En los últimos años, Facebook, X (antes Twitter), Instagram, Tik Tok, YouTube, por citar algunas de las más populares plataformas de comunicación, se han convertido en parte importante de nuestro quehacer cotidiano. Su influencia ha revolucionado prácticamente todas las esferas de nuestra vida desde la forma en que compartimos la información hasta la manera que interactuamos con otras personas. Son tan diversas y diferenciadas que en la práctica es posible encontrar una que se ajuste a los gustos y necesidades de cada persona en el mundo. Sus seguidores se cuentan por miles y forman comunicades y redes (de allí el nombre de redes sociales) de intercambios extremadamente activas.
La masificación y el alcance de las comunicaciones es, sin lugar a duda, el mayor impacto positivo que las Redes Sociales le han proporcionado a la humanidad en el presente siglo. Gracias a ellas, en la actualidad, no existe barrera alguna para dar o recibir información en tiempo real desde cualquier parte del planeta. Lamentablemente, esa misma ventaja se ha convertido en uno de sus principales inconvenientes. En ellas, una noticia falsa puede diseminarse (viralizarse) a una velocidad tan grande que es capaz de generar serios problemas de desinformación entre sus seguidores y en la sociedad en general.
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La nutrición es, de lejos, unos de los temas más populares en las redes sociales. Diversas estadísticas han mostrado que algunas de las palabras más frecuentemente utilizadas para buscar información incluyen: proteínas, grasas, carbohidratos, vitaminas, minerales, comida, dieta, ejercicio, salud, bienestar, entre otras. De hecho, es posible que usted haya llegado a este artículo por que su red social ha generado un perfil en función de sus necesidades y le muestra este contenido en respuesta a sus elecciones previas.
Esta facilidad para buscar y encontrar información en tiempo real ha hecho que muchas personas (incluidas celebridades, “influencers” y expertos autoproclamados) crean que poseen el conocimiento y la experiencia necesarios para emitir opiniones y consejos relacionados con la nutrición. El peor de los escenarios surge cuando, además, alguno de ellos cree haberse beneficiado de una práctica nutricional en particular y busca generalizar su experiencia como “una terapia científicamente reconocida”. Por ejemplo: recomendar beber agua con limón en ayunas para bajar de peso; esto es total y categóricamente falso.
La velocidad con la que información de este tipo puede llegar a difundirse en la Redes Sociales es lo suficientemente poderosa como para generar una percepción generalizada y errónea en medio de la población.
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Dejando de lado a celebridades e influencers, el nivel más peligrosamente negativo de desinformación proviene de los autoproclamados expertos, personas que pueden tener nociones básicas de salud y cuestionan abiertamente la ciencia y la calidad de la evidencia disponible, estos son los peores. El común de las personas percibe a una celebridad o un influencer como alguien que carece de los estudios necesarios para establecer tratamientos o recomendaciones y comprende que sus comentarios podrían no ser confiables; sin embargo, la percepción drásticamente cambia cuando quién dirige el mensaje se presenta como un académico, un investigador o un experto en una materia en particular.
Según diferentes estudios, en general, los suplementos alimenticios (proteínas, vitaminas, minerales) y herbales (diferentes plantas con usos nutricionales y medicinales) son los que se promocionan a menudo con promesas exageradas o no verificadas, influyendo en las decisiones de los consumidores de manera significativa. A esto debemos agregar, narrativas falsas asociadas con el consumo de alimentos genéticamente modificados y dietas inmunoestimulantes.
En nutrición, y especialmente frente a una enfermedad como el cáncer, una recomendación sin sustento puede generar falsas expectativas e incluso afectar decisiones importantes para el tratamiento y el bienestar del paciente. Las redes sociales no son, por sí mismas, el problema: el verdadero desafío está en aprender a mirar con criterio lo que consumimos y compartimos. Preguntarnos quién brinda el consejo, qué evidencia lo respalda y si existen intereses detrás de él puede marcar una diferencia. Cuando se trata de salud, contrastar la información y recurrir a profesionales calificados sigue siendo la forma más responsable de tomar decisiones.
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