Mientras me sacaba el maquillaje, miraba a mi marido a través del espejo. Se había quitado el saco y estaba sentado en la cama, sacándose los zapatos y las medias. Después, como hacía siempre, empezó a masajearse los pies durante un buen rato.
Hubo un tiempo en que ese gesto me parecía tierno pero esa noche me repugnaba. Mientras me pasaba la crema por lacara, yo no podía esconder las lágrimas. Me preguntaba en qué momento había dejado de soportar tantas cosas. ¿Cuándo había empezado a apartar la mirada? ¿Cuánto tiempo llevaba sin querer ver lo que tenía en frente?
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La respuesta llegó esa misma noche, después de una cena cuando vi a mi marido tocarle la cintura a una de sus “amigas” mientras ella le hablaba al oído. Yo vi la escena completa, pero lo peor fue descubrir que mi verdadera amiga, Viviana, también la había visto. Y que otra mujer, detrás de mí, había dicho:
—Sandra no se entera de nada... Muy conveniente, ¿no?
Viviana se acercó con dos copas.
—Actuá como si supieras todo y cambiá la cara, por favor, que me estás asustando. ¿Te va a dar un infarto?
Yo no entendía nada.
—No puedo ser más imbécil. Y tiene el descaro...
Viviana me miró, incrédula.
—Pero, en serio, Sandra, ¿no lo sabías? ¿Tampoco que su marido, el socio del tuyo, lo dejó esta mañana? ¿No sabés que Pablo se está acostando con su mujer?
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El impacto fue demoledor. Cuando llegamos a casa, lo enfrenté.
—¿Por qué no me contaste nada?
Él siguió masajeándose los pies.
—¿Y qué te tenía que contar?
—Que Esteban se fue de la empresa y que te estás acostando con su mujer.
—¿Y? No es asunto tuyo.
La frase terminó de romper algo que llevaba años roto. Yo ya sabía que me engañaba. Dos años antes lo había descubierto con pruebas, escuchas y fotos. Se las había puesto delante de la cara. Después seguimos juntos mediante un acuerdo tácito: ya no nos deseábamos, ni siquiera nos apreciábamos, pero mantendríamos las formas.
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Esa noche entendí que no podía sostenermás ni las formas.
—Quiero el divorcio.
—Bueno, te lo doy. Pero no tengo un peso. Te vas a quedar sin nada.
No era una amenaza. Durante años había estado licuando el patrimonio para protegerse de las consecuencias de sus propias infidelidades. Ahora podía declararse en quiebra.
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A mis cuarenta y ocho años, con veinticinco de casada, cargaba sobre mis espaldas un matrimonio muerto. No era una pareja en terapia intensiva: era un cadáver frío y hediondo al que nunca terminábamos de darle cristiana sepultura.
Por fin me decidí a hacer lo que debía haber hecho hace muchos años: preparé un bolso; metí un camisón, algunas joyas, dos o tres vestidos, pantalones, un portarretrato con la foto de mis hijos y hasta mi sartén preferida. Recorrí el departamento sabiendo que no podía estar ahí un minuto más.
También pensé en mis cuatro hijos y en los tres embarazos que había interrumpido. Pablo se había desentendido de todos. Los que yo quise afrontar nacieron; los que no quise fueron abortados. Durante años lo culpé por muchas cosas, hasta que tuve que reconocer algo doloroso: yo también había tomado decisiones. Era adulta y no podía alegar que estaba completamente sola.
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¿Por qué había seguido casada? ¿Porque esperaba que cambiara? ¿Porque quería cumplir con el mandato de ser la esposa y la madre perfecta? ¿Porque mis hijos eran todavía chicos?
Estuve años engañándome que eran esas las razones. Después entendí que mi principal problema era otro: tenía una capacidad de negación más grande que una casa. ¿De qué dolorosa verdad me protegía mi negación?
Me fui y jamás volví, ni siquiera a buscar mi cepillo de dientes. Los primeros meses estuve envenenada. Después me fui animando a mirar de frente eso que evité tanto tiempo: mi propia negación. Tuve que aceptar que Pablo, en realidad, siempre había sido el mismo. Las razones por las que una persona se enamora pueden terminar siendo las mismas por las que se divorcia.
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Me enamoró que fuera ambicioso, fuerte, tenaz, audaz. Con el tiempo, esas mismas características se habían convertido, para mí, en rasgos mafiosos.
Pero el problema no era solamentemi matrimonio. Comprendí que cada vez que aparecía una dificultad, yo evitaba mirar hacia ese lado. No quería saber, y mucho menos confirmar. No quería pagar el precio de encontrar la verdad.
Un antiguo proverbio dice que quienes buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla. Pensaba que encontrarla era el castigo. Hoy me pregunto si no fue mucho más doloroso vivir negándola.
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Salir de aquella vida no fue llegara la tierra prometida. Fue entrar en mi propio desierto. Como los israelitas después de salir de Egipto, yo también tuve que atravesar un largo camino antesde entender que la libertad no es un lugar al que se llega de inmediato.
Salí de mi voluntaria esclavitud. Aún tengo dolor, pero también tengo paz. Además, ahora sé algo que durante años no quise saber: la verdad puede romperte la vida, pero vivir huyendo de ella estodavía peor.
Quizás ese haya sido mi verdadero cautiverio. No fue mi marido, ni mi matrimonio, ni el dinero, ni los mandatos. Fue el miedo a mirar.
Hoy elijo ver.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
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