Sociedadviernes 17 de septiembre 2010

¿Por qué los niños no saben leer ni escribir?

Teorías pedagógicas "revolucionarias" desterraron de la escuela el rigor metodológico y la enseñanza sistemática. En nombre de la "libertad de aprender", se negó a los maestros la autoridad para transmitir saberes elementales

Los ministros de Educación de 23 países iberoamericanos ratificaron esta semana en Buenos Aires el proyecto Metas Educativas 2021, por el cual se comprometen a invertir 100 mil millones de dólares en la próxima década para la mejora del sistema de enseñanza en la región.



Una buena noticia. Sin embargo, el déficit educativo actual no es sólo de orden presupuestario. Aunque es cierto que la falta de maestros, las clases demasiado numerosas, la deficiente infraestructura edilicia y la carencia de material pedagógico son condicionantes, hay una crisis que va más allá de eso y cuyas causas costará revertir, porque son de índole ideológica, y por lo tanto, más difíciles de cambiar que un número en una ley de presupuesto.



A un maestro bien formado y con auténtica vocación, una tiza y un pizarrón le bastan para inculcar desde el inicio en sus alumnos los saberes fundamentales, sin los cuales el resto del recorrido educativo se vuelve azaroso.



Saberes que en otro tiempo la escuela brindaba a todos en el transcurso del primer grado: leer y escribir de corrido y realizar las cuatro operaciones matemáticas básicas con números enteros.



El niño que aprende solo

Pero en los años 60 y 70, una "revolución" pedagógica arrasó con aquella escuela, descalificándola por tradicional, aburrida y poco estimulante e instauró una doctrina que podría resumirse en los siguientes principios:

-La principal misión de la escuela no es transmitir contenidos, sino crear el ámbito en el cual el niño se formará como individuo pleno.

-El maestro no tiene el monopolio del conocimiento.

-El alumno es el principal sujeto del proceso de aprendizaje y puede y debe "construir su propio saber". El niño debe ser co-autor de su proyecto de aprendizaje.

-El niño aporta más al maestro que el maestro al niño.

-El método importa más que el contenido.



De estos principios se desprende que:

-Los niños deben ser entretenidos antes que instruidos, motivados antes que formados.

-Si el niño comete muchas faltas es porque se le exige demasiado.

-La competencia es mala, traumatiza a los niños. Premios y castigos quedan abolidos.

Esta idea de que la educación debe ser antes que nada entretenida implicó desterrar el esfuerzo, la memorización y la repetición. También significó la erradicación de las aulas de la lectura en voz alta, el silabeo y la memorización. No se dicta, no se corrige –es traumático–.



Se perdió de vista que la enseñanza de reglas de ortografía y gramática o de las tablas de multiplicar no son sólo una memorización o un automatismo: el niño absorbe también un sistema lógico cuyas normas le servirán más tarde, en otras circunstancias, y para otros aprendizajes.



Pero esta pedagogía moderna promovió el aligeramiento de los horarios de estudio, la sustitución de los ejercicios repetitivos por la creatividad del juego y maestros paralizados por el temor a "traumatizar" a los niños con exigencias.



A lo largo de estos años, se invirtió más tiempo en las discusiones metodológicas y se perdió de vista el objetivo central de la escuela que es la transmisión de conocimientos.

 

 

El aprendizaje sistemático fue así desterrado, para dar lugar al libre ejercicio de la inteligencia y de la investigación razonada. Ya no se aburre a los niños exigiéndoles el aprendizaje de las tablas de multiplicar, ni de las reglas de la conjugación o de la ortografía, por la vía de la memorización; se espera que las "deduzcan ellos mismos". En teoría, suena bien.



Y es cierto que todo niño tiene el irrefrenable impulso de descubrir e investigar las cosas por sí mismo, pero también tiene la necesidad de aprender y de hacerlo en una etapa dada de su vida, aquella durante la cual su cerebro es capaz de absorber una inmensa cantidad de conocimientos y  de adquirir muchísimas habilidades; una capacidad que se mitiga con el tiempo.



