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La aplicación estricta de la ley penal, según Francisco

Un arquitecto, un Papa y una metáfora: cómo el umbral de ingreso a los institutos juveniles puede convertirse en el primer gesto de redención o de condena para quienes los atraviesan

El papa Francisco abre una "puerta santa" por el Año Santo Católico en la cárcel de Rebibbia, Roma, Italia. 26 diciembre 2024. Vatican Media/Simone Risoluti entrega vía Reuters

El gran Le Corbusier decía que el diseño de una casa debe tener orden, luz, geometría y contacto con la naturaleza. Partimos de considerar que, en los lugares de detención, los habitantes pueden ser más difíciles o conflictivos que los de una casa de familia, pero son merecedores de igual dignidad. ¿Cómo no partir, entonces, de esos cuatro puntos, junto con la seguridad, cuando se proyecta un instituto penal de menores? Y, como accesorio de la seguridad, la puerta.

“El espacio, la luz y el orden son cosas que los hombres necesitan tanto como el pan”, decía el mayor arquitecto francés del siglo XX. Como vamos a desarrollar nuestro pensamiento sobre esos pilares, adaptándolos al diseño de los penales de menores —del cual hoy tanto se debate entre nosotros— y por el escaso tiempo y espacio de que disponemos en una nota como esta, nos limitaremos a hablar de la puerta, a la que simbólicamente el santo padre Francisco consideró “santa” y, por eso mismo, trascendental.

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La puerta de los institutos de menores también será santa

¿La puerta de un instituto penal de menores es la puerta de una casa? ¿Acaso no se afirma que “todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa”? ¿No hay un cosmos? Este cronista ha visto y sentido muchas puertas de institutos y penales. Es el cosmos del infierno, se ha dicho.

La mirada del joven que vuelve a atravesar esa puerta, que tiene vedado abrir y cerrar. Solo está facultado para hacerlo un guardia, que al mismo tiempo le ordena: “¡Pase!”, cuando no lo “mete” con un empujón, hacia adentro o hacia “afuera”, con las muñecas sujetas a aros de acero. ¿Será siempre necesario? Si se trata de un delincuente por un delito menor o “primario”, habrá muchos recuerdos y muchas experiencias negativas.

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Si es reincidente y fue sometido, agraviado y ultrajado durante mucho tiempo, después de haber sido arrancado de su casa y “depositado” en este espacio donde no hay lugar para los sueños, donde el estar es un “estar mal” asociado al “estar siendo malo” desde la mañana hasta la noche, es lanzado de la puerta hacia adentro, donde reina la hostilidad de los otros: guardias e internos. Quedan fuera de sí mismo quienes son de suyo, lo suyo, y él, confundido por las faltas, aturdido por los gritos de quienes sufren privaciones, asfixiado por los reproches, entregado a la estúpida evasión del paco y excluido, se hizo socio del mal cuando esta puerta de ingreso a la rehabilitación le dijo: “Esta es la puerta del demonio”.

Hasta que el papa Francisco, al contradecir a muchos portadores del uso discriminado de la fuerza, dijo: “Esta será la puerta de la esperanza” y declaró “Puerta Santa” a la de todas las prisiones, al sacralizar de modo personal la de una de las cárceles de Rebibbia, Roma, en la Navidad de 2024.

El Papa Francisco se reúne con los fieles en la cárcel de mujeres de Venecia, en la isla de la Giudecca, Venecia April 28, 2024. Vatican Media/­Handout via REUTERS

Para la Iglesia, la puerta tiene un fin material y un fin espiritual

Aunque me sea hostil el mundo de afuera, hay un mundo de adentro: el mundo de la Iglesia, del santuario de San Cayetano o de Nuestra Señora de Caacupé. También puede, como en países culturalmente avanzados, ser la puerta material de un fin espiritual, íntimo, de transformación personal.

