Johnny Abraham, especialista en relaciones de pareja: “Detrás del macho hay un niño herido”

Su matrimonio colapsó mientras él daba conferencias sobre el amor bonito, y esa crisis lo llevó a investigar por qué los hombres no se permiten ser vulnerables

 El especialista que distingue entre machos, princesos y hombres integrados para explicar por qué fallan las relaciones de pareja
El especialista que distingue entre machos, princesos y hombres integrados para explicar por qué fallan las relaciones de pareja (Cortesía )
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Johnny Abraham pensó en divorciarse 850 veces. Su esposa también. Engordó, se le caía el pelo, el dinero empezó a escasear. El hombre que hablaba de amor bonito en redes sociales y en conferencias no lograba sostener su propio matrimonio, y la gente a su alrededor no podía creerlo. “¿Cómo, Johnny? ¿Tú que hablas del amor bonito?”, le decían. Él no tenía respuesta. Su libro, “¡No te enamores! (Sin haber leído este libro)”, nació de ese derrumbe”.

Antes del matrimonio, una ruptura amorosa lo había hundido en una depresión profunda. Fue la primera vez que conectó con la necesidad de herramientas emocionales, de no seguir en piloto automático. Trabajó en sí mismo, estudió, compartió lo que aprendía. Se creyó listo para entrar “por la puerta del amor y la conciencia” al matrimonio.

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“Oh my God, que crees, que no”, recordó. “Me doy cuenta que también entré por la puerta de la herida”.

El especialista que convirtió su crisis matrimonial en un libro sobre vulnerabilidad masculina
Abraham clasificó a los hombres en tres categorías: machos, princesos y hombres integrados. "El macho somete para que no lo sometan, pero no es más que un niño herido por dentro"

La fricción con su esposa le reveló que cargaba un personaje que ya no le servía: alguien que daba todo a manos llenas hasta quedarse vacío, que absorbía las relaciones en lugar de compartirlas. La fantasía proyectada en el otro chocó contra la programación que traía del ejemplo familiar, de las películas, de las canciones románticas. Llegó la fase que en su libro llama la decepción. Lo más fácil era terminar la relación y buscar a la persona correcta. Pero Abraham identificó la trampa: “Voy por otra y la otra me va a tocar otros botones, me va a espejar otras cosas, y es un cuento de nunca acabar”.

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Volteó a verse. Empezó a preguntarse qué le dolía, qué le espejaba ella, cómo transmitirle desde el amor lo que le causaba dolor y lo que lo hacía sentirse amado. “Para que ella sepa qué botones tocar y con cuál es mejor tener cuidado”, explicó.

Un niño que aprendió a dominar para que no lo sometieran

Cuando se le preguntó qué necesita un hombre para enamorarse y abrirse al amor, Abraham desplazó la conversación lejos de los géneros. “No veo la problemática como tema de género. Lo veo como un tema de educación emocional, tanto hombres como mujeres. Nos falta a todos”.

Pero aceptó la pregunta y la respondió con una clasificación que atraviesa su libro. “¿Por qué los hombres no están conectados a sus sentimientos? Porque no son hombres. ¿Sabes qué son? O niños o machos”.

El macho, según Abraham, es un niño que alguna vez comprendió que abrirse le iba a doler mucho, y decidió dominar y controlar. “Ahora somete para que no lo sometan, pero no es más que un niño herido por dentro”. El princeso es el otro extremo: un niño que aprendió que si se sienta y se hace la víctima, la otra persona resuelve, paga y se encarga de todo.

El hombre integrado es otra cosa. “Lo suficientemente fuerte como para proveer, resolver, proteger, y lo suficientemente sensible y vulnerable como para que también te ayuden, también llores, también pidas ayuda, también digas no sé cómo hacer esto”. Abraham lo resumió con una ecuación de correspondencias: al macho lo enamora la mujer que se deja someter; al princeso, la mujer hiper independiente que resuelve todo; al hombre integrado, una mujer que también haya hecho su trabajo interior.

Juan Abraham, el especialista en parejas que pensó 850 veces en divorciarse y escribió un libro sobre lo que aprendió
El especialista en relaciones pasó de una crisis matrimonial profunda a reconstruir su vínculo de pareja y condensó ese proceso en su primer libro (Cortesía )

Dio tres claves. La primera: que el hombre vea que su pareja es plena por sí misma, que no necesita que alguien la rescate, “porque entonces ese hombre va a saber que contigo puede hacer equipo y no hacerla de guardería emocional”. La segunda: reciprocidad. “Si no hay nada para mí, pues voy y busco afuera lo que no tengo adentro. Que no justifica la infidelidad, pero es cuando empieza eso”. La tercera: que cuando él se abra y sea vulnerable, eso se honre. “Ya bastante difícil en estas épocas es abrirnos los hombres. Vamos en contra del status quo”.

