Paula Moguilevsky tacha los días en el calendario. Mientras se consuela con repasar el video de su hija moviéndose en la panza. No en la suya, sino en la de una mujer georgiana de 37 años, madre de hijos más grandes, subrogante hace cinco meses de su deseo. En enero irá a conocerla. Viajará catorce mil kilómetros al este de Argentina. Viajará con Sean, su pareja. Volverán con Olivia, su primera hija: la consumación de lo que anhela desde que maternaba en su infancia a su hermana tres años menor.
Antes de que apareciera la opción de una subrogación de vientre, Paula debió atravesar su propio duelo. Pronto deberá operarse por décima onceava vez en dos años y medio. Le extirparán el útero. Pudo haberlo hecho antes y evitar las diez cirugías previas, pero hubiese traicionado su impulso: ser madre. “A mí que me pase una aplanadora por encima, pero yo voy a ser mamá. No me importaba nada más”, dijo. Lo de aplanadora es una analogía por lo que pasó: un diagnóstico de cáncer, internaciones, tratamientos, procedimientos, el corolario de un proceso médico de vitrificación de ovocitos, un despido de una corporación, una comunidad que la consume en redes de más de un millón de seguidores.
“¿Para qué luché tanto para conservar mi útero? Di todo, tantas cirugías, tanto sufrimiento para conservarlo y no lo voy a usar”, lamentó cuando descubrió que su útero no era seguro para concebir. Fue cuando empezó a valorar la posibilidad de una subrogación. Eligió Georgia, pagó 45 mil dólares, conocieron a Alexandra. Mientras tiene una hija creciendo en otra panza, en otro país, cruza el luto por su propio útero. Todo junto, todo al mismo tiempo. De eso habla Paula.
—¿El sueño de ser mamá estuvo siempre?
—Creo que desde que tengo 3 años más o menos. Ya jugaba con mi hermana, le llevo tres años, ella era mi bebé. Así que siempre quise ser mamá.
—¿Lo imaginaste en familia, con una pareja o en algún momento estuvo la posibilidad de que fuera sola?
—Siempre en familia. Tengo una prima que tuvo sola con inseminación pero yo nunca, siempre dije “para tener hijos quiero a mi familia”. Mis papás se separaron cuando yo tenía 3 años, fue muy difícil, entonces lo que yo quería hacer era “ahora voy a ser mi familia y no me voy a separar”. Y para mí lo peor que me podía llegar a pasar era separarme con hijos. Siempre quise tener hijos, fue el sueño de toda mi vida, pero dije “voy a tener hijos cuando esté con una pareja que yo sienta que no me voy a separar, que va a ser la familia que siempre quise”.
—Hasta ese momento el recorrido en tu vida era…
—En el universo corpo: 20 años en marketing, yo soy licenciada en marketing. Trabajé 20 años en multinacionales. He lanzado productos que deben estar en la casa comiendo en este momento. Y empecé en paralelo con lo de mi cuenta a hacer recetas porque desde muy chiquita cocino.
—¿Y cómo te animaste a abrir tu cuenta y a mostrar este otro perfil que la rompió?
—Siempre cociné con lo que tenía en casa porque mi viejo no iba al supermercado, era como colgado. Y en la casa de mi vieja también es como que se cocinaba con lo que había. Entonces me acostumbré a hacer eso y lo transformé en algo bueno, porque en mi cuenta lo que hago son recetas fáciles con lo que tengas en casa. Te pongo reemplazos. Si no tenés esto podés usar lo otro. Entonces fui haciendo recetas bien fáciles, simples y para resolver la cocina todos los días. Entonces creo que es lo que le gusta a la gente. Y arranqué cocinando medio por necesidad, pero más que nada por gusto y por amor, para mí es amor la cocina.
—Y en un momento decidís congelar óvulos. ¿Cómo fue eso?
—Estaba de novia en ese momento pero recién arrancaba una relación. Me habían ghosteado hacía unos meses. Fue la peor ghosteada del mundo, yo estaba casi de novia, iba a la casa, nos veíamos cuatro, cinco veces por semana. Y un día desaparece del planeta. Yo lo había ido a buscar de un viaje a Ezeiza. Volvimos de buscarlo del viaje, cenamos, todo divino, a la mañana siguiente me ghosteó. Así. Desapareció. Ni siquiera me leyó los mensajes. Fue lo mejor que me pudo pasar ahora viéndolo en retrospectiva.
—¿Volviste a hablar con él alguna vez?
—Nunca jamás volví a hablar. Pero conozco a mi hoy marido, unos meses después.
—¿Cómo se llama?
—Sean se llama, mi marido es yanqui. Es de Estados Unidos. Vive acá, tiene también toda una historia de vida increíble y lo admiro muchísimo. Pero él viene a Argentina para hacerse cargo de su hija. Queda embarazada una chica argentina estando de viaje en España, los dos coinciden en ese viaje, y viene él a Argentina a hacerse cargo de su hija.
