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La fuerza expresiva y eficaz de Lucía Erijimovich

La artista presenta ‘Todo aquello que no tiene nombre’, una exhibición que propone un recorrido por una obra intensa y de color personal, con ecos de Marc Chagall, en el Museo Judío de Buenos Aires

La exposición 'Todo aquello que no tiene nombre', con curaduría de Nicole Moises, se exhibe también en el Museo Judío de Buenos Aires

Fui a ArteBA hace algunos años. En uno de los stands donde exponían varios pintores jóvenes me encontré con una artista que me llamó la atención. Era una chica alta, de pelo claro y enrulado. Había algo en su pintura que no lograba definir. Algo que me atrapaba. Sus cuadros tenían una fuerza expresionista, una intensidad difícil de explicar, una pincelada vigorosa y un uso del color poco convencional, pero extraordinariamente eficaz. Me quedó grabada.

Tiempo después, cuando organicé una muestra de jóvenes artistas en el Centro Cultural Recoleta, decidí invitarla por el recuerdo de aquellas obras que había encontrado en ArteBA. Allí volví a comprobar que había algo especial en su pintura, un aire que me remitía, de manera sutil, a Marc Chagall. No se trataba de una semejanza literal ni de una influencia evidente, sino de una sensibilidad compartida. Entonces entendí qué era aquello que había percibido intuitivamente desde la primera vez que vi sus cuadros.

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La pintura de Lucía Erijimovich parece inscribirse en una tradición. No hablo de imitaciones ni de influencias directas. Hablo de un hilo invisible que atraviesa la obra de algunos grandes pintores judíos. Es posible encontrar ecos de Chagall, de Max Liebermann, de Chaim Soutine y de otros artistas que, siendo muy distintos entre sí, comparten una sensibilidad difícil de definir, pero fácil de reconocer cuando vuelve a aparecer.

La pincelada gruesa y decidida de Lucía Erijimovich interpreta la realidad con una libertad expresionista centrada en la emoción

Erijimovich posee un manejo del color absolutamente personal. No responde a convenciones académicas y, precisamente por eso, resulta tan eficaz. La pincelada es gruesa, vigorosa, decidida. Las formas no buscan reproducir la realidad con exactitud fotográfica: la interpretan con una libertad claramente expresionista, poniendo el acento en la emoción antes que en la descripción.

Más allá de mi interés por la tradición cultural judía, lo que realmente me impresionó fue otra cosa: su fuerza expresiva, independientemente de cualquier pertenencia o referencia cultural. Y eso es, finalmente, lo que distingue a un verdadero artista. Quienes visiten la muestra que presenta actualmente en el Museo Judío de Buenos Aires, en la calle Libertad, encontrarán precisamente eso: una pintora con una voz propia, capaz de dialogar con una tradición sin quedar nunca prisionera de ella. Una artista que ha sabido convertir una herencia estética en un lenguaje personal y contemporáneo.

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*Todo aquello que no tiene nombre, la muestra de Lucía Erijimovich con curaduría de Nicole Moises, se presenta en el Museo Judío de Buenos Aires y el Templo Libertad (Libertad 769, CABA), de lunes a viernes de 10 a 18. Entrada gratuita con inscripción previa.

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