Fidel y la Iglesia: 12 años perdidos

Hace más de una década, en enero de 1998, la histórica visita del Papa Juan Pablo II a La Habana brindó a Fidel Castro una oportunidad que éste desaprovechó 

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Cuando en la primera mitad de los noventa el derrumbe del bloque soviético hizo colapsar a Cuba por la desaparición de su soporte económico, militar e ideológico, Fidel Castro comprendió, a la luz del ejemplo de Moscú, que una apertura política le sería fatal.

Desde entonces, cifró la clave de la supervivencia de su régimen en el aislamiento en lo externo y en una mayor concentración del poder en su persona en lo interno. Algunas limitadas reformas económicas fueron adoptadas excepcionalmente y no por convicción.

En un contexto de enormes privaciones y rodeado de las ruinas de su revolución, Fidel terminó de definir su modelo: un régimen unipersonal que no publicita sus actos, una justicia al servicio del poder, un rígido monopolio estatal de prensa y todas las libertades individuales aherrojadas.

Todo ello en nombre de una revolución que se hizo con el argumento de que Cuba era centro turístico, garito y prostíbulo para ricos. Hoy, el turismo es nuevamente el principal sector de la economía, la prostitución "florece" y la economía es un híbrido que no da sustento digno a los cubanos.

Raúl Castro, hermano de Fidel y sucesor en funciones desde hace 4 años, fue uno de los instigadores de las investigaciones que, en 1989, purgaron al gobierno de funcionarios tentados por la Perestroika rusa. Un par de años después, Fidel tomaba la palabra en un congreso partidario para decretar que "el pluripartidismo" era "una pluriporquería" y ya nadie osó volver a hablar de apertura.



Fidel fue a misa

Pero hacia fines de los 90, la situación era crítica.

La Iglesia Católica cubana representó siempre una corriente de resistencia al régimen en defensa de las libertades. En aquel difícil contexto, el Vaticano aparecía como una vía para aliviar la presión.

El cardenal francés, Jean-Louis Tauran, entonces canciller de la Santa Sede, sugirió a Fidel que invitase al Papa a Cuba. Juan Pablo II llegó a la isla en enero de 1998 y le tendió la mano a un dictador acosado por la crisis.

Pero el Papa en tierra cubana fue también el símbolo más acabado de la derrota del agnosticismo socialista en erradicar la fe. Su visita despertó el interés de los cubanos que participaron multitudinariamente de las ceremonias que presidió Karol Wojtyla durante su gira.

El Papa condenó el embargo pero dijo que éste no debía ser una "excusa". "Que el mundo se abra a Cuba y que Cuba se abra al mundo", fue la frase con la cual Karol Wojtyla definió el camino que debía tomar Fidel Castro. Le estaba ofreciendo al régimen castrista un puente de plata para su reinserción en el mundo. Pero Fidel fue a misa, se portó bien y luego nada.

No hubo apertura ni gestos de buena voluntad. Algunos presos políticos fueron liberados, pero pronto se volvió a la práctica del arresto de opositores. En enero de 1999, una reforma del código penal endureció las sanciones por suministro de "información que afecte a Cuba", eufemismo bajo el cual puede caer cualquiera.

Fidel desoyó el mensaje papal para no perder la hegemonía. Los continuos reclamos de La Habana contra un "bloqueo" que es cosa del pasado son una cortina de humo. El anciano líder máximo de una revolución anquilosada no quiere que Cuba salga del aislamiento, sino terminar como empezó: solo contra el mundo. No será él quien lleve a Cuba a una apertura política que implicaría cavar su propia tumba. Su supervivencia depende de la profundización del autoritarismo y el aislamiento. Vive en supuesta discordia con el mundo cuando en realidad la única amenaza contra la cual se pertrechan los órganos de la Revolución son los propios cubanos.

Por eso, en vez de entrar por la puerta grande del bien, prefirió la dictadura y mantuvo la represión contra la Iglesia y contra toda disidencia.



Una vida de esclavos

Pese a ello, doce años después, nuevamente es la Iglesia Católica la que le facilita al régimen tomar una medida que implica admitir la existencia de presos políticos. Es parte de la genética autoritaria asimilar la disidencia a la traición. De modo que esta liberación de disidentes es un retroceso para el régimen y un avance para el pueblo cubano. Falta mucho, sin embargo.

La organización humanitaria Reporteros Sin Fronteras señala con justicia que esto "no debe ocultar la trágica realidad de la situación de los derechos humanos en Cuba", que "la liberación de los prisioneros de consciencia debe estar acompañada del reconocimiento de su derecho a vivir en su país y a defender sus opiniones abiertamente" y que "nada justifica que el régimen en el poder prohíba a su población el libre acceso a la información o (que) un opositor, con el valor de denunciar esta realidad, sea amenazado, arrestado o encarcelado".

El escritor y premio Nobel de Literatura francés, Albert Camus, expulsado del Partido Comunista en 1939 por criticar a Stalin, escribió: "Las tiranías dicen siempre que son provisionales. Se nos explica que hay una gran diferencia entre la tiranía reaccionaria y la progresista. Habría así campos de concentración que van en el sentido de la historia. (Pero) si la tiranía, incluso progresista, dura más de una generación, ella significa para millones de hombres una vida de esclavos y nada más".

Fidel se mostró hasta ahora decidido a morir como un tirano. La Iglesia le está tendiendo la mano una vez más. ¿La tomará?

Dejando pasar en 1998 la oportunidad de oro que le ofreció la Santa Sede para iniciar la transición hacia la democracia en su país, retuvo el poder para sí y para su dinastía. A cambio, les dio a los cubanos otros 12 años de "una vida de esclavos". ¿Y cuántos más?

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