—Y vos lo conocés en esa situación, mientras él transitaba o ya había transitado un embarazo.
—Cuando yo lo conozco a Sean, ya habían pasado varios años. Esto fue en 2019. La nena tiene hoy 7 años, es un amor. Yo mucho en mi cuenta no la muestro porque no soy la madre entonces respeto mucho eso, pero forma parte de nuestra familia.
—Sabías que ahí había un papá que se hacía cargo. No es cualquier cosa a la hora de mirar a un hombre, ¿no?
—No, la verdad que no. La verdad que es un acto de amor enorme, dejar todo tu país, dejar todo. Él vivía en Estados Unidos con sus amigos, su trabajo, su familia. Deja todo y viene por la hija. Y acá no había nadie. Entonces cuando había pasado esto y lo del ghosteo, tenía un poco de miedo de volver a confiar. Entonces voy a congelar óvulos. Era algo que yo venía pensando. Cuando una pasa los 35 se vuelve más complicado, entonces aunque estés en pareja muchas veces necesitás recurrir a un tratamiento y es mejor congelar antes. Y decidir vos cuándo. Mamá, que es chapada a la antigua, me decía “pero es complicado, es riesgoso”. Le daba miedo. “Es un procedimiento. Vas, son quince minutos y te vas a tu casa”.
—Contemos para eso qué tuviste que hacer durante el mes.
—Inyecciones, hormonas. Es bastante bravo el tratamiento, en mi caso eso no fue lo peor. Me tocó pasar por un tema que no le pasa a nadie, esa cosita que ves cuando firmás el consentimiento. Y decía el 0,0001% pasa una hemorragia interna. Bueno, me pasó a mí. Entonces el día que yo congelo los óvulos me despierto a los quince minutos, me mandan a mi casa. Me habían dicho “te va a doler mucho, como en tu peor periodo”. Muchas mujeres me imagino que estamos preparadas para el parto, tenemos un umbral de dolor altísimo, entonces yo me estaba bancando unos dolores que en mi vida... Las mujeres tenemos mucho de eso: nos bancamos los dolores, el sufrimiento, poner el cuerpo y todo eso. Entonces yo no le avisé a mi médica en ningún momento que me estaba doliendo mucho. Hasta que empezó a dolerme en el hombro. Tenía un reflejo en el hombro. Mi teoría era que me dolía porque estaba muy contracturada y no me podía incorporar. Hasta que me empecé a desmayar. Ahí le aviso a mi médica: “tengo esto, me duele acá”. Se dio cuenta y me dice “ya mismo ambulancia, andá a una guardia y yo hablo con la gente del Británico”, porque ella trabajaba en ese hospital. Yo estaba débil, no quería movilizarme, ¿entendés? La inconsciencia.
—¿Vos estabas con Sean en ese momento?
—Sola, no. Sean estaba de viaje en Japón.
—¿Pero había sido una decisión de pareja congelar óvulos?
—No, más mía. En la primera cita que tuvimos hablamos que él quería ser padre de vuelta. Se dio así. La primera cita nuestra fue la más larga de la historia, almorzamos, terminamos cenando, todo el día juntos. Después me fui como una lady a mi casa pero todo el día juntos pasamos. Fue muy lindo. Pero no, no, fue una decisión mía que yo quería. Así que lo hice sola. Y de hecho dije “como voy a estar hinchada, molesta, mejor hacerlo cuando él no está en Buenos Aires”.
—¿Y qué hiciste?
—Llamé a la ambulancia, me dijeron que en dos horas estaban. Entonces lo llamé a mi viejo, que encima yo no quería llamarlo porque había tenido un infarto hace poco. Y vino a casa, no sé cómo hizo, vivía en Recoleta, él por Villa Crespo. En quince minutos estaba en mi casa. Me arrastré por el piso, dejé la puerta abierta. Yo me estaba muriendo Tati. Después cuando los médicos me explicaron fui consciente de lo que me estaba pasando porque no entendía nada. Llegué al hospital no sé cómo porque no me acuerdo del trayecto, estaba desmayándome, como desvanecida, me tomaron la presión, tenía 2 de presión, me trataron de estabilizar porque no me podían hacer nada hasta que no me estabilizaran, yo estaba blanca. Me hicieron una ecografía y me dijeron “tenemos que llevarte al quirófano, tenemos que abrir”. Era una pesadilla… No podía creer lo que me estaba pasando. Me llevaron al quirófano, me abrieron, me sacaron dos litros de sangre de adentro. Me hicieron una transfusión de sangre. Y me quedé una semana internada. Esa fue mi experiencia congelando óvulos.
—Está bien que aclares que es una excepción. Pero también hay que saberlo porque siempre que una pone el cuerpo pueden pasar cosas. —Sí, pasaron más cosas.

—¿Cómo siguió la historia?
—Ese mismo año, ya con Sean, fuimos a hacer un tratamiento para ser mamá con esos óvulos que me había costado tanto trabajo sacar.
