
Tengo la fortuna de haber nacido y crecido en una familia donde los temas favoritos son la política y la economía. Sea como sea, al final siempre terminamos hablando de esos temas. Por el lado materno (y unos de mis hermanos), políticos profesionales, honrados, honestos, al servicio de la sociedad, y por el lado paterno, un maestro en economía. Fascinante.
Algunos de mis primeros recuerdos en política son ir en el carro con mis padres escuchando la noticia del nombramiento (dedazo) de Salinas de Gortari como candidato a la presidencia por el PRI, estar viendo alguna entrevista del Maquío con Guillermo Ochoa en la TV, así como el debate presidencial del 94 y por supuesto, nunca olvidaré la primera vez que me tocó ir a votar para presidente en elección del año 2000.
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Durante todos esos años, el espíritu que nos movía como familia, al igual que a una gran parte de la sociedad, era el tratar de construir una democracia, ya que vivíamos en un sistema de partido único, en la llamada dictadura perfecta. Mucha gente dio su vida para poder darle una oportunidad a la democracia mexicana, a crear equilibrios. El mundo era otro, eran tiempos de globalización, de apertura, y México, durante los años de la dictadura perfecta, vivía en un sistema cerrado. Como dice la canción, la gente se enamoraba en bazares ya que sólo en ciudades grandes había centros comerciales como los conocemos ahora.
Fue en 1997 cuando se rompió la hegemonía del partido único; por primera vez el partido oficial no tenía la mayoría absoluta en el congreso. Y fue hasta el año 2000 cuando, por primera vez, ese mismo partido no ganó las elecciones presidenciales (aunque mantuvo la mayoría de las gubernaturas, congresos locales, poder sindical y el mayor número de asientos del poder legislativo). Sí, hace apenas 24 años.
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24 años nos bastaron para querer regresar al sistema del partido único. ¿Nos falló la democracia o nosotros le fallamos a ella? ¿Votamos en el 2000 para dejar un sistema presidencialista sin saber lo que eso significaba? Posiblemente nos guste ese tipo de gobierno centralista, donde el gobierno, en este caso una persona, es quien toma todas las decisiones. De esta forma, al final todo, cualquier mal resultado es y será culpa de ellos (los gobiernos), y nunca nuestra. Posiblemente, lo que nos gusta es no tener esa responsabilidad.
Hay un dicho que dice “para atrás ni para agarrar vuelo”, pues en este sentido nos fuimos algunas décadas atrás. Sigo tratando de entender la razón. Definitivamente, en 24 años no se resolvió y no se iba a resolver el tema de la pobreza ni el de la desigualdad, ni nos íbamos a volver superpotencia. En cualquier parte del mundo es complicado hacerlo en ese periodo de tiempo, pero se daban pasos. Durante los últimos tres sexenios (2000-2018), México crecía a un 2% anual, se crearon instituciones y dependencias que, si bien no eran perfectas, servían de apoyo a la sociedad. La fortaleza democrática y la justicia social es más palpable en países donde hay instituciones fuertes.
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No obstante, independientemente de las instituciones y el crecimiento constante de 2%, el tema de la desigualdad y de que los avances y crecimientos obtenidos no se vieran reflejados en los bolsillos de la población más vulnerable abonó a que los programas sociales que implementó este gobierno, donde se repartió dinero a discreción generando una sensación de mejoría y de dependencia de esos grupos hacia la federación, macaran una diferencia considerable en el votó a favor del partido oficial.
Sin embargo, es muy importante, para el gobierno entrante, revisar como operan estos programas ya que han muchas críticas al no haber una claridad en las reglas de asignación y distribución de los recursos.
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El tipo de programas antes mencionado, además de los proyectos como el Tren Maya, el aeropuerto Felipe Ángeles y la refinería de Dos Bocas, han llevado a este gobierno a tener el déficit más grande desde inicios de la década de los 80s. Si seguimos a este ritmo, creciendo al 1%, (promedio anual del sexenio) con un déficit fiscal similar al de este año y pagando intereses altos por la deuda, las matemáticas no van a dar y podríamos entrar en crisis con impacto en todos los niveles socioeconómicos del país.
Estamos pues, ahora en manos de lo que decida la presidenta electa, le dimos el poder absoluto como al viejo PRI, eso es lo que votó el país. Si va a querer seguir en ese camino, con déficits de ese tamaño, tarde o temprano se va a acabar el dinero para los programas sociales; no hay manera que se pudieran sostener, se tendría que fomentar el crecimiento económico a través de la inversión y la creación de empresas y empleos formales, ya que esos programas se mantienen con nuestros impuestos. Tiene que haber certidumbre política, económica y legal eficientizar los trámites burocráticos.
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Todo esto lo sabe la próxima presidenta; tiene el sartén por el mango. Confiamos en su buen juicio y amor a México.
* Carlos Díaz Negrete, profesor de Contabilidad y Finanzas de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey.
** Las expresiones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente coinciden con la línea editorial de Infobae, respetando la libertad de expresión de expertos académicos.
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