Mucho antes de “Matador”, mucho antes de El León, de los estadios, de las giras internacionales y de convertirse en una de las bandas argentinas más importantes de la historia, Los Fabulosos Cadillacs fueron apenas un grupo de amigos que quería tocar. No había grandes escenarios, no había contratos millonarios ni una carrera cuidadosamente diseñada. Había ganas, curiosidad, una fascinación casi obsesiva por el ska que llegaba desde Inglaterra y un grupo de jóvenes que todavía estaba descubriendo qué quería hacer con la música.
La historia comenzó a escribirse a comienzos de los años 80, aunque las fuentes ubican el nacimiento de la banda entre 1983, 1984 y 1985 según qué momento se tome como punto de partida. Antes de que existieran como tal, hubo otros nombres, otros grupos, ensayos improvisados y amistades que se fueron cruzando hasta desembocar en aquella formación que, con el tiempo, se convertiría en una de las más reconocibles de la escena.
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El germen estuvo en Buenos Aires, pero una parte fundamental de la historia nació en Mar del Plata. Allí, durante el verano de 1984, Flavio Cianciarulo y Luciano Giugno —quien años después sería conocido como Luciano Jr. o El Tirri— frecuentaban la esquina de Alem y Avellaneda que se había convertido en una suerte de territorio de encuentro para jóvenes vinculados con la cultura skater y punk. Había una pileta de hotel abandonada, paredes pintadas con aerosol y una estética que poco tenía que ver con la imagen tradicional del rock argentino.
En ese lugar apareció también Walas, futuro líder de Massacre. Y fue Walas quien presentó a Flavio con Sergio Rotman, otro de los nombres que terminaría siendo fundamental en la historia de los Cadillacs.
La música que los movilizaba tenía una procedencia muy concreta. Inglaterra. El revival del ska que había tomado forma alrededor del movimiento 2 Tone había empezado a cruzar fronteras y en Buenos Aires encontraba a una generación fascinada por bandas como Madness, The Specials, The Selecter y The English Beat. No solamente les interesaba la música: también querían copiar aquella estética de trajes, corbatas, zapatos, sacos y cuadros que convertía a los músicos en personajes.
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Los futuros Cadillacs encontraron allí una identidad antes incluso de tener una carrera. Mientras Flavio y Luciano vivían aquella experiencia marplatense, en Buenos Aires comenzaría a tomar forma el grupo.
El futuro bajista vivió en Mar del Plata hasta la separación de sus padres, instante en que se instalan en Barrio Norte y cursó el secundario en el ILSE. Fue allí donde armó un dúo con Aníbal “Vaino” Rigozzi, compañero de estudios, que se ocupaba de la guitarra. Era una formación mínima, casi elemental, pero la idea empezó a crecer.
Después apareció Carlos Kleppe en batería y en algún momento se sumó, contactado por Flavio, Mario Siperman en teclados, un músico algo mayor que ellos que ya tenía experiencia en otros proyectos y que aportó una mirada diferente.
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Siperman ya para esa época formaba parte de Los Encargados, una banda vinculada a la escena electrónica y experimental de aquellos años, y la historia del encuentro entre él y el resto también tiene algo de azar. El grupo todavía estaba lejos de ser una maquinaria musical aceitada. En realidad, varios de sus integrantes estaban aprendiendo sobre la marcha.
El músico recordó años después aquella reunión de una manera que permite imaginar la escena: “La primera vez que nos juntamos a tocar yo tenía un Casiotone, que era un organito chiquito, Flavio en el bajo, Vaino (Aníbal Rigozzi) en guitarra y Carlos Kleppe en batería, y el primer tema que tocamos es un tema que está en el primer disco, después se llamó Tus tontas trampas”, justamente un tema que terminaría formando parte, años después, de Bares y Fondas.
Pero todavía faltaba una pieza fundamental: la voz. Gabriel Fernández Capello, que con el tiempo sería conocido como Vicentico, llegó a la banda de una manera mucho menos solemne de lo que podría imaginarse mirando retrospectivamente la historia. En aquel momento era el hermano de la novia de Flavio.