—Empieza a haber una decisión de pareja. Lo charlan y deciden que el camino inicial es ya con esos óvulos, no intentan otro camino antes.
—Intentamos un poco pero la realidad es que cuando tenés más de 35, estás seis meses sin cuidarte y no pasa nada, entonces probás. No es que buscamos intensamente durante meses y meses. Pero como ya tenía los óvulos congelados, ya tenía 37, dijimos “vamos a consultar y arrancamos el tratamiento”. En realidad no llegamos ni a arrancar el tratamiento. Vos vas a la médica a la consulta y te manda a hacer estudios. En abril fue lo que me pasó a mí, en junio me hice un Papanicolaou de control porque me había pasado todo eso. Empiezo a hacer los controles. Pero nunca lo fui a buscar porque yo pensaba que no me iba a pasar nada, yo soy una persona sana, me alimentaba bien, hacía deporte. Entonces, cuando me dice que necesito uno le digo que me hice uno hace seis meses más o menos. “Sirve, traelo”. Llamo al doctor y me dice “lo tenés que venir a buscar”. Me pareció raro, pero fui. Cuando voy me dice “cuando da mal lo tenés que venir a buscar”. No es que te avisan, tenés que ir.
—¿Y qué te dice el médico?
—Me explica que no había dado bien… “¿cómo, qué no es dar bien? ¿Qué es?”. Yo no sabía ni qué medía el Papanicolaou. A ese nivel. No sabía que era para el cáncer. Me explica, tratando de asimilar la información, que tenía que ir a un especialista en cuello de útero.
—¿Ya en esa consulta usa la palabra cáncer?
—No, dice células precancerosas. Y para mí precancerosa ya me sonaba raro, porque está la palabra cáncer. Me explicó que eran células que podían terminar en cáncer pero que todavía no lo eran, que había que estudiarlas y ver hasta dónde habían llegado. Entonces voy a la especialista en cuello de útero y arrancan un montón de estudios. En una biopsia, sale que efectivamente ya había avanzado más y ahí deciden la cirugía. Lo más cómico es que yo tenía toda esta vida de corpo y al día siguiente de esta consulta me llaman. Me iba muy bien, era responsable de comunicaciones global de una multinacional que está en Estados Unidos. Habían traído todo marketing en la época de la pandemia y cuando terminó la pandemia llevaron lo llevaron de vuelta para allá. Si bien mis evaluaciones eran buenas, me llaman para echarme. Yo ya estaba haciendo mi cuenta en paralelo, venía pensando en irme porque no podía hacer las dos cosas al mismo tiempo. Pero me dice “no te preocupes que vas a tener tu obra social por tres meses más”, y ahí me quiebro. Le digo “pero me acabo de enterar que tengo cáncer”. Y ahí se desconfigura la cara, me agarra la mano.
—¿Te despidieron con un diagnóstico de cáncer?
—Sí. Sí. Ellos no sabían que yo tenía cáncer. Se enteraron ahí porque yo también me enteré en ese momento.
—¿Pero en ese momento no hicieron nada?
—No. Le dije eso y me dijo “bueno”. Había otra chica y me dijo “yo también tuve cáncer, vas a estar bien”. No se le movió un pelo. Ese fue mi paso por corpo y ahí terminó. Y encima era el día que me acuerdo llegué al millón de seguidores. Llegué al millón de seguidores, ahora necesito la noticia buena de que va a estar todo bien y había salido mal. Era como todo junto, pasaban muchas cosas al mismo tiempo.
—Te despiden al día siguiente de que te enterás... La especialista te había dicho “tenés cáncer”.
—Sí. Entonces voy, me hicieron una primera cirugía, me sacaron un pedacito del cuello del útero, se llama cono LEEP. Fuimos a ver el resultado de esa cirugía. Éramos seis en el consultorio. Estaban papá, mamá, la pareja de mi papá, la pareja de mi viejo, mi marido y mi hermana. Todos esos en un consultorio de este tamaño. Así estábamos.
—¿Qué te dijo?
—Que había dado mal. Que no había dado bien. Que había comprometido endo y exocervical. El cuello del útero tiene una parte afuera y una parte adentro. Yo todo esto lo fui aprendiendo porque no sabía. Para mí el cuello del útero era la continuación entre útero y vagina. Daba todo mal, Tati. Estaba adentro, afuera, por todos lados. Tuvimos que enfrentar que iba a tener que hacer otra cirugía que se llamaba traquelectomía, donde se iba a decidir si me sacaban el útero o no. Pero no solamente eso sino que ahí sí empezábamos a hablar de las palabras difíciles que uno no piensa que va a escuchar. Ahí me enteré que tenía que ir a oncólogos. Empecé a entender o a aprender qué era un PET, qué era una resonancia, qué era una metástasis, porque no sabíamos dónde estaba el cáncer. Mis papás estaban muy asustados. Nunca pensé que me iba a morir. Siempre pensaba que iba a estar todo bien, no sé cómo. Pero mis papás sí pensaban que me iba a morir. No es que pensaban que me iba a morir, tenían miedo de que me muriera.