Y no hay modo de exagerar las ventajas o carencias que una buena o una mala formación en la etapa inicial dejan para el resto de la vida. Las habilidades que no se adquieren en los primeros años serán mucho más difíciles de aprender luego.



La principal diferencia entre el ser humano y el animal es que éste no puede transmitir un saber aprendido. Por más entrenado que esté, un perro jamás podrá adiestrar a sus cachorros. Esa capacidad de acumular saber y transmitirlo de generación en generación es la clave de la evolución de la humanidad.



Pues bien, al desautorizar al maestro como transmisor de conocimientos en nombre de la "libertad de aprendizaje" del alumno, la pedagogía moderna supone que cada niño puede empezar de nuevo, descubriendo por sí solo cómo se enciende fuego. Podrá sonar exagerado, pero muchos maestros renuncian a corregir las faltas de ortografía para no coartar la libertad de expresión de los alumnos.



El maestro y pedagogo francés Marc Le Bris –autor de Y vuestros niños no sabrán leer... ni contar– lo dijo en términos un poco menos crudos: "Estas pedagogías modernas niegan sencillamente la transmisión de cultura de una generación a la otra".



En efecto, actúan como si el alumno, desde su más temprana edad, pudiese por sí solo reconstruir siglos de conocimiento.



En nombre de la igualdad se acentúa el privilegio

En concreto, la escuela primaria de hoy produce lectores deficientes, alumnos con un mediocre rango de vocabulario, incapaces de construir una frase coherente e ignorantes de los registros del lenguaje, que arrastrarán esos déficits hasta el colegio secundario y la universidad, obligando a estos ciclos a adaptarse a su nivel y no a la inversa.



La reacción contra los excesos disciplinarios y los corsés pedagógicos del pasado llevó al extremo opuesto. Hoy los ejercicios se hacen sobre fotocopias, donde el alumno sólo tiene que rellenar espacios en blanco y no se "cansa" escribiendo. El docente gana tiempo, pero el niño pierde la oportunidad de ejercitarse.



Lo irónico del caso es que estos métodos se pusieron de moda en nombre de la igualdad, pero su resultado es exactamente el contrario. Porque el alumno intelectualmente mejor dotado o cuya familia posee recursos –no sólo económicos, sino de formación profesional y acervo cultural– podrá, tal vez, suplir lo que la escuela no le haya dado.

 

Para los más desfavorecidos, esta pedagogía acentuará su desamparo. En nombre de la instrucción pública, igualitaria y gratuita para todos, se expulsan alumnos hacia la escuela privada.

 

Cambiar esto costará años y generaciones perdidas. No se trata de volver a la caligrafía y al silencio absoluto en el aula, pero en Francia, lugar donde estas doctrinas pedagógicas se acrisolaron y desde donde se difundieron, ya se está dando marcha atrás.



Un reciente informe del diario La Tribune, tras recordar que los resultados de las escuelas primarias francesas son cada vez más deficientes, principalmente debido al aligeramiento de los programas de estudio, destaca que las autoridades educativas de ese país ya están de vuelta de esa pedagogía.



En los nuevos programas, vigentes desde el año 2008, "se ha restaurado la instrucción, la memorización y la adquisición de mecanismos", dice el diario.



"Se reintrodujo la gramática, las conjugaciones, la concordancia; desde el primer grado, la resta y la multiplicación [...]. Las cuatro operaciones con números enteros deberán ser dominadas al finalizar el 2º grado", etc.



"Pero, dice también La Tribune, recién en el año 2013 se verán los primeros resultados de estos nuevos programas que beneficiarán a las generaciones nacidas a partir de 2002".



Junto con el loable esfuerzo presupuestario, las autoridades educativas latinoamericanas deberían, también, analizar qué y cómo se está enseñando hoy en la escuela pública

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