El escorpión que se pica a sí mismo porque nadie le dijo que había salida

Abraham propuso un protocolo de tres pasos para cuando la pareja atraviesa un momento de vulnerabilidad. El primero es generar un espacio seguro: escuchar sin juicio, sin interrumpir, con presencia plena. “Él se puede desahogar, hablar, llorar, y siente que hay alguien ahí que a lo mejor no tiene ni idea de qué está pasando, pero le dice: no te preocupes, aquí estoy para ti”.

El segundo paso es una pregunta: “¿Qué necesitas de mí? ¿Quieres que solo te escuche? ¿Quieres que te ayude a resolver? ¿Quieres que te dé una opinión?”. Abraham advirtió que saltarse esa pregunta genera cortocircuito: la pareja que quería ser escuchada recibe soluciones, o la que pedía una opinión se queda con un silencio y una salida con amigas.

El tercer paso lo ilustró con una parábola. Un escorpión rodeado de fuego, sin que nadie le diga que hay salida, se pica a sí mismo y se quita la vida. “Alguien le hubiera dicho: camínale, afuera de ese fuego hay paz. Te vas a meter un quemoncito, que es la crisis per se, pero vas a estar bien”. Ayudar a la pareja a contarse otras historias, a ver lo que también está pasando de bueno, a dimensionar el problema. “La gente no sufre por lo que pasa, sufre por lo que se cuenta que pasa, por las historias que se hacen en su cabeza”.

Un hombre y una mujer sentados frente a frente en una mesa de madera con dos tazas, dentro de una sala con estanterías.
Dos adultos mantienen una conversación tensa mientras se miran sentados frente a frente en la mesa de una vivienda. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Sobre el llanto, fue directo. “Cuando un hombre llora, si es una llorada del corazón, auténtica, lo más importante es sentir que la persona puede estar ahí al lado, abrazándonos, en silencio, pero sabiendo que nos va a permitir llorar sin invalidarnos ni ridiculizarnos”. Señaló que incluso las mujeres, “y más en México”, a veces reaccionan con dureza al ver caer a su pareja. “No, no, no, tú no puedes andar llorando. Ponte a trabajar”. Abraham conectó esa reacción con un ciclo: si no le permiten llorar, el hombre confirma que no debe ser sensible, deja de conectar consigo mismo, deja de conectar con su pareja, y el resentimiento desgasta la relación.

“Esto no es una machósfera”, dijo. “Es una miedósfera, donde todo el mundo tiene miedo a sentir”.

Renunciar pieza por pieza hasta no reconocerse

Abraham describió un mecanismo que opera en silencio. Alguien en pareja deja de ir al gimnasio porque el otro se encela. Deja de ver a sus amigos porque todos los planes son juntos. Deja de leer su libro porque la pareja necesita atención. Cada renuncia parece pequeña e inocente. “Pero a la hora de la hora, estás empezando a renunciar a lo que a ti te hace feliz, a lo que te hace sentir que te cuidas, que te priorizas”.

La recomendación fue mantener el mundo individual: hobbies, amistades, rutinas, “todo lo que harías si estuvieras soltero”. No para alejarse de la pareja, sino para tener algo que compartirle. Abraham describió el efecto contrario: la pareja que mira a alguien sin mundo propio y piensa “a este lo tengo que cargar, está todo el día de pegoste conmigo, qué aburrido”.

Una mujer sentada en una cama sostiene un libro junto a un hombre dormido en una habitación iluminada por una ventana.
Una mujer sostiene un libro en la cama junto a un hombre que duerme recostado bajo las sábanas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Perder ese mundo propio, según Abraham, también es una forma de perder la voz. Y un hombre sin voz propia termina donde empezó su explicación: en el niño que no sabe si dominar o someterse, que no aprendió a pedir ayuda, que carga solo lo que podría compartir. “Si tu hombre llora, no tengas miedo”, dijo. “Valídalo, está con él. Ponle amor a ese momento. Tu hombre se va a sentir tan agradecido, tan enganchado y tan cuidado, que lo va a pensar dos veces antes de lastimarte”.

Abraham lo redujo a dos palabras que, en su lectura, separan al macho del hombre: “Más amor que miedo”.

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