—¿Dudaban si lo que estaba pasando en el útero podía ser una metástasis de otro lado del cuerpo?
—Claro, cuando vos tenés un cáncer, te sacan un pedazo, lo biopsian y se ve que si el cáncer sobrepasó esa pared de ese órgano puede estar en los ganglios. Puede pasar a ganglios y puede pasar a otros órganos. Cuando lo identifican que ya avanzó no se sabe dónde está, puede estar en cualquier lado.
—Pero siempre tuvieron claro que el cáncer de origen era el del útero.
—Sí, correcto. Que había empezado ahí. Ahí estaba el carcinoma digamos.
—En paralelo estaba tu sueño de la maternidad…
—Quedó relegado. Cuando nos enteramos de eso, hubo que suspender todo y empezar a ocuparnos del cáncer, de la palabra cáncer.
—¿Te dolió dejar esto en pausa?
—Sabía que iba a volver. Sabía que lo iba a lograr de cualquier manera. Nunca pensé que no.
—Entendiste las prioridades.
—Sí, entendí las prioridades. Y yo no soy creyente pero en ese momento me volví creyente. Empecé a rezar, a dibujar, proyectar, a meditar. Hice todo lo que estuvo a mi alcance para avanzar con ese proceso. A mí me estaban diciendo por ahí te despertás de esa cirugía y no tenés más útero, porque tenemos que ver ahí si está invadido por el cáncer o no, si los ganglios están o no. Voy ese día a la cirugía, me abrazo el útero y digo “por favor, cuando me despierte que estés ahí”. Entonces, cuando me despiertan de esa cirugía me dijeron que había salido bien, que me habían dejado el útero. Lloré de felicidad. Y en paralelo ahí arranca el tema de esperar los controles porque tienen que dar bien, pero después de más de un año, empezar a hablar de volver al tratamiento. Lo que pasa es que en el medio tuve cositas que fueron pasando.
—Era una suma de cosas, una detrás de otra que decís “¿cuándo vuelvo a ser yo, cuándo vuelvo a mi vida?”
—Y cuándo puedo vivir tranquila. Porque yo no podía vivir tranquila. No era solamente el cáncer sino también que no se cierra. La función de que no se cierre y que no esté invadido por un cáncer. Entonces me pasaron las dos cosas: se bloqueaba y me pasaron que, tanto en 2025 como ahora, controles que me vinieron mal con un carcinoma, un PAP que daba carcinoma. Otra vez, de vuelta. Después de la traquelectomía. “Ya me sacaste todo, qué más hay ahí”. Y entonces es volver todo el tiempo a estar con miedo, a sufrir.
—Vos no querías que te saquen el útero por el deseo de maternidad.
—Sí, yo quería ser madre, no me importaba nada. A mí que me pase una aplanadora por encima, voy a ser mamá. No me importaba. Obviamente que hay límites. Si uno me dice mirá, necesitas quimioterapia, y, yo creo que lo hubiera hecho. Por suerte, a mí siempre me operaron. Tuve una cirugía cada tres meses en los últimos dos años y medio.
—¿Cuántas cirugías fueron en total?
—Y en total en dos años y medio, ahora voy por la número once, porque no me quiero adelantar a lo que va a pasar ahora pero me tienen que sacar el útero porque de vuelta el control dio mal. Son varios que vienen mal y ya hablamos con el médico.
—¿Cuáles son los controles?
—Los controles que tenés que hacerte para el cáncer son resonancias, ahí sale si es algo más grave, porque en una resonancia se ve una metástasis, no se ve una cosa que está ahí in situ muy chiquito. Entonces lo que te hacen es un Papanicolaou, un test de HPV, que es lo que yo tuve. De hecho no lo hablamos pero es muy importante hacerse los controles del Papanicolaou porque te previene el HPV. Hoy hay una vacuna, se puede agarrar temprano y no resultar en ningún tipo de nada, ni de cirugía siquiera. Pero bueno, es eso cómo se previene, te controlás. En mi caso, los controles del cáncer es eso: un Papanicolaou. Tuve dos que salieron bien y todo el resto mal. No paraban de aparecer cosas. Era una locura.

—Diez operaciones en dos años y medio. Siempre pensando que es la última.
—Siempre, sí. “Esta es la última, vamos que es la última”. Ya conozco a los camilleros. “Hola, qué tal. ¿Otra vez vos?”. Voy al consultorio del médico y me dicen “yo estuve en tu cirugía”.“¿En cuál de todas?“. Como mi caso es raro... Entonces vienen todos los médicos, es como un auditorio, cuando me meten me ven de a cinco siempre.
—En algún momento deciden implantar, avanzar con el tratamiento. ¿Lo habías validado con el ginecólogo oncólogo?
