Los biocombustibles se consolidan como un factor determinante para el mercado global de granos. Lo que históricamente dependía de la demanda alimentaria, la oferta exportable y los costos de producción suma ahora un componente energético capaz de modificar los precios y los destinos comerciales, puntualiza un informe elaborado por Matías Contardi y Emilce Terré de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR). En junio de 2026, el aceite de soja en Chicago alcanzó los US$ 1.747 por tonelada, con una suba del 60% desde enero y cerca del máximo nominal registrado en abril de 2022. El encarecimiento del petróleo, impulsado por los conflictos en Medio Oriente y la escalada bélica entre Rusia y Ucrania, contribuyó a fortalecer las cotizaciones de los commodities agrícolas.
La transformación se explica por el crecimiento sostenido de la industria de los biocombustibles. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el uso mundial de maíz para producir bioetanol pasó de 22 millones de toneladas en 2000 a 144 millones en 2010, y para 2026 se proyecta en 205 millones de toneladas. En el caso del biodiésel, Oil World estima que este año se necesitará el equivalente a 89 millones de toneladas de soja para obtener el aceite destinado a su elaboración, volumen que representa el 24% del consumo global de la oleaginosa. Esta demanda industrial agrega un nuevo destino para la producción agrícola y aumenta la competencia entre el abastecimiento energético, la alimentación y las exportaciones.
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Estados Unidos y Brasil concentran el negocio
Estados Unidos y Brasil concentran buena parte de esta dinámica. Entre ambos explican el 79% de la producción mundial de bioetanol y el 73% del consumo, además del 40% de la producción global de biodiésel y el 44% del consumo. En Estados Unidos, el uso de maíz para fabricar bioetanol se mantiene por encima de los 100 millones de toneladas anuales desde 2010 y ronda los 150 millones en los últimos tres años, más de dos quintas partes del consumo interno del cereal. Brasil, por su parte, proyecta utilizar 21 millones de toneladas de maíz para producir etanol en 2026, 2,8 veces más que cinco años atrás. En biodiésel, ambos países consumirían cerca de siete millones de toneladas de aceite de soja cada uno durante la campaña 2025/26.
Brasil pierde competitividad exportadora en maíz
El mayor peso de la demanda energética también modifica la competitividad de los países exportadores. En Brasil, el aumento del consumo interno de maíz para producir etanol contribuye a sostener los precios locales y puede restar competitividad al cereal en el mercado internacional. De acuerdo con las cifras analizadas, el país lleva exportadas 14,5 millones de toneladas de maíz en 2026, un 13% menos que el promedio de los últimos seis años, pese a que la oferta total de la campaña es un 25% superior. En Estados Unidos, en tanto, el incremento del 77% en los mandatos de mezcla de aceite de soja para biocombustibles respecto de 2025 obliga a procesar el equivalente a 3,7 millones de toneladas adicionales de soja. La demanda interna absorbