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La “nena bien” que durmió en la calle para escapar de la violencia familiar: “No tuve un modelo de madre, aprendí con mis cinco hijos”

Natalia Ragonati creció entre períodos de abandono y noches en la calle. Vivió sola con sus hermanos en Recoleta, atravesó el consumo de drogas y un instituto de menores. Hoy cuenta a Infobae cómo intentó construir la familia que no tuvo

Natalia Ragonati vivió tres años sin rumbo en la calle cuando era adolescente

La madre de Natalia Ragonati llevó a sus dos hijas hasta la casa del padre cuando eran apenas dos niñas, tocó el timbre y se fue. Natalia recuerda que el hombre bajó, las miró y las hizo subir porque no tenía otra alternativa. Al día siguiente, el padre las subió a un auto y las dejó en la casa de sus abuelos paternos. Natalia apenas sabía quiénes eran.

“Ahí estaba con mi hermana con dos valijitas en la puerta de la casa”, recuerda Natalia en diálogo por videollamada con Infobae. Durante la entrevista, Ragonati se moverá por varios espacios de su casa y contará su historia casi sin pausa. Como si todo le hubiera pasado ayer y no hace más de 30 años.

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La secuencia había empezado con una discusión entre su madre y su hermana. Natalia no recuerda la frase que detonó todo, pero si el traslado, la puerta, el timbre y el momento en que la mujer se fue. Su padre las recibió de noche y, a la mañana siguiente, decidió que tampoco se quedarían con él.

Natalia había nacido en una familia con dinero, en un dúplex de Recoleta. El departamento estaba en los pisos 21 y 22. Había ropa de marca, colegios privados y una vida que desde afuera podía parecer ordenada. La violencia estaba adentro.

Natalia Ragonati junto a su hermana

“Ahora vemos un montón de casos de violencia intrafamiliar. Antes por ahí se callaba, por apariencias, sobre todo en las familias bien - dice Natalia-. Yo lo vi con mi propia vida, cómo lo tapaba la misma familia”.

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Natalia era la cuarta y menor de los hermanos. Su padre no llegó a golpearla, según cuenta. “Dentro de todo, la saqué barata por ser muy chica”, afirma.

Después de la ruptura, cada hijo quedó en un lugar distinto. La hermana mayor, que tenía 15 años, se fue a vivir a la calle. El hermano varón se quedó con el padre. Natalia y la hermana que le seguía fueron llevadas a la casa de la abuela materna.

La madre desapareció durante un tiempo. Natalia dice que su padre no aceptaba la separación y que ella temía que la matara si la encontraba. “Siempre era así, iba escalando la violencia”, afirma.

Natalia Ragonati en la época que dormía en la calle con intermitencias

Natalia casi no hablaba entonces. A los tres años se replegó hasta comunicarse solo con su hermana y con su abuela. Con los demás adultos mantenía distancia. “Me quedé en un mutismo - recuerda-. Siempre fui una chica más callada, introvertida, y me costaba como confiar en la gente”.

Cuatro hermanos quedan en un departamento de Recoleta

La madre volvió a acercarse a sus hijos después de un tiempo. Hubo visitas de fin de semana, intentos de convivencia y nuevos cambios de casa. Natalia recuerda que ella tenía problemas de salud mental y que, en ciertos períodos, atravesaba delirios místicos y paranoia.

La convivencia no se sostuvo. Cuando Natalia tenía ocho años, su madre dejó a los cuatro hermanos solos en un departamento de Recoleta y se fue a vivir con una pareja. La hermana mayor tenía 18, el hermano 15, la otra hermana 12.

Los mayores asumieron las tareas que podían. Conseguían vacantes escolares, firmaban papeles y resolvían los trámites necesarios para que Natalia asistiera a clases. A veces falsificaban la firma de la madre. Otras veces ella misma firmaba sus boletines.

Los cuatro iban a la escuela. Natalia dice que al principio les fue bien, porque lo intentaban, aunque la vida que llevaban terminó por desordenar esa continuidad. Con los años, todos pasaron por bachilleratos nocturnos acelerados para terminar el secundario.