—En realidad yo seguí como un paralelo. La clínica de fertilidad no tiene nada que ver con tu oncólogo. Entonces cuando yo tuve el ok de la cirugía, fue antes de que me diera mal el control. Entre la traquelectomía de 2024 hasta el control de 2025, un año. Y en ese año intenté hacerme esa transferencia con esos óvulos que yo había congelado. Hicimos embriones con mi marido y uno de esos embriones me logro transferir. Lloré cuando me estaban por transferir. Después cuando me transfirieron, no me movía. Las betas son diez días. Así estaba, como una lisiada. Diez días así. No me podía ni agachar. Hasta que me hago el test, da positivo. Digo “¿para qué me das positivo? Dame negativo de una”. Creo que me dio 13. Nada. Muy bajito.
—Hay que chequearlo de vuelta a los dos días y ver si duplicó.
—Exacto. Me llama mi doctora del Británico por teléfono. Me explica que no era un embarazo y que me quedara tranquila, que iba a tener pérdidas…
—Vos podías hacerte tratamiento de fertilidad mientras estabas también cursando un cáncer. ¿Tenías el ok del oncólogo o te habías mandado?
—No, lo que pasa es que cuando a vos te operan y te sacan todo, que fue mi caso, después te hacés controles y la resonancia daba bien. Tenía el visto bueno de poder intentarlo, pero después en junio de 2025 a mí me da de vuelta mal. No podemos intentar más, hay que buscar otra solución. Entonces ahí empezamos a dar vueltas y empieza la palabra subrogación. “¿Para qué luché tanto para conservar mi útero? Di todo, di tantas cirugías, tanto sufrimiento para conservarlo y no lo voy a usar”. Y cuando me di cuenta de que mi útero no era seguro para mi futuro hijo, dije “ok”. No fue por mí, la decisión que tomé fue por la seguridad del embrión, de poder tener un bebé y darle el mejor lugar hogar para desarrollarse.
—Cuando decidís hacer el tratamiento, la implantación, ¿buscaron inseminar todos los óvulos?
—Sí, inseminás todos. ¿Por qué? Porque para tener un bebé se supone que tenés tres, cuatro. No es que con uno ya está. Antes pensaba: tengo doce, me sirve para unos cuantos, descongelemos de a tres. No, necesitás todos. Cuando los descongelan, la mitad no sobrevive. Cuando uno congela embriones, el 95% sobrevive, casi todos. Y cuando descongelás óvulos no. Me quedé con seis y de esos seis, fecundaron cuatro, y de esos cuatro se pudo congelar tres. Entonces a mí me transfieren uno y me quedaron dos. Entonces hay un país muy chiquitito que se llama Georgia que junto con Ucrania son los dos más avalados, donde vienen hace años y años y años haciendo subrogación. Hay una estructura desarrollada para eso donde es algo que se hace muy común. Donde están cuidadas. Donde piden lo que quieren. Es raro porque uno no lo puede ver acá porque es otra cultura, pero allá es como una profesión más ¿entendés? No tengo palabras para agradecer a esa mujer que está prestando su cuerpo para hacer eso. Es lo más admirable del mundo. Pero son por ahí mujeres que han pasado embarazos que fueron lindos para ellas, con sus propios hijos, y quieren hacer algo que no solamente le cambia la vida a alguien, porque te cambia la vida y es un sueño que estás cumpliendo en una mujer que pasó por tanto, tanto dolor, que además te ayuda económicamente para por ahí pagarle una universidad a tu hijo, no sé, lo que ella quiera.
—¿Cómo viene todo?
—Ay, voy a llorar. Viene muy bien. Viene muy bien. Yo tengo que dejar ir mi útero porque volvió a dar mal el control. Pero el mismo día que me enteré que tengo que dejarlo ir me llega un video de la subrogante que me lo manda de la panza moviéndose. Al mismo tiempo que estaba viendo el útero, estaba viendo la panza de la subrogante con ese movimiento donde está mi hija, que se va a llamar Olivia, estamos de cinco meses de embarazo ya... Uno está haciendo todo un proceso interno de dejar ir tu útero pero ves cómo tu hija está desarrollándose en otro.

—¿Qué te pasó a vos cuando te enteraste de que ibas a ser mamá?
—No podía creerlo. No lo podía creer. Me acuerdo de los mails en georgiano, que es un idioma hermoso. La coordinadora era el inglés pero la subrogante no. Mi marido se levanta al alba, es como un gallo, a las seis de la mañana está arriba. Yo no. Entonces yo sabía que él se iba a enterar primero. Me despierto y viene así a la cama, cuando lo veo con los brazos abiertos no sabés lo que fue… yo estuve muy tranquila todo el proceso, porque la beta espera, esos diez días, uno lo hace en este caso a 11.000 kilómetros de distancia sin ningún tipo de síntoma. Es como una ansiedad. Pero yo estaba tranquilísima. Estaba con una paz impresionante. La noche anterior estaba como una loca. No me hables, no puedo más. Estallaba. Y a la mañana él viene: nunca me voy a olvidar de ese abrazo que nos dimos, yo no podía creer.