Es el mundo de Dios y de los hombres y mujeres que atravesaron sus puertas y dejaron atrás el mundo del egoísmo, aquel mundo del riesgo, de la apropiación de lo que tiene el otro, de intentar cosas vanas e ilegales. Entraron a la casa de Dios, a la cancha y al santuario de la Virgen de Caacupé, o a otros como ellos, donde el cura o simplemente otro laico como él le dicen: “Dejá afuera lo que la Virgen no quiere; dejá afuera el paco, el dinero que le sacaste a tu madre, las tentaciones del mal, las preocupaciones por tener un arma o la merca, el miedo a que te metan adentro de la cárcel y te alejen de tu barrio y de los tuyos, y te conduzcan al suicidio”.

Todo eso te dice la puerta del santuario. ¿Por qué no puede decírtelo la puerta de la comisaría o del instituto penal? Y ya no tenés nada que temer.

Pasada la puerta, “elevás la mirada y la extendés por el recinto; ves los murales, cuyas imágenes te reciben, y tu pecho se dilata y el alma parece agrandarse”.

En aquel templo, la vastedad simboliza la eternidad, el cielo donde Dios tiene su habitación. Todo eso está abierto, en tanto este es un espacio reservado a Dios y a la Virgencita de Caacupé, quienes me han invitado y permitido ingresar a su casa.

“Desechá toda mezquindad —nos dice la puerta—, abandoná toda estrechez e inquietud. Pasá. Dejá fuera de ti todo lo que te oprime, te angustia. Abrí tu pecho, poné los ojos en alto; dejá el alma libre. Templo de Dios es este y es imagen de ti mismo. Porque, en cuerpo y alma, eres templo vivo de Dios. Dale amplitud, libertad y altura”.

Pero sin olvidar que también la puerta de la prisión puede transformarse en el ingreso a una transformación de la persona.

La transfiguración de la puerta de los centros de detención

Unas 300 personas —entre reclusos, agentes penitenciarios, directivos, autoridades del Gobierno de Roma, colaboradores, voluntarios, el capellán y religiosos— estuvieron presentes en la celebración, que tuvo lugar en el Nuevo Complejo Penitenciario el 26 de diciembre de 2024.

El complejo era uno de los cuatro institutos que componen la cárcel romana, una de las realidades más grandes de Italia, con más de 1.500 reclusos, de los cuales el 35% eran extranjeros.

Con la misma solemnidad de la basílica de San Pedro, las puertas de la capilla de Rebibbia se abrieron ante el sumo pontífice, esta vez acompañado por el obispo auxiliar de Roma, monseñor Benoni Ambarus; dos reclusos —un hombre y una mujer—, y dos agentes. Un grupo de sacerdotes llevó una cruz de madera en procesión. Luego tuvo lugar el saludo del pontífice y la liturgia de la Palabra.

Abrir las puertas de par en par

El 26 de diciembre de 2024, después de los buenos días y del deseo de una feliz Navidad, el Papa improvisó unas palabras y expresó que era su voluntad “abrir la puerta de par en par”, allí, después de la de la basílica de San Pedro: la segunda Puerta Santa.

“Es un hermoso gesto abrir de par en par: abrir las puertas. Pero más importante es lo que significa: es abrir el corazón. Abrir el corazón. Y eso es lo que hace la fraternidad. Los corazones cerrados, duros, no ayudan a vivir. Por eso, la gracia de un Jubileo es abrir y, sobre todo, abrir los corazones a la esperanza. La esperanza no defrauda, ¡nunca!”.

La esperanza es como un ancla en la tierra

Francisco también invitó a pensar en la esperanza, porque “en los malos momentos uno piensa que todo ha terminado, que nada está resuelto”, pero la esperanza —repitió— nunca defrauda.

“Me gusta pensar que la esperanza es como el ancla que está en la orilla y nosotros estamos ahí con la cuerda, seguros, porque nuestra esperanza es como el ancla en tierra. No pierdan la esperanza. Este es el mensaje que quiero dar a todos nosotros. A mí primero. A todos nosotros. No pierdan la esperanza”.

El santo padre advirtió también que, a veces, esa cuerda que es la esperanza y que nos ata a la tierra es difícil y nos hace daño en las manos. “Pero con la cuerda —insistió—, siempre con la cuerda en la mano, mirando a la orilla, el ancla nos lleva adelante. Siempre hay algo bueno, siempre hay algo para seguir adelante”.

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