Natalia Ragonati junto a sus cinco hijos en la playa

No había una rutina adulta que los esperara a la salida de clase. Tampoco una conversación que organizara lo que iba a ocurrir al día siguiente. Natalia recuerda que para ellos el abandono estaba mezclado con algo que, en comparación con la calle, parecía suficiente. “Al menos teníamos un techo en ese momento”, afirma la mujer y sonríe.

Su hermana mayor ya sabía lo que significaba no tener ese techo. Había vivido en la calle antes de cumplir los 18 años.

El departamento era una dirección de Recoleta, pero no un hogar. Su madre dejaba comida y volvía a irse. Los hijos aprendían a administrar lo inmediato. Quién iba a anotar a la menor en la escuela, quién tenía dinero, quién podía resolver un problema, quién dormía dónde.

Natalia usa una imagen para explicar esa forma de sobrevivir. También la usa cuando habla de la relación que los hermanos sostienen hoy. “Cada uno está en su barquito sacando el agua - grafica Ragonati-. Un barco agujereado y que te estás hundiendo y estás solo ocupado en sobrevivir y no estás mirando a los demás”.

La madre regresó al departamento más adelante. Echó a los hijos mayores y se quedó con las dos menores. Natalia pasó de la vida sin adultos a una convivencia en la que había insultos, control y discusiones que podían empezar por motivos mínimos.

Los padres de Natalia Ragonati en la costa atlántica

“Siempre alerta, porque no sabías por dónde iba a explotar - afirma Natalia. Mi viejo cuando explotaba, explotaba porque el vino estaba más frío o más caliente, o porque no había pan en la mesa. Y mi vieja similar”.

Natalia describe a sus padres como personas imprevisibles. En una casa podía haber comida, paredes, camas y una madre. Nada de eso garantizaba que una discusión no terminara con una expulsión, un golpe o una noche sin saber dónde ir.

Natalia baja cuatro pisos y sale por Coronel Díaz

Cuando regresó a vivir con su mamá, ya no era la nena que había dejado de hablar cuando sus padres se separaron. Pasaba muchas horas en la calle, cerca de Parque Las Heras, y conocía a chicos mayores que se reunían en las plazas, entre grupos de skaters, bikers y adolescentes que ocupaban la zona.

Natalia recuerda que su madre empezó a vigilar más sus salidas. Ella tenía 12 años. La discusión que la llevó a irse se produjo después de una tensión que venía creciendo.

Su hermana había sido golpeada en otras oportunidades. Natalia lo sabía. Cuando su madre se le acercó como si fuera a pegarle, decidió que no iba a quedarse esperando el golpe. “Ahí fue cuando dije ‘bueno, basta, yo me voy a la mierda, a mí no me van a tocar’”, cuenta sobre el momento.

No tomó un bolso. No buscó dinero. Bajó los cuatro pisos por la escalera y salió por Coronel Díaz.

La primera noche en la calle, Natalia durmió en la puerta de un edificio en la zona del Parque Las Heras

La primera noche durmió en la puerta de un edificio. Después empezó una vida de idas y vueltas. Una casa de amigos, una semana con la abuela, una noche en lo de una hermana, una nueva fuga y otra vez la calle.

Natalia aclara que no fueron tres años consecutivos durmiendo a la intemperie. Había intermitencias. La policía podía encontrarla después de una denuncia de fuga de hogar. La llevaban a una comisaría, avisaban a su familia y alguien iba a buscarla.

“Cuando me iban a buscar, me cagaban a palos, me encerraban y cuando yo me podía escapar, me volvía a escapar”, sostiene la mujer.

En algunas noches, amigos que no podían alojarla se quedaban con ella hasta el amanecer. Caminaban por las calles o se sentaban en la puerta de un edificio. Natalia dice que tuvo una red de chicos que la acompañaban, aunque no podían resolver su situación. “Yo tuve una red de contención bastante grande”, admite Natalia.

Había amigos que le prestaban ropa, que la dejaban bañarse cuando los padres no estaban o que la recibían hasta que los adultos de la casa empezaban a preguntar por sus responsables. Natalia se iba antes de que llamaran a su madre o a su padre.

