevo", señaló Ernesto Maeder.
Efectivamente, prestamos poca atención a este fenómeno que despierta la admiración del planeta. Un síntoma de esto es que el que es tal vez sea el único film relevante sobre la gesta jesuítica en América (La Misión) es extranjero...
Maeder concluyó su intervención pidiendo "rendir homenaje a estos hombres que contribuyeron a hacer en nuestra tierra un modelo de civilización único".
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