—No hizo falta que diga nada.
—No hizo falta que diga nada. No podía creerlo. Acto seguido entré a ver el mail y lloré, fue hermoso. Uno de los días más felices de mi vida fue cuando les conté a mis papás la llegada de Olivia. Yo me hice un Evatest de cartón, porque nunca voy a tener un Evatest. Lo dibujé con las rayitas. Hice una carta como que mi hija les estaba escribiendo donde les explicaba que era muy chiquita, que todavía no me podían ver, pero que si todo salía bien en febrero, van a ser abuelos. Y que se llama Olivia. Porque cuando vos los testeás sabés el sexo. Mi viejo aparte estaba pasando por una quimio, no sabés lo que fue eso. Y hoy que es lo que lo sostiene también el tratamiento que está haciendo. Así que es toda una emoción tan grande que no puedo explicarlo.
—¿Hubo un duelo en esa decisión de ir por la subrogación?
—Sí, tuvo que haber un duelo. Yo le digo que son como escalones. Primero vas como “ok, no puedo tener un hijo naturalmente, voy a hacer un tratamiento”. Después el tratamiento no funciona. Tengo que probar otro y otro, y otro. Y pasan años, y hay que esperar. Después tengo un problema. Si tengo un embarazo será de alto riesgo. No me importaba.
—¿Tus papás dejaron de tener miedo a la muerte?
—Creo que no.
—Porque en paralelo había una enfermedad que no termina de irse.
—No, no dejaron de tener miedo. De hecho me decían “¿por qué no te sacás el útero, por favor? Basta con esto”. Y yo decía “pero no es como ir a la verdulería, sacame dos kilos de papa y sacame el útero”. Yo defendía que no, “pero no hay un carcinoma de vuelta”, decía yo. Pero el médico me sentó y me dijo “mirá, ya estás subrogando, saquemos el útero”.
—¿En algún momento de este tiempo los médicos habían considerado que era mejor sacar el útero y vos lo pospusiste por la maternidad?
—Sí, es la indicación. Cuando vos tenés cáncer de cuello de útero la indicación es sacar el útero y el cuello del útero que están muy conectados y las células quedan dando vueltas. Con que quede una micropartícula de cuello del útero ya puede estar una célula ahí. No es que cuando me saquen el útero se termina todo… Ojalá fuera así. Yo me voy a tener que seguir controlando. Y en todo caso si llegan a haber más células tengo que hacer quimioterapia y rayos. Bueno, esperemos que no.
—¿Pero desde el momento uno hubiera sido conveniente sacarlo?
—Sí, me hubiera ahorrado las diez cirugías. Hubiera tenido una y se terminaba ahí.

—En ese momento decidís empezar a averiguar por la subrogación.
—Sí, empiezo a averiguar. Acá no se puede: no es ilegal pero tampoco es legal. No hay un marco. Y entiendo a las mujeres que lo ven mal. Entiendo quizás su mirada. También depende del caso, ¿no? No es lo mismo una persona que pasó por todas y que tiene un cáncer… Acá no hay un marco legal y no solamente eso sino que no hay culturalmente un sistema donde la mujer esté bien, donde pueda elegir. Quizás acá lo hacen por una cuestión de necesidad o no, pero puede pasar que una mujer lo quiera hacer porque realmente quiere y le viene bien lo económico, pero también puede pasar que lo hagan por necesidad. Es una línea muy delgada que es difícil. Para respetar eso la realidad es que lo mejor para mí fue hacerlo afuera donde sabemos que está ya todo estipulado y todo regularizado.
—Lo que pasa es que en este gris legal se instalaron agencias que lo hacen mucho con extranjeros y con mujeres que están en una extrema vulnerabilidad. Entonces ahí aparece toda una enorme contradicción que deja desprotegidas a todas las partes.
—Sí, tal cual. Tal cual.
—Hay países en donde está legalizado y hay leyes que lo permiten de distintas formas. ¿Se deciden rápido por Georgia?
—Nos decidimos rápido porque eran muy pocas las opciones. Y lo vimos como un lugar más seguro, donde está toda esta estructura ya armada para cuidar a la subrogante, para cuidar a los padres también. Que esté todo dado con un contrato. Es un país aparte hermoso. Es muy chiquitito, con mucha historia.
—La idea era hacerlo con los embriones que tenían ustedes. ¿Y viajaron en algún momento?
—No. Es re loco porque también lloré cuando vi esa foto. Mandás en un tanque de nitrógeno, viene una persona de una agencia que se encarga de eso y viajan con un tanque de nitrógeno en el avión, porque lo tienen que llevar cuidado de que no se golpee. Y cuando mandaron la foto del señor con el tanque de nitrógeno en la clínica lloraba y lloraba. Me acuerdo que estaba manejando y mi marido me decía “¿qué pasa? Tenés que estar contenta”.