Natalia Ragonati embarazada de su quinto hijo

La calle le dio vínculos, pero no estabilidad. También la exponía a situaciones que no podía manejar sola. Una noche, caminaba por Palermo cuando dos hombres la llevaron a la fuerza hacia el pasillo de una casa.

Natalia empezó a gritar y a resistirse. Dice que un amigo escuchó los gritos, llegó corriendo y la ayudó a salir. “No sé cómo hubiese terminado, porque realmente hubiese sido gravísimo”, recuerda.

Las visitas a la casa de la madre

La necesidad de comer y de sostener la vida afuera llevó a Natalia a volver de manera clandestina a la casa de su madre. Miraba el garaje antes de entrar. Si el auto no estaba, entendía que podía pasar sin cruzársela.

Sabía cómo abrir con una tarjeta. Buscaba efectivo, ropa o cualquier objeto que se pudiera vender. A veces se llevaba cosas suyas. Otras veces sacaba dinero.

Una vez necesitaba comer y dejó una campera de cuero en una rotisería. Le pidió al dueño un sándwich de milanesa. Natalia recuerda que el hombre dudó porque su aspecto no coincidía con el de una adolescente que pasaba hambre.

Todavía tenía ropa cara. Podía vestirse con prendas prestadas, ir a la casa de una amiga y salir después a conseguir dinero o drogas. Esa apariencia le abría puertas.

Una vez necesitaba comer y Natalia dejó una campera de cuero en una rotisería

“Yo seguía siendo la chetita - explica Natalia-. Iba a lo de una amiga, le decía ‘prestame ropa’ y después iba a girar”.

El consumo de cocaína empezó a ocupar un lugar central cuando tenía 14 años. Dice que consumir le permitía “no pensar en el dolor, ni en las ausencias”. La ayudaba a no extrañar un hogar.

La necesidad de dinero cambió también la forma de robar. Primero le sacó cosas a su madre. Luego acompañó a otros chicos en robos de estéreos de autos, aprendió a hacer de campana, a mirar si había gente cerca y a reconocer cómo se abría una puerta.

En una ocasión vio una bicicleta encadenada frente a un edificio. Se acercó al encargado y dijo que había perdido la llave. El hombre cortó la cadena y se la entregó. Natalia atribuye esa escena a su aspecto. Vestida como una chica de Recoleta, no despertaba la sospecha que podía provocar una adolescente en situación de calle.

En esos años tuvo una pareja que vendía cocaína. Iba a dormir con frecuencia a su casa, donde vivía también la madre de él y sus hermanos. No era una convivencia formal, pero ese lugar le dio un descanso de la calle.

Más tarde, su padre alquiló un departamento en Palermo para Natalia, su hermano y la hermana mayor. Los tres fueron a vivir allí sin adultos que les explicaran cómo pagar un alquiler, qué obligaciones tenían o qué podía ocurrir si no cumplían con ellas. “Vivíamos por arte de magia”, explica.

Natalia Ragonati se casó a los 24 años

El departamento terminó en un desalojo. Natalia recuerda que cada uno buscó un bolso, una mochila o algo para cargar. No hubo una despedida del lugar. Tampoco una conversación familiar que organizara dónde iba a vivir cada uno.

Esa sucesión de salidas dejó una marca que Natalia reconoce hasta hoy. Dice que no conserva objetos con apego y que le cuesta sentir que una cosa le pertenece de forma definitiva.

Una psicóloga del instituto sigue atendiendo a Natalia

Las detenciones llegaron en medio de los robos y el consumo. Natalia ya había pasado por comisarías después de denuncias de fuga de hogar, pero esta vez quedó en un instituto de menores.

La primera noche permaneció en su cuarto. Al día siguiente, otras chicas la vieron y la amenazaron. Natalia percibió que su aspecto podía convertirla en un blanco. Se veía como una adolescente de Recoleta, vestida de una manera distinta, recién llegada a un lugar en el que había menores acusadas de delitos más graves.

“Dijeron ‘carne fresca, nos la comemos en dos panes a estas dos chetas’”, cuenta. No llegó a haber una pelea física. Natalia se plantó y respondió como había aprendido a hacerlo afuera. “Yo lo que sabía era que siempre hay que plantarse, nunca dar un paso atrás”, explica.

