De la cacerola de Cibeles a la acampada de Sol, la protesta por la vivienda no cesa

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Isabel Rodríguez Ramiro y Laura López

Madrid, 1 oct (EFE).- Cientos de personas de todas las edades se han concentrado este jueves a los pies del Ayuntamiento de Madrid para clamar, a golpe de cacerola y sartén, por su derecho a la vivienda, el último gran grito de una multitud enfadada antes de la votación mañana en el Congreso de los decretos que ha impulsado la movilización de los últimos días.

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Vecinos, algunos de ellos muy jóvenes, como Iván, de apenas 17 años, que ha visto cómo su ciudad  se ha vuelto inhabitable en los últimos años: "Los jóvenes deberíamos con nuestro propio sueldo poder pagar un alquiler", se queja en una conversación con EFE.

Él no ha participado en la acampada de Sol pero ha decidido acudir a esta llamada del Sindicato de Inquilinas junto a otros dos amigos de su misma edad, Alicia y Martín: "Es un problema que, más allá de que lo veamos personalmente o no, nos afecta a todos, porque al final es nuestro futuro", lamenta el segundo.

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A unos metros de ellos golpean sus cacerolas con la misma pasión Carmen, de 74 años, y Lourdes, de 68; las dos han acudido a Cibeles para "apoyar que mañana salgan los dos decretos que hay en el Parlamento para que sea realmente la vivienda un derecho de todos los españoles, no de 4 o 5 buitres".

Para ellas, la protesta representa precisamente ese cambio generacional: "Parece la mejor idea que ha podido tener la gente joven, que ya está bien, que se muevan, que exijan sus derechos".

A apenas un kilómetro, en el epicentro de la protesta por la vivienda, la acampada de la Puerta del Sol ha seguido esta tarde con su pequeña rutina, ajena al estruendo de las cacerolas y las sartenes.

Según han relatado a EFE los acampados, algunos no podían acudir porque tenían que trabajar, muchos ni siquiera se habían enterado de la convocatoria y otros consideraban que la cacerolada estaba más dirigida a quienes estaban fuera del campamento, aunque valoraban el gesto de apoyo.

Entre las tiendas y los toldos, un joven buscaba participantes para un torneo de mus previsto para las 17:30 horas, una misión complicada entre un público de edad mayoritariamente joven. "¡Si hacéis uno de cuatrola, me avisáis!", responde uno.

La plaza también se presta a tomarse con humor algunas de las acusaciones que han rodeado estos últimos días la protesta, como la posesión entre los manifestantes de adoquines y grandes cuchillos.

En uno de los rincones del "microcosmos" de la acampada hay un cartel de "Callejón del afilador" con un cartón con forma de cuchillo, mientras otra tienda de campaña juega con la idea de "tienda de los cuchillos, katanas y adoquines".

Hacia las 19:00 horas, las educadoras infantiles, en huelga desde el 7 de abril, se han concentrado frente a la Apple Store y se han sumado a los cánticos con un "Lo llaman guardería y no lo es".

Poco después ha comenzado la asamblea general, que ha reunido a buena parte de los acampados pero, al terminar, alrededor de las 20:30 horas, el flujo de personas que iban por la calle Alcalá hacia el Ayuntamiento de Madrid para sumarse a la protesta ha aumentado ligeramente.

Entre quienes han decidido sumarse estaban Guille y Pablo: "Vamos a la cacerolada para movernos, a hacer ruido", han añadido ambos, convencidos de que las distintas acciones no tienen por qué competir entre sí. "No veo ninguna separación, es parte de todo esto, la lucha por la vivienda, creo que debe ser transversal".

También Darío, Lucía y Sandra han decidido sumarse. "Me parece que es una forma pacífica de que te escuchen, te tienes que movilizar con el cuerpo", ha apuntado Sandra, que ha reivindicado además el tiempo que los manifestantes dedican a la protesta: "No estamos aquí por amor al arte ni porque tengamos tiempo, trabajamos y estudiamos, pero esto es importante".

Entre los acampados que han decidido permanecer en Sol esta tarde están Juan, de 24 años, y Joan, de 26, que tienen claro que la movilización no termina en la votación del viernes y que quieren mantener la presión para que las decisiones que se tomen tengan consecuencias.

"Exactamente yo lo resumiría en que ya no les va a salir gratis y ya estamos resabiados. Ya nos la sabemos, ya no nos valen ni las palabras bonitas de un lado ni del otro. No nos valen las promesas que no se cumplen desde la izquierda, tampoco nos vale la mentira de la derecha", explican.

Joan cuenta que muchos de sus amigos del barrio ya no viven ahí por el aumento de los alquileres y la dificultad para acceder a una vivienda, mientras que él mismo tampoco puede independizarse por su "propia precariedad": "Contratos tengo a lo mejor de 1 año muy concretos, y es que es imposible, aunque tuviese un sueldo estable no podría ni mudarme en mi barrio".

Por eso, asegura que su presencia en Sol trasciende su propia situación: "Nosotros ya no estamos solo por nosotros, estamos por el resto". EFE

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