—¿Era importante para vos que fueran óvulos tuyos?
—Sí. Como ya había renunciado a tantas cosas de no tenerlo en mi panza, por lo menos quería que sean hijos biológicos míos. Hay un montón de madres que tienen hijos de ovodonación y son iguales a las madres, más allá de que sean iguales porque no importa cómo son físicamente, no te hace menos madre tener un óvulo donado, para nada. Y lo sé. Y adopción, lo mismo, porque hemos evaluado lo de la adopción. Pero era lo que me quedaba a mí…
—Era un nuevo duelo.
—Sí, era un nuevo duelo que no estaba todavía preparada para…
—¿Con cuántos embriones viajaron?
—Hicimos nuevos y lo loco fue que en el ciclo, me hice la cirugía. En junio me dicen que tengo cáncer de vuelta. La quimio, todo eso no hice nada. Cirugía. Espero unos meses, noviembre del año pasado hago el ciclo. Entonces ahí sacan diecisiete ovocitos a los 40 años. De esos, hacemos catorce embriones. Y de esos catorce, dos llegaron a fecundarse. Una locura. Lo normal es que a los 40 tengas uno con suerte.
—¿Ustedes económicamente podían enfrentar esto?
—Con ahorros y con ayuda pudimos. No es el costo de Estados Unidos que es cuatro veces más, literal. A nosotros nos salió 45 mil dólares, con los dos intentos. 60 sale el que es garantido, con todos los intentos ilimitados que después pasas a ovodonación. Está buenísimo para padres que por ahí les queda un embrión solo y no pueden hacer más, si no tuviera reserva ovárica, obvio que voy por eso, no es un tema lo de la ovodonación. Tendría que hacerme otro duelo más pero lo hubiera hecho. Como sí tengo, fue otro tratamiento. Los embriones los mandamos en enero de este año, y tuvimos que esperar otra subrogante, tuvimos que esperar varios meses y en mayo nos presentaron a la subrogante: tuvimos una call con ella porque la conocés vía videollamada con una persona que te traduce porque no habla una palabra en inglés. Ellos se aseguran que estén bien, que estén sanas, que hagan realmente el proceso. Entonces cuando está todo bien te la presentan. Está lista para transferir. “¿Estás ok? Le transferimos tus embriones. Si no la pasamos a otra pareja”. Hay mucha gente esperando. La conocimos, dimos el ok. A mí me daba un poco de miedo porque ella es más grande, ahora cumplió 37. Y terminó funcionando, no lo podía creer.
—¿Qué requisitos hay para las gestantes allá?
—Tienen que tener hijos previos. Embarazos sanos. Tienen que estar sanas físicamente. Obviamente no pueden tomar. No se pueden drogar. Tienen que tener un buen ingreso para comprobar que están en una situación que no es de vulnerabilidad.
—¿Ellas viven en su casa mientras tanto?
—Sí, tienen sus casas. Después, a los últimos tres meses se les paga una renta para que estén bien cerca del hospital como para que estén más cómodas.
—¿Sabés cuánto reciben ellas?
—Ellas cobran por mes un monto que son 500 dólares y después al final se les paga. Todo ese dinero que va para la agencia, esos 45 mil: 15 mil son para la agencia y 30 mil para la subrogante. Cosa que me parece súper bien porque acá no es así. En la mayoría de los casos las agencias se quedan con casi todo y a la subrogante por ahí le dan menos.
—Respecto de la parte legal, ¿hay asesoramiento?
—Sí. La agencia te ayuda con eso pero la ley dice que cuando nace el bebé es hijo de los padres biológicos, de los que proveyeron el material biológico. Y hay un contrato que no hay que hacer una adopción como acá, acá cuando nace el hijo es de la que lo pare.
—Sí, eso tiene que ver con la caída de la cautelar que existía en Buenos Aires.
—Sí, exacto. En 2024, sí.
—En algunos países está el requerimiento de que existan problemas de fertilidad para poder hacerlo. ¿Georgia tiene ese requisito?
—Sí, yo tuve que mandar todo mi diagnóstico de cáncer de cuello de útero, de hecho ni siquiera voy a tener útero. En Estados Unidos no es así. En Georgia, y creo que en Ucrania también, tenés que demostrar un problema por el cual no podés gestar.

—¿Cómo van siguiendo el embarazo ustedes?
—Me aguanto para no escribir mucho a la subrogante. Uso ChatGPT y el traductor al mismo tiempo porque pongo en ChatGPT lo que quiero decir y lo traduzco al traductor, porque como es un idioma que no puedo ni siquiera leerlo y no hablo nada, entonces lo traduzco porque muchas veces las palabras son tan difíciles que lo traduzco dos veces. Entonces de esa forma con un WhatsApp, armamos un grupo a partir de los tres meses de embarazo, y ahí hablamos con la subrogante.
—¿Quiénes están en ese grupo?