Su padre la sacó pronto del instituto, pero la causa dejó una obligación. Natalia tenía que volver todas las semanas a terapia hasta cumplir los 18 años.

Natalia Ragonati junto a sus cinco hijos

Natalia entraba al instituto para ver a una psicóloga que, con el tiempo, se convertiría en una figura relevante de su vida. Al comienzo, la relación tenía una limitación. La profesional debía informar al juez y Natalia sentía que no podía hablar de todo. “Cuando tocábamos temas familiares estaba bien, la mina me ayudaba, pero después en lo que era mi vida yo no podía hablar de mi vida actual”, cuenta la mujer.

La terapia le permitió poner nombre a cuestiones que antes aparecían como una rutina. El instituto, las fugas, la calle, los robos, la convivencia sin adultos y el consumo habían sido su vida cotidiana. La psicóloga le propuso otra forma de mirar esos hechos.

Natalia no recuerda una frase puntual que le haya cambiado el rumbo. Habla de un proceso. Dice que empezó a tomar decisiones pequeñas, a ordenar partes de su vida y a aceptar el acompañamiento profesional.

“Yo te toco el fondo, me quedo en el fondo un rato- se describe Ragonati-. Pero tengo un instinto de supervivencia que es mío, que no me viene de ningún lado, porque no hay nada al lado”.

Cuando cumplió 18 años, terminó la obligación judicial. Pudo dejar de ir al instituto. Eligió, en cambio, seguir con la misma psicóloga, pero de manera particular. “Empecé a hablar más de verdad de mis cosas”.

Natalia Ragonati cuando era apenas una bebé

El límite de una pareja

Natalia conoció al hombre que después sería el padre de sus cinco hijos cuando estaba terminando el secundario. Él tenía 26 años, estudiaba Derecho y no tenía relación con el mundo de la calle ni con el consumo que ella había atravesado.

Lo que más le llamó la atención no fue solo él. Fue la familia que lo rodeaba. Había hermanos, comidas de domingo y una vida doméstica que Natalia observó como quien mira algo que no había tenido.

Al principio salían sin una definición precisa. Natalia todavía desaparecía algunos fines de semana para consumir. Él le planteó que no podía sostener esa relación si ella seguía yéndose durante días.

“Me dijo ‘no puedo estar con vos, porque vos venís de otro lado y te gusta otro lado y yo quiero algo más normal para mi vida’”, relata.

Natalia le respondió que podía dejar. Él no le creyó del todo. Se casó a los 24 años. Durante 22 años estuvo con el padre de sus hijos, de quien más tarde se separó. Tuvieron cinco chicos, una familia grande como la que Natalia había querido formar desde que conoció aquella mesa de domingo.

Sus hijos tienen hoy 14, 16, 18, 20 y 22 años. Natalia dice que mirar a sus hijas a la edad que ella tenía cuando se escapaba le permite medir de otra manera lo que vivió. “Ahí como que me vienen flashes y digo ‘qué chiquita era’”, afirma.

No tuvo un modelo de maternidad para copiar. Armó uno en sentido contrario a sus padres. Quiso ser una madre que escuchara, que estuviera presente, que diera libertad y que no convirtiera las diferencias cotidianas en amenazas.

La demostración de afecto sigue siendo un trabajo para ella. Natalia se define como una persona arisca, poco demostrativa y con dificultades para mostrarse vulnerable. Dice que pasó muchos años tratando de no dejar entrar nada.

Durante mucho tiempo no les contó su historia completa. Sus hijos no sabían qué había ocurrido con su abuela, ni que Natalia había vivido en la calle, ni que había consumido drogas o estado en un instituto de menores.

Este año comenzó a hablar. Sus hijos ya son adolescentes y adultos jóvenes. Natalia tuvo una conversación con una de sus hijas para explicar de dónde venía y por qué algunas cosas le resultaban difíciles. “No tengo pasado, no tengo historia, no tengo familia”, dice que pensaba durante años, como si no hablar de eso pudiera borrarlo. “No tengo un modelo a seguir, pero estoy acá para aprender con ustedes”.

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