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Así, casi por una cadena de amigos, hermanos, compañeros de colegio y conocidos, aquella formación comenzó a adquirir su identidad: Flavio en el bajo. Vaino en guitarra. Siperman en teclados. Kleppe en batería. Vicentico en voz.
Tras la salida de Kleppe pr diferencias musicales, Luciano Jr se sumó como baerista, aunque su formación estaba lejos de ser sólida. De hecho, rápidamente fue reubicado como percusionista.
La banda empezaba a parecerse a la que el público terminaría conociendo. Pero todavía no eran Los Fabulosos Cadillacs.
Durante un período se llamaron Cadillacs 57. El nombre hacía referencia directa, casi adolescente, que encajaba con aquel universo de autos, estética norteamericana, ska inglés y fascinación por una cultura que ellos estaban descubriendo desde Buenos Aires.
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Con ese nombre llegaron a realizar algunas presentaciones. Y fue precisamente en aquellas primeras apariciones cuando comenzó a construirse la leyenda.
A principios de 1985, el grupo decidió viajar a Mar del Plata para probar suerte durante el verano. No tenían detrás una estructura profesional ni una discográfica. Tenían, en cambio, algo que resultaría fundamental: una enorme confianza en que aquella mezcla extraña de ska, reggae, rock y estética rude boy podía funcionar frente a un público.
Los músicos recorrieron distintos lugares buscando dónde tocar. Y la respuesta que recibían no siempre era alentadora: “Recorrimos bar por bar, diciendo ‘hacemos ska’. Y nos miraban raro”, recordó Flavio Cianciarulo años después.
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Hasta que llegaron a Vía Fellini. El lugar estaba a cargo de Hernán “El Ruso” Azlor, quien conocía el ska y tenía acceso a cassettes que llegaban desde California con música de bandas como The Specials y Madness. Cuando aquellos jóvenes le dijeron que hacían ska, la respuesta fue inesperada: si tenían una banda, ¿por qué no tocaban allí?
El 19 de enero de 1985 llegó el primer gran momento. Los Cadillacs 57 tocaron en Vía Fellini, en Mar del Plata. El público se encontró con un grupo de chicos vestidos como los protagonistas del revival ska inglés, con trajes y corbatas, y con una energía escénica que rápidamente llamó la atención: Vicentico en voz, Luciano Jr, Vaino, Hernán Gallardo (baterista que tampoco estuvo en muchos shows), Mario Siperman y Flavio.
El propio Azlor recordaría aquella noche con una mezcla de humor y cariño. Para él, la banda pese a no ser famosa, tenía carisma y potencial. Decidió entonces ayudarlos a construir una imagen que estuviera a la altura de lo que quería vender.
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Después de Vía Fellini llegó Aloha Discoteque. Y allí comenzó una de las primeras operaciones de marketing de la historia de los Cadillacs: una versadea puesta en escena que incluyó un Cadillac real, afiches, tarjetas y fotógrafos. Incluso personas contratadas para hacer de supuestas groupies y generar una sensación de acontecimiento alrededor de la llegada de la banda.
La idea era fabricar, aunque fuera por unas horas, la ilusión de que aquellos muchachos ya eran estrellas: “‘El Ruso’ se enamoró de la banda y nos hizo vivir como estrellas de rock cuando no lo éramos. Esa noche llegamos en limusina. Nos inventó un aura que todavía agradecemos”, recordaría Flavio. El experimento funcionó.
El verano marplatense terminó convirtiéndose en una especie de laboratorio para aquellos músicos. Allí comprobaron que podían subir a un escenario y captar la atención del público, incluso cuando buena parte de los espectadores probablemente no sabía exactamente qué era aquello que estaban escuchando.
El ska no era todavía un género masivo en Argentina. Para muchos, esos jóvenes vestidos como Madness eran una rareza. Y esa rareza empezó a convertirse en identidad.
