Hace tres semanas Lula estaba muerto. El 4 de octubre se quedaron en casa 33,4 millones de brasileños, el 21% del padrón, la abstención más alta desde 1998 en un país donde el voto es obligatorio. Con ese silencio a favor, Flávio Bolsonaro le sacó más de dos millones de votos de ventaja.
Y la historia jugaba en contra, porque desde 1989 nadie había ganado un balotaje después de salir segundo y en seis de las siete segundas vueltas el ausentismo había crecido. Este domingo, con el 51,8%, un hombre de 80 años rompió las dos reglas y conquistó un cuarto mandato que ningún jefe de Estado brasileño había logrado.
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La clave está en ese número. El líder del PT no salió a convencer bolsonaristas. Fue a buscar a los que habían preferido el sillón.
La lectura fácil es el tablero. Washington contra Brasilia, Trump contra Lula, la derecha continental contra el último bastión progresista. Es cómoda y es falsa. Brasil no votó geopolítica. Votó tiempo.
A los ausentes les ofreció lo único que les falta. Diez días antes del balotaje, el Congreso aprobó la semana de cinco días y 40 horas sin baja salarial. Para millones de brasileños la “escala 6x1” es la vida entera, seis jornadas de colectivo de madrugada y un único día libre para todo, para el médico, para los chicos, para dormir. En la recta final agregó la promesa de transporte gratis los fines de semana. Flávio terminó apoyando la ley, pero llegó tarde a una conversación que no era la suya.
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Chaplin ya lo había filmado en Tiempos modernos. El obrero no se rebela contra una ideología, se rebela contra el reloj. El viejo tornero, que perdió un dedo en una prensa mucho antes de llegar al Planalto, lo entendió mejor que nadie.
¿Perdió Washington? Menos de lo que se dice. Trump fue prudente en el balotaje, no respaldó a nadie y se limitó a observar. Intuyó que cada gesto externo terminaba engordando el caudal del oficialismo.
Hay además un malentendido que conviene despejar. Lula nunca fue antiyanqui. En 2007 fue el primer mandatario latinoamericano que George W. Bush recibió en Camp David, pocas semanas después de que ambos firmaran en San Pablo un memorando para impulsar el etanol en el mundo. En 2009, en la cumbre del G20 en Londres, Barack Obama lo señaló ante las cámaras y lo presentó como el político más popular de la Tierra. Con Joe Biden lanzó en 2023 una asociación por los derechos de los trabajadores. Y con Trump, después del golpe de los aranceles del 50%, se cruzó en un pasillo de la ONU, ambos hablaron de “química” y en noviembre de 2025 la Casa Blanca levantó el recargo del 40% sobre la carne, el café, el cacao y las frutas brasileñas.
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No es un ideólogo. Es un pragmático que hace política. Lo probó puertas adentro en esta misma campaña, cuando resignó candidaturas propias del PT para subirse al palco de aliados del PSD y del MDB, como Eduardo Paes en Río o Renan Filho en Alagoas. Ya lo había demostrado al llevar como vice a Geraldo Alckmin, su rival en el balotaje de 2006. Con Washington hará lo mismo. Negociará los acuerdos que le convengan.
Y tiene con qué. Brasil guarda cerca de 21 millones de toneladas de tierras raras, la segunda reserva mundial después de China, y Estados Unidos necesita diversificar su abastecimiento. Lula encara su último turno con un Congreso más conservador que lo obliga a moderarse. No tiene que hacer campaña, tiene que dejar legado. Las potencias no eligen socios por afinidad sino por previsibilidad.
Tampoco se desarmó el mapa. El Escudo de las Américas ya reúne diecinueve países, de Kast en Chile a Keiko Fujimori en Perú y De la Espriella en Colombia. Brasil no se plegó, pero una tendencia no se revierte en una noche.
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¿Milei es lo único que le queda a Estados Unidos? No. Y ahí está su problema.
Pocas veces un presidente argentino apostó tanto en la elección de un vecino. Milei subió al escenario de Flávio en julio, festejó la primera vuelta como propia y, cinco días antes del balotaje, llamó a Lula “zurdo ladrón”. El mandatario le contestó en el debate final con una ironía, cuando le preguntó a su rival si ya le había pedido prestada la motosierra. Esa noche el ajuste argentino fue argumento del otro lado. Y entre los brasileños que sufragaron en Buenos Aires, los que conocen de cerca el experimento libertario, el PT arrasó con el 70%.
Cuando un aliado deja de ser escaso, pierde precio. Hace dos años Milei era la vitrina que la Casa Blanca exhibía para probar que la motosierra funcionaba. Hoy es uno entre muchos. Su cotización depende ahora de que pueda convivir con el gigante que quedó afuera, el socio sin el cual no hay Mercosur. Y, sobre todo, de que gane en su propio país.
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Ese es el verdadero desafío, y no es ideológico. El problema de Milei no es Lula ni el peronismo. Es la apatía y la desesperanza. La ausencia de fe. En las legislativas de 2025 votó apenas el 67,85% del padrón, la participación más baja desde el regreso de la democracia. Más de 12 millones de argentinos decidieron no ir. Es el mismo enemigo que Lula derrotó este domingo.
Lo sabe el estratega que nunca quiso cargo y que vio The West Wing más veces de las que admite. Tiene claro que 2027 será un plebiscito sobre el Gobierno, que ahí está puesta la lupa y que con los convencidos no alcanza. Y seguramente recuerda aquel debate en el que a Bartlet le llega el turno de interrogar a su rival y no le pregunta nada. Reclama el tiempo. “¿Podemos tenerlo de vuelta, por favor?”.
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