La paradoja del petróleo se hace más evidente por estos días con los reclamos de mejores condiciones de vida en el norte de África y Medio Oriente. Una de las regiones donde se produce un tercio del combustible del mundo es un polvorín social.
Son varias las razones por las que el negocio de la extracción de una materia prima escasa e imprescindible no genera progreso para los habitantes de los países petroleros.
La depedencia de un solo producto desactivó el desarrollo de la industria manufacturera. La explotación para sacar el "oro negro" destruye los suelos que quedan imposibilitados de ser reconvertidos para el agro.
La industria de los hidrocarburos es más de capital intensivo que de mano de obra intensiva. De allí que la inversión venga del extranjero -que hasta a veces importa a sus propios trabajadores- y poco le deje al país que aporta sus recursos. En resumen, los territorios se transforman en enclaves que no contagian desarrollo, y el negocio queda en pocas manos.
La política también es protagonista. En la mayoría de los centros petroleros, mandan regímenes o monarquías pseudoparlamentarias desde hace décadas que reparten la renta extraordinaria entre un pequeño grupo afín.
Si el Gobierno fue elegido por el voto, la corrupción es la dominante. Millonarios ingresos terminan en cuentas en el exterior.
El contraste de las cifras petroleras con los indicadores sociales es contundente.
Nigeria, uno de los tres principales proveedores de crudo de los EEUU, contabiliza ingresos petroleros de US$360 mil millones desde 1965 a la fecha. En 1970, el 36% de sus habitantes era considerado pobre. Hoy, el 70 por ciento.
En Angola, uno de los mayores productores de Africa, el 68% de la población vive debajo de la línea de pobreza a pesar de que su PBI creció 400% en los últimos 10 años. Human Rights Watch publicó en un informe de 2004 de que miles de millones de dólares en ingresos petroleros evadieron ilegalmente el Banco Central y desaparecieron sin explicación.
Irán, otra potencia, no tiene la inversión extranjera ni las refinerías para explotar su riqueza incalculable. Diversas marchas opositoras pusieron en jaque el poder férreo de Mahmud Ahmadinejad. Una de las bombas de tiempo es el 35% de desempleo.
"El ingreso del petróleo no ha podido favorecer a las sociedades de los países productores", escribió el periodista Toby Shelley en su libro Oil: Politics, Poverty & The Planet.
Las excepciones a esta norma son pocas. Arabia Saudita, Brunei, Emiratos Árabes y Qatar destinaron más gastos a su infraestructura social y sus habitantes viven mejor. Se ubican entre los 48 países con más desarrollo humano, según el ranking de la ONU.
El modelo de explotación petrolera en África y Medio Oriente es el mismo. Una empresa estatal concesiona los campos a explorar a empresas privadas. En algunos casos, se asocia. Se encarga, además, de cobrar las regalías.
Como el desembolso masivo de capital viene del extranjero, la parte del león de la renta se va del país. Y lo que queda, se pierde en los vericuetos del poder centralizado y corrupto.
Otro ejemplo de mal manejo es Libia. Es el mayor productor petrolero de África y el gran exportador a Europa. Tiene la novena reserva de crudo del mundo. El desempleo es alarmante: 30%. Un tercio de la población es pobre. Su superficie desértica obliga a la nación a importar el 75% de lo que come. El alza del precio de alimentos acrecentó un espiral inflacionario que detonó el mal humor social.
Muammar Khadafi, sin culpa alguna, creó un fondo soberano de U$S 70 mil millones con recursos petroleros que invierte en el exterior. Adquirió porcentajes minoritarios en la italiana de energía Eni, en Fiat y en el club de fútbol Juventus. Casi le compra a su amigo Silvio Berlusconi el club Milan.
Venezuela es el caso emblemático de América Latina. Hace unos días certificó las mayores reservas mundiales de petróleo (296.500 millones de barriles de crudo) superando a Arabia Saudita (266 mil millones). Sin embargo, la estatal PDVSA donde el presidente Chávez colocó a sus más cercanos, produce cada vez menos lo que genera tensión fiscal y política. El petróleo provee el 95% de los ingresos del país.
Sin embargo, el 38% de la población es pobre y el 4,1% más rico representa el 53,7% del consumo.
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