De regreso en Buenos Aires, el grupo comenzó a recorrer el circuito under. Las fiestas de colegios, los pequeños pubs, las discotecas y los escenarios alternativos se convirtieron en su territorio natural. Luciano Jr. tuvo un papel importante en conseguir algunas de aquellas primeras presentaciones.
Y alrededor de ellos empezaron a aparecer otros músicos que ampliarían aquella pequeña banda hasta convertirla en una formación numerosa y poco habitual para el circuito del rock de aquellos años.
Sergio Rotman apareció con su saxo. Naco Goldfinger, amigo de Tirri, también se sumó en los vientos. Fernando Ricciardi, compañero de Rotman en el grupo Día D, ocuparía posteriormente la batería.
Todavía eran una banda en construcción. El público también estaba en construcción. Y el nombre tampoco estaba definido. “Cuando tocamos en Bluesm el debut en Capital en marzo de 1985, nuestro nombre todavía era Cadillacs 57, llenamos ese lugar donde entraban 100 o 150 personas”, rememoraría Luciano.
Soprendido por la convocatoria, el dueño les sumó dos fechas más, y en la cartelera del suplemento Si los anunció como “Los Fabulosos Cadillacs”. La denominación les gustó y terminó imponiéndose.
Más allá de cuál haya sido el instante exacto en que apareció la fórmula, lo cierto es que el nuevo nombre terminó quedándose. Y con él nació también una identidad gráfica.
Ya no eran simplemente un grupo de chicos que se juntaban a tocar. Eran Los Fabulosos Cadillacs. Y empezaban a tener una imagen reconocible incluso antes de tener un disco.
La transformación coincidió con una etapa de crecimiento musical. Los ensayos se volvieron más frecuentes y aparecieron nuevos espacios. Antes de la grabación de Bares y Fondas, la banda ensayaba en la discoteca Gaz, en Olivos, donde también realizaba pequeños recitales. Otro de los lugares de aquella etapa fue Fire, frente a la cancha de River.
Ese circuito fue el verdadero primer escenario de los Cadillacs. No eran estadios. No eran teatros de la calle Corrientes. Eran bares, discotecas y pequeños locales donde una banda podía tocar frente a unas pocas decenas o cientos de personas y descubrir, noche tras noche, qué canciones funcionaban, qué ritmo hacía bailar al público y qué clase de espectáculo querían ofrecer.
La imagen era inseparable de la música. Los Cadillacs habían entendido que el ska también tenía una estética. Y la adoptaron sin medias tintas. Todo aquello que veían en Madness y The Specials era llevado a Buenos Aires y transformado en una suerte de uniforme propio.
Tirri tenía, además, una ventaja doméstica inesperada. Su padre tenía una casa de ropa con trajes importados. Para aquellos jóvenes que querían vestirse como sus ídolos ingleses, aquello era un tesoro.
“Mi papá tenía una casa de ropa y tenía trajes importados. Para nosotros era una locura ya que nos interesaba ese estilo. Yo entraba a la noche y sacaba siete sacos para los Cadillacs y después los devolvía. Una vez, un cliente encontró una púa en un bolsillo. Mi papá dijo qué es esto. Le tuve que contar todo”, recordó.
La anécdota resume perfectamente aquellos años: todavía no había dinero, todavía no había fama, todavía no había una compañía discográfica que se ocupara de la imagen. Había creatividad, entusiasmo y una enorme capacidad para improvisar.
Mientras tanto, el repertorio crecía. La banda no quería limitarse a reproducir el ska inglés. Había reggae, soul, dub, rock y otros ritmos que empezaban a filtrarse en las canciones.
Y esa amplitud sería una de las características que aparecería ya en el primer álbum. Pero antes había que conseguir grabarlo.
Luciano recordaría: “Yo tenía a mi primo que trabajaba para Badía, Marcelo Tinelli, y le dije ‘Marcelo dejo la escuela’ y él me dijo ‘si vos firmás el contrato (con Interdisc) yo te meto en Badía’. Yo le prometí a mi mamá ‘comprame un set de percusión y yo aparezco en televisión’. Salir en canal 13 en esa época era increíble. Badía era groso porque te ponían equipo de sonido, te ponían humo, todo. Firmamos y a los 6 o 7 meses estábamos tocando en Badía y compañía y me presentó mi primo”.