—Está mi marido, la subrogante, la coordinadora y yo.
—Qué bueno que puedan tener contacto con la subrogante.
—Sí. Y ella es un amor. Me acuerdo un día le digo “perdoname si te molesto, que te mando mensajes”. Me dice “no, me encanta que me mandes mensajes”. Es un amor. Me cuenta de sus hijos, que tiene un lorito. Y ella sola me mandó el otro día este video del útero y yo me quedé… Digo ay, me acabo de enterar que me van a sacar del útero y mirá lo que estoy mirando. Era como una locura todo pero una felicidad.
—¿Ella también tiene que aceptar ser gestante para ustedes? ¿Tiene que haber un match ahí?
—Sí, sí. Ella nos conoció en la misma call que tuvimos. Ella tiene que decir que sí. Entiendo que le preguntaron primero a ella. “Alexandra dice que sí, ¿ustedes están de acuerdo?”.
—¿Y Alexandra qué es para vos?
—Ay, es un ángel. Es la persona que me cambió la vida. Nunca me voy a olvidar de ella. Y mi hija va a saber cómo vino al mundo. Seguramente la conozca en algún momento, quizás tengamos la fortuna de ir a visitarla algún día y poder abrazarnos todos. No puedo esperar a abrazarla porque está con la panza con mi bebé. Y ese abrazo cuando la vea, ese abrazo va a ser un abrazo que no voy a olvidar nunca en mi vida.
—¿Cuándo viajan ustedes para allá?
—En enero, falta muy poquito.
—¿Compraste cosas?
—Sí, yo compré (risas), no me importa nada. Lo hablaba con otra amiga que ella está haciendo un tratamiento de fertilidad y por fin quedó embarazada. Me decía “ahora me animo por fin a comprar algo porque pasé las quince semanas”. Recién se anima a comprar cosas. Y yo le digo “comprá porque mamá vas a ser igual, si pasa algo vas a intentarlo de vuelta y te quedan las cosas”.
—¿Nace por cesárea?
—Lo que ella quiera. Lo que los médicos digan que es mejor. Yo no tengo problema con nada. Si ella no quisiera hablar con nosotros, me la tendría que aguantar. Es decisión toda de la subrogante. Siempre se respeta lo que ella quiera.
—¿El bebé inmediatamente se va con ustedes?
—Sí. En el parto yo voy a estar y la voy a agarrar. No sé cómo es eso porque yo quiero que sea lo mejor para la bebé. No me importan mis preferencias. Así que si es mejor para la bebé que como estuvo en la panza de ella la pongan en el pecho, que de hecho tenía esa duda yo porque cuando a vos te sacan el bebé te lo ponen en el pecho en la misma temperatura de la madre. Esa piel con piel. Entonces yo pensaba ¿está bien que la ponga en mi pecho? Es una duda que tengo que la vamos a resolver. Pero va a ser lo mejor para la bebé.
—La prioridad es Olivia.
—La prioridad, yo paso totalmente a segundo plano, no me importa nada, que hagan lo que tengan que hacer.
—Y después se va con ustedes directamente.
—Sí, va a ser la pasajera más joven de la historia.
—¿Después del parto tienen algún contacto con Alexandra o se termina? ¿Cómo es?
—Creo que vamos a tener contacto siempre. Es una persona que a mí me cambió la vida y le voy a estar eternamente agradecida. Es un ángel para mí. Entonces mi hija va a saber cómo vino el mundo y yo voy a mantener el contacto. O sea, yo creo que ella va a querer. Por supuesto le voy a preguntar qué es lo que ella quiere cuando la vea. No sé cómo va a ser con el Google Traductor, no sé cómo vamos a hacer (risas). Me voy a hacer entender. No importa.
—¿Qué te dice ella respecto de cómo se viene sintiendo con todo este proceso?
—Primero tenía un poquito de náuseas. Yo quería que me cuente más síntomas porque quería sentirlos a través de ella. Entonces le decía contame qué síntomas tenés. Parecía re obsesiva. “No, tengo un poco de náuseas”. Allá hacía calor hasta hace poco. Ahora ya no tiene más náuseas. “¿Se mueve ya el bebé?”, le decía yo. “Todavía no siento nada”. Después a las dos semanas, “¿se mueve el bebé? ¿Ya se mueve?”. “Sí, ahora sí se mueve, te voy a filmar un video”. Yo me quedé en shock.
—¿Hoy con qué conectas más, con la enfermedad o con esa beba que está por venir?
—Conecto más con la beba creo yo. Entiendo que voy a estar bien, le pongo mucha garra, soy fuerte, estoy sana o el resto de mi cuerpo está sano. Así que me voy a bancar la cirugía justamente para estar bien para ella. Quiero hacerla ahora. Es algo que me veía venir. Porque muchos controles me salieron mal. Entonces yo quiero estar diez puntos.
—Se viene la operación número once…
—No es nada. No va a pasar nada. Se viene Oli.
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