El 25 de marzo de 2010, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) usaron a un menor como explosivo en El Charco, un pueblo de desplazados en el departamento de Nariño.
Rosa Estupiñán, madre de la víctima, actualmente vive en una casa de tablones de madera sobre pilotes, amplia y pobre, del barrio El Carmen, que pudo mejorar un poco gracias a los 10.500 dólares que Acción Social le entregó por la pérdida. Pero con doce hijos, nietos e incontables necesidades, el dinero se esfumó enseguida, según una investigación de El Tiempo.
Trabaja su finca a una hora de distancia del centro urbano y de sus palmas recoge cocos, uno de los productos que proliferan en el mercado de El Charco, el municipio más pobre del país, que posee 25.000 habitantes, el 85 por ciento de los cuales son desplazados.
La Armada Nacional tiene una base al otro lado del río, frente al pueblo, y la Policía Nacional, una estación fortificada en la calle principal. Ese edificio es el blanco prioritario del poderoso Frente 29 de las FARC, con granadas y disparos.
Sin embargo, hace 3 años el ataque fue distinto, mejor planeado y más sanguinario. Heriberto Grueso Estupiñán tenía 11 años y cada día, antes de clase o en sus ratos libres, salía a buscarse unos pesos haciendo mandados y cargando bultos en el puerto. Su ir y venir cotidiano, transportando lo que fuese, con uniforme colegial formaba parte del paisaje callejero de El Charco.
Esa fue la razón por la que los milicianos del Frente 29 lo escogieran para el atentado. Ni siquiera la Policía sospecharía que llevaba una carga mortífera en sus brazos. Tampoco llamaría la atención que el niño se acercara a la estación, protegida por trincheras, para entregar una colchoneta donde iba escondido el explosivo.
Aquel jueves de marzo, a las tres de la tarde, Heriberto salió de la Institución Educativa El Canal en un recreo para hacer un mandado. "Lleve esta colchoneta a la estación", le dijo un miliciano. Le dio el dinero y Heriberto, según un testigo, se acomodó la mochila a la espalda y el encargo en la cabeza.
Cuando se acercó a los agentes, protegidos por una trinchera, accionaron la bomba y el niño voló por los aires. Nueve civiles y tres policías resultaron heridos. Tras la fuerte explosión, todo fue gritos, confusión y llantos. Unos vecinos descubrieron horrorizados que entre las víctimas había un niño por sus pequeñas piernas. Fue lo único que quedó del cuerpo; el resto lo desintegró la bomba.
Tardaron varias horas en identificarlo y realizaron un exhaustivo recuento de los escolares por todas las casas. Al final del día descubrieron que solo faltaba Heriberto. Sus papás sólo lo supieron al día siguiente, al regresar de la finca. "Yo lo miré en el cementerio, lo tenían en un plástico, solo sus piernitas. La alcaldía me ayudó para el entierro", explicó la madre.
"Era el mayor de mis dos últimos hijos y los únicos que entonces vivían conmigo. Estaba en tercero de primaria, no perdía día de colegio, hacía todos los días la tarea y siempre le salían bien", recordó su mamá, que perdió a su esposo, Arciliades Grueso, hace un año por una enfermedad repentina. "Cuando los muchachos no querían estudiar, les decía: 'Yo voy a salir de profesor para enseñarles a ustedes'", expresó.
Aunque El Charco es un municipio nariñense, sus pobladores siempre miran hacia el Valle del Cauca para ensanchar horizontes o buscar empleo, porque además de la violencia y la escasez de servicios básicos, sufrieron un terremoto.
En cada aniversario de la muerte del "niño-bomba", celebran una misa en su memoria y los escolares desfilan con sus profesores por El Charco para rechazar la violencia. "Fue un golpe muy duro para el pueblo y no lo olvidamos", dijo un comerciante que conocía a Heriberto.
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