Los Cadillacs entraron al estudio para registrar Bares y Fondas. La producción artística estuvo a cargo de Daniel Melingo y la grabación se realizó en los estudios Moebio, bajo el sello Interdisc.
Melingo no estaba trabajando con una banda experimentada. Estaba frente a músicos que todavía estaban descubriendo cómo traducir a un disco la energía que tenían sobre un escenario.
El resultado fue un álbum que, incluso desde su propio título original, transmitía algo de aquel mundo nocturno que había sido el escenario natural de la banda.
La idea inicial era llamarlo Noches cálidas en bares y fondas. Finalmente, el título se redujo a Bares y Fondas.
Los Fabulosos Cadillacs tenían por fin un disco. Pero el camino hasta allí había sido mucho más importante que una fecha de lanzamiento.
Habían pasado de ser cuatro jóvenes que se juntaban a tocar a convertirse en una formación numerosa. Habían descubierto el ska en los discos que circulaban entre amigos. Habían adoptado la estética rude boy. Habían conseguido sus primeros escenarios. Habían viajado a Mar del Plata. Habían llegado a Aloha en limusina gracias a una puesta en escena casi delirante. Habían cambiado Cadillacs 57 por Los Fabulosos Cadillacs. Y habían aprendido a tocar delante de un público que todavía no sabía muy bien qué hacer con ellos. Pero ahora tenían que defender esas canciones en vivo.
Después de la salida del disco, comenzaron a presentarse por distintos escenarios y discotecas bonaerenses. En cada show, la escena se repetía: los músicos aparecían con su uniforme rude boy y abajo había cada vez más jóvenes dispuestos a bailar.
La música empezaba a generar una pequeña comunidad. Los seguidores también incorporaban la estética. Los trajes y las corbatas ya no eran solamente parte del vestuario de los músicos. Se convertían en una señal de pertenencia.
Los Cadillacs habían logrado algo fundamental para cualquier banda nacida en el under: que su público no solamente escuchara sus canciones, sino que empezara a reconocerse en ellas.
La banda ya t una relación directa con la gente que iba a verla tocar. Esa que se hizo evidente cuando llegó el momento de subir un escalón: el Teatro Astros.
Para una banda que todavía tenía fresco el recuerdo de sus primeros pubs y discotecas, llegar a la calle Corrientes representaba mucho más que una nueva fecha. Era la posibilidad de salir definitivamente del circuito under.
El viernes 5 y el sábado 6 de junio de 1987, bajo el título “Callate y bailá”, Los Fabulosos Cadillacs ocuparon el Astros con dos funciones.
Para Luciano fue mucho más que un recital: “Fue el momento más emocionante, la gran consagración. En ese momento, tocar en ese escenario era algo único. Sirvió para decir acá estamos y sabíamos que íbamos a cambiar un poco la historia del rock”.
Vicentico también veía la diferencia entre aquella primera época artesanal y la nueva etapa. En junio de 1987, en una entrevista con la revista Pelo, resumió el cambio con una frase que parecía cerrar un capítulo: “La diferencia consiste en que ahora tenemos una estructura detrás nuestro lo cual nos otorga una margen más amplio para trabajar en nuestra tarea específica. Ya no cargamos pesados equipos ni pegamos carteles”.
La frase tenía algo de balance. Los jóvenes que unos años antes tenían que conseguir trajes prestados, buscar lugares donde tocar y cargar sus propios equipos empezaban a tener una estructura profesional.
Todavía faltaba muchísimo. Faltaba Yo te avisé!!. Faltaba El León. Faltaba “Matador”. Faltaban las giras, los premios, América Latina y una historia que terminaría excediendo largamente las fronteras del rock argentino.
Pero el germen ya estaba ahí, en aquellos primeros shows, en el ska que llegaba desde Inglaterra. Y, sobre todo, en un grupo de amigos que alguna vez se juntó simplemente para tocar.
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