Cada octubre, el lazo rosa vuelve a vitrinas, oficinas y redes sociales para recordarnos que el 19 de octubre es el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama y que la detección oportuna salva vidas. Pero quiero plantear una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿qué estamos haciendo, día a día, para reducir el riesgo antes de que la enfermedad aparezca?
Las cifras obligan a mirar el tema de frente. El cáncer de mama es el más frecuente entre las mujeres en prácticamente todo el mundo, y se calcula que al menos una de cada nueve lo desarrollará en algún momento de su vida. En el Perú es la neoplasia maligna más común en mujeres. Cada año se diagnostican alrededor de 7 800 casos nuevos y se registran cerca de 1 950 muertes. Dicho de otro modo, cada día 21 peruanas reciben este diagnóstico y 5 fallecen por esta causa.
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Algunos factores no se pueden cambiar: ser mujer, la edad (el riesgo crece de manera importante a partir de los 40), los antecedentes familiares o ciertas mutaciones genéticas. Tenerlos no significa que una persona desarrollará cáncer, pero sí que necesita un control más cercano. La buena noticia está en el otro grupo, el de los factores modificables. Son hábitos y condiciones que sí dependen de nosotros, y controlarlos podría reducir el riesgo hasta en la mitad. Buena parte de ellos pasa por la alimentación.
¿Por qué importa tanto el peso? El exceso de grasa corporal no es un tema estético. El tejido graso estimula la producción de hormonas sexuales y de otras sustancias potencialmente cancerígenas, un efecto que se intensifica después de la menopausia. Además, cuando la enfermedad aparece en personas con obesidad, los tumores suelen ser más grandes, más agresivos y con mayor capacidad de propagarse.
¿Y qué hay en nuestro plato? Aquí los ultraprocesados merecen especial atención. Galletas, snacks, embutidos, bebidas azucaradas y comidas listas concentran más sodio, azúcar y grasa, y favorecen el aumento de peso. Se ha observado que un incremento de 10% en su consumo se asocia con un aumento de 11% en el riesgo de cáncer de mama. En cambio, una dieta equilibrada, rica en frutas, verduras, carnes magras e integrales, ha demostrado reducirlo de forma significativa. Moderar el alcohol y dejar el tabaco también ayuda a reducir el riesgo.
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Un nutriente merece mención aparte: la vitamina D. Entre las vitaminas estudiadas, es la única que ha mostrado un efecto protector. Los niveles adecuados en sangre se asocian con menor riesgo, antes y después de la menopausia, e incluso con menor mortalidad. Vale la pena consultar con el médico cómo están los nuestros.
¿Basta con comer bien? No del todo. La nutrición funciona mejor acompañada de movimiento. La actividad física regular reduce significativamente el riesgo, incluso en mujeres con historia familiar. El músculo, además, cumple un papel que solemos ignorar. Produce unas sustancias llamadas mioquinas, que ayudan a evitar la acumulación de grasa y bloquean parte de sus efectos negativos. Ganar y conservar masa muscular también es prevenir.
Nada de esto reemplaza la mamografía ni el autoexamen, sino que los complementa. La prevención no es una sola acción: es la suma de muchas decisiones cotidianas.
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Por eso, este Octubre Rosa, además de lucir el lazo, preguntémonos qué vamos a cambiar mañana en el desayuno, en la lonchera o en la cena. Podemos elegir una fruta en lugar de un paquete de galletas, caminar en vez de tomar un taxi o agendar ese chequeo que venimos postergando. Son gestos pequeños, pero sostenidos en el tiempo pueden hacer una enorme diferencia. Cuidarnos no es un sacrificio. Es la mejor inversión que podemos hacer en nuestra propia vida.
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