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Argentina en la nueva geometría del comercio global

El cambio geoeconómico reconfigura el rol de los países y regiones. Nuestro país cuenta con cierto potencial que puede frustrarse si las decisiones no son las correctas o son tomadas a destiempo

(Imagen Ilustrativa Infobae)

El primer semestre de 2026 confirmó que la geopolítica mundial atraviesa una reconfiguración profunda producto de un proceso iniciado, al menos, 25 años atrás. La geoeconomía —uso del comercio, la tecnología y las finanzas como instrumentos de poder para unos y de supervivencia para otros— volvió a ocupar el centro de la escena. Argentina ha quedado expuesta a fuerzas que no controla pero que puede aprovechar si juega sagazmente.

La inteligencia artificial, los conflictos regionales de alta intensidad y la rivalidad entre grandes potencias, junto con el ascenso de actores como India, Indonesia, Turquía o Corea del Sur, están moldeando un comercio internacional más fragmentado, más estratégico y menos previsible. En este mundo, los países con energía, minerales y alimentos como el nuestro enfrentan una mezcla singular de oportunidades y riesgos. El escenario no es nuevo para Argentina. La Segunda Guerra Mundial y el fin de la Guerra Fría son ejemplos clásicos, pero, parafraseando a Pablo Gerchunoff, nuestra larga relación con los ciclos globales suele darse “con demoras y prisas” que no siempre favorecieron un desarrollo sostenible.

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La lectura internacional del “Global Trade Update 2026” de la UNCTAD es la de un comercio mundial que crece menos que la economía global y lo hace de manera desigual. Los bienes vinculados a tecnologías avanzadas y sectores estratégicos se expanden, mientras otros se estancan. La fragmentación geoeconómica es una realidad y se proyecta en políticas industriales, restricciones al comercio y la manipulación de las divisas entre países como Estados Unidos, China, Europa, Rusia y Japón, que son parte de las noticias diarias.

Por su parte, en “Geopolitics and the Geometry of Global Trade: 2026 update”, el McKinsey Global Institute refuerza esta lectura. Estados Unidos profundizó su giro hacia proveedores asiáticos alternativos a China, impulsado por la demanda explosiva de bienes vinculados a la IA. China consolidó su rol como proveedor global de bienes intermedios y componentes electrónicos, con un comercio intrarregional en Asia que crece a gran velocidad. Europa, en cambio, enfrenta una doble presión al enfrentar la competencia china en sectores industriales clave y tarifas estadounidenses que golpean sus exportaciones de vehículos y bienes de alto valor agregado, descontado el impacto de la provisión de energía barata.

A estas tensiones se suman los efectos de las guerras en Ucrania y en el Golfo. El cierre parcial del Estrecho de Hormuz alteró flujos energéticos globales, elevó sus precios y obligó a Europa y Asia a buscar proveedores alternativos, especialmente en Estados Unidos y América Latina. Asimismo, el Banco Mundial, en su “Commodity Markets Outlook 2026”, señala que los precios de la energía y los fertilizantes siguen altos, afectando los costos agrícolas y con ello la seguridad alimentaria.

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En este tablero, Argentina aparece como un actor con potencial creciente aunque de futuro aún incierto. La combinación de Vaca Muerta, los proyectos de litio y cobre, y la fortaleza histórica del agro debería posicionarnos bien en estos mercados. A ello podría sumarse un proceso de estabilización macroeconómica y reformas estructurales que, si se sostienen, aumentarían la previsibilidad y atraerían inversiones de largo plazo. Regímenes como el RIGI y el RIMI apuntan justamente a eso.

Pero aún enfrentamos viejos desafíos. La infraestructura logística es insuficiente para un salto exportador rápido y sostenido, un peso impositivo asimétrico sobre la producción y la inversión, dependencia de ciclos de commodities, cambios en el mercado laboral y una expansión de la frontera productiva con potenciales tensiones socioambientales.

Para poder insertarnos en este desafiante contexto global se requieren estrategias bien diseñadas y gestionadas que podrían transformar nuestra potencial riqueza en desarrollo sostenible —económico, social, político y ambiental—. La reiterativa pregunta es si sabremos leer el momento y actuar prudentemente o nos dejaremos arrojar a una sociedad conflictiva y buscadora de rentas, permitiendo que los desfasajes históricos nos conduzcan a nuevas crisis.

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