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Polonia se prepara para la guerra que quiere evitar

El aumento del gasto militar, la construcción del gigantesco “Escudo del Este”, la adquisición de artillería, la expansión de sus reservas y el entrenamiento militar de la población civil forman parte de una misma doctrina: disponer de capacidad suficiente para resistir el primer golpe y, al mismo tiempo, garantizar que cualquier agresión contra Varsovia desencadene una respuesta de la OTAN

El primer ministro de Polonia, Donald Tusk. Varsovia busca disponer de fuerzas capaces de contener el primer impacto de una agresión hasta la llegada de refuerzos de la OTAN, con compras de armamento estadounidense, surcoreano y europeo. (Foto AP/Omar Havana, archivo)

Hay países europeos que hablan de prepararse para una guerra. Polonia actúa como si esa guerra pudiera comenzar mañana. La diferencia no es únicamente retórica. Varsovia está transformando su territorio, su industria, sus Fuerzas Armadas y hasta la preparación de su población civil con una premisa que habría parecido extrema hace una década: Rusia constituye la principal amenaza militar de largo plazo para la seguridad polaca.

El cambio se explica, en primer lugar, por la geografía. Polonia se encuentra entre Bielorrusia, aliada de Moscú, y el enclave ruso de Kaliningrado, mientras el corredor de Suwałki constituye el estrecho vínculo terrestre entre Polonia y Lituania y, por extensión, entre el resto de la OTAN y los Estados bálticos. En una eventual crisis en el Báltico, esa franja de territorio adquiriría una importancia estratégica extraordinaria.

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Pero también pesa la memoria. La relación histórica entre Polonia y Rusia está marcada por guerras, particiones, ocupaciones y dominación política. La guerra polaco-soviética de 1919-1921 terminó con la derrota del Ejército Rojo en la batalla de Varsovia. Dos décadas después, el pacto Ribbentrop-Mólotov de agosto de 1939 abrió el camino a la partición de Polonia entre Alemania y la Unión Soviética. En 1940, la NKVD ejecutó a miles de oficiales, intelectuales y funcionarios polacos en Katyn y otros lugares. En 1944, durante el levantamiento de Varsovia, el Ejército soviético permaneció al otro lado del Vístula mientras las fuerzas alemanas destruían la resistencia polaca.

La experiencia posterior tampoco disipó el temor. Polonia quedó incorporada a la esfera soviética después de la Segunda Guerra Mundial y recuperó plena soberanía estratégica solamente con el final de la Guerra Fría. Para la actual generación de dirigentes militares polacos, la invasión rusa de Ucrania en 2014 y, sobre todo, la invasión a gran escala de febrero de 2022 confirmó que la geografía no había perdido su importancia.

La alarma se ha intensificado por una sucesión de incidentes. En septiembre de 2025, numerosos drones rusos penetraron en el espacio aéreo polaco. Varsovia activó consultas bajo el artículo 4 del Tratado del Atlántico Norte y la OTAN puso en marcha “Eastern Sentry”, una operación destinada a reforzar la vigilancia y defensa del flanco oriental mediante aviones de combate, helicópteros, aeronaves de vigilancia, sistemas antiaéreos y otros medios aliados. La propia Alianza calificó las incursiones como una nueva manifestación del creciente riesgo de errores de cálculo y escalada.

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El proyecto prevé obstáculos antitanque, refugios, sensores y medios contra drones para ralentizar un eventual avance desde Bielorrusia y Kaliningrado, mientras las tropas nacionales y aliadas completan su movilización inicial. REUTERS/Kuba Stezycki

En septiembre de 2026, la proximidad de los ataques rusos en territorio ucraniano volvió a elevar la preocupación. El Gobierno polaco ordenó reforzar los pasos fronterizos de Dorohusk, Medyka y Korczowa con tropas de ingenieros, fortificaciones y puestos de observación. El Ministerio de Defensa anunció además el refuerzo de las unidades militares desplegadas junto a la frontera. El episodio fue acompañado por una escalada verbal particularmente grave: el asesor del Kremlin Nikolái Patrushev afirmó que Polonia podría “dejar de existir” en dos o tres días si iniciaba acciones militares contra Rusia, mientras el ministro de Exteriores polaco, Radosław Sikorski, había advertido que una agresión contra territorio de la OTAN desencadenaría una respuesta aliada de gran magnitud.

También inquieta a Varsovia la evolución de la guerra híbrida. Sabotajes, ciberataques, interferencias contra infraestructuras críticas, desinformación y operaciones con drones forman parte de un escenario que Polonia considera inseparable de una eventual confrontación convencional. El Gobierno de Donald Tusk ha advertido además sobre posibles provocaciones rusas y ha adoptado una concepción de seguridad que ya no separa estrictamente la paz de la guerra, sino que contempla una zona gris permanente.

La respuesta polaca es extraordinariamente ambiciosa. El país prevé destinar alrededor del 4,8% de su producto interior bruto a defensa, una proporción excepcional dentro de la OTAN. La prioridad es crear unas Fuerzas Armadas suficientemente numerosas y tecnológicamente avanzadas como para absorber el primer impacto de una agresión y mantener la capacidad de combate hasta la llegada de los refuerzos aliados.

El rearme combina adquisiciones estadounidenses, surcoreanas y europeas con una creciente producción nacional. La lista de capacidades incorpora carros M1A2 Abrams, tanques K2 surcoreanos, artillería autopropulsada K9, lanzadores HIMARS estadounidenses, sistemas surcoreanos K239 Chunmoo, baterías Patriot, cazas F-35, F-16 y FA-50, helicópteros Apache y una nueva generación de vehículos blindados. El propio Ministerio de Defensa polaco identifica entre los principales programas de modernización los Patriot, HIMARS, Chunmoo, Abrams, K2, Borsuk, F-35, FA-50, K9, Krab, sistemas antibuque y nuevas fragatas.

La combinación no es casual. Polonia necesita disponer de potencia de fuego a larga distancia, movilidad blindada, superioridad aérea, defensa antiaérea y capacidad de reconocimiento. La experiencia ucraniana ha demostrado, además, que ningún ejército puede sobrevivir mucho tiempo sin una extensa red de drones, guerra electrónica y sistemas capaces de neutralizarlos.

De ahí la importancia del programa SAN, presentado por Varsovia como un sistema antidrones concebido específicamente para operaciones de guerra. Su arquitectura combina sensores, radares, guerra electrónica e interceptores. La intención es crear una defensa escalonada contra los drones de reconocimiento y ataque que Rusia ha utilizado masivamente en Ucrania.

El programa más emblemático es, sin embargo, el Escudo del Este. Varsovia pretende fortificar aproximadamente 700 kilómetros de su frontera oriental y septentrional, incluidos los sectores próximos a Bielorrusia y Kaliningrado. El proyecto contempla obstáculos antitanque, posiciones fortificadas, refugios, sistemas de vigilancia, sensores, cámaras térmicas, infraestructura militar y medios antidrones. Su finalidad no consiste solamente en detener a un ejército atacante, sino en ralentizarlo y canalizar su avance para ganar tiempo mientras las fuerzas polacas y aliadas se movilizan. El Gobierno polaco prevé completar el programa en 2028.

El programa wGotowości ofrece jornadas gratuitas de ocho horas con instructores militares sobre primeros auxilios, manejo de armas y preparación ante emergencias, dentro del plan para ampliar las reservas nacionales del país. Europa Press/Contacto/Jakob Ratz

La lógica militar es sencilla: en una guerra contra Rusia, el tiempo sería un recurso estratégico. Cada hora que una fuerza atacante pierde atravesando obstáculos constituye una hora adicional para que lleguen refuerzos desde Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Estados Unidos y otros países aliados. El Escudo del Este convierte, por tanto, la geografía polaca en parte integrante de la estrategia de defensa de la OTAN.

La cuestión decisiva es si Polonia podría resistir inicialmente con sus propios medios. La respuesta es afirmativa solamente en un sentido limitado. Varsovia está construyendo una capacidad nacional mucho mayor que la existente antes de 2022, pero su doctrina continúa descansando sobre la defensa colectiva de la Alianza. Los cazas F-35 y F-16, los Patriot, la artillería de precisión, los Abrams y K2, los sistemas de cohetes y la creciente fuerza de drones proporcionan capacidad para combatir; pero una guerra prolongada exigiría enormes cantidades de munición, repuestos, combustible, misiles y reemplazos.

El general León Komornicki ha formulado precisamente esa advertencia. En una entrevista sostuvo que la verdadera capacidad militar de un ejército no se mide durante los primeros días de una guerra, sino después de un mes, seis meses o un año. Su crítica apunta a la dependencia polaca de proveedores extranjeros y a la necesidad de desarrollar una verdadera autonomía industrial. También reclama una planificación estratégica de largo plazo y advierte que “no habrá tiempo para esperar suministros de Corea o Estados Unidos” si las cadenas logísticas quedan interrumpidas.

Esa preocupación explica el esfuerzo por convertir a Polonia no solamente en comprador, sino también en fabricante. El vehículo de combate de infantería Borsuk representa uno de los principales proyectos nacionales. Aunque su desarrollo ha sido lento, el sistema constituye un salto cualitativo para las fuerzas terrestres. El general Komornicki reconoce sus buenas prestaciones de protección, movilidad y potencia de fuego, aunque critica que el proyecto haya necesitado décadas para alcanzar la producción.

Varsovia está intentando además “polonizar” progresivamente parte de las adquisiciones extranjeras. La cooperación con Corea del Sur es particularmente importante. Polonia recibe K2 y K9, trabaja en la fabricación nacional de componentes y busca ampliar la participación de empresas polacas en las cadenas de suministro. En el programa HOMAR-K, la empresa polaca WB Electronics coopera con Hanwha Aerospace para desarrollar y producir misiles en Polonia.

La cooperación con Seúl tiene, por tanto, una dimensión que excede la simple compra de armamento: Varsovia busca transferencia tecnológica, capacidad de mantenimiento y producción local. El Gobierno polaco ha señalado explícitamente que la “polonización” de los equipos surcoreanos debe contribuir a desarrollar una base industrial propia.

La misma lógica se extiende a otros socios. Con Reino Unido, Polonia firmó en mayo de 2026 el Tratado de Northolt, que profundiza la cooperación militar, industrial y cibernética y tiene como objetivo declarado reforzar la disuasión frente a Rusia. Con Alemania, Varsovia firmó en junio de 2026 un nuevo acuerdo de cooperación en defensa que incluye ciberseguridad, mando conjunto en el Báltico, tecnologías espaciales, movilidad militar e infraestructura. Francia constituye otro socio central y ambos países habían firmado previamente un tratado de seguridad.

El programa wGotowości, iniciado en septiembre de 2026, ofrece sesiones de ocho horas impartidas por instructores militares como parte del plan de Varsovia para ampliar las reservas nacionales y reforzar la resiliencia. (AP Foto/Czarek Sokolowski, Archivo)

La estrategia polaca se completa con una dimensión social que recuerda a las sociedades movilizadas de la Guerra Fría. Varsovia pretende ampliar considerablemente sus reservas y ha promovido programas de formación voluntaria que incluyen defensa civil, primeros auxilios y manejo de armas. En septiembre de 2026, el Ministerio de Defensa puso en marcha el programa “wGotowości”, que ofrece jornadas gratuitas de ocho horas impartidas por instructores militares y abiertas a ciudadanos desde los 13 años.

La intención es que la defensa nacional no dependa exclusivamente de los militares profesionales. Refugios, infraestructura crítica, hospitales, aeropuertos, redes ferroviarias y sistemas de comunicaciones deben formar parte de una arquitectura nacional de resiliencia. El Gobierno también ha planteado adaptar infraestructuras civiles para su utilización militar en caso de emergencia.

Existe, sin embargo, una contradicción que los propios militares polacos reconocen. El país dispone de un volumen excepcional de recursos y está adquiriendo algunas de las armas más modernas del mundo, pero todavía necesita transformar ese equipamiento en una estructura militar coherente, sostenible y capaz de mantener una guerra prolongada.

Por eso la estrategia de Varsovia tiene dos tiempos. El primero es inmediato: elevar el coste de cualquier agresión mediante fuerzas convencionales, defensa aérea, fortificaciones, drones, artillería y reservas. El segundo es estructural: convertir a Polonia en uno de los principales centros industriales y militares de Europa, capaz de fabricar, reparar y reponer buena parte de aquello que necesita.

La paradoja es que cuanto más se prepara Polonia para una guerra, más intenta impedir que esa guerra ocurra. La doctrina de Varsovia no consiste en buscar el enfrentamiento con Moscú, sino en hacer que la posibilidad de una agresión resulte militarmente demasiado costosa. El apoyo a Ucrania forma parte de esa estrategia porque, desde la perspectiva polaca, mantener al Ejército ruso comprometido lejos de sus fronteras reduce directamente el riesgo sobre el territorio nacional.

Polonia está construyendo así algo más amplio que un ejército. Está edificando una sociedad preparada para resistir, una industria orientada a producir armamento, una frontera convertida en sistema defensivo y una red diplomática destinada a asegurar que ningún adversario pueda interpretar que Varsovia está aislada. La apuesta final sigue siendo la OTAN. Pero la experiencia histórica ha llevado a los polacos a una conclusión particularmente severa: para que una alianza pueda salvar a un país, ese país debe ser capaz de sobrevivir hasta que lleguen sus aliados.

El objetivo de Varsovia no parece ser ganar una guerra contra Rusia en solitario. Es impedir que Rusia crea que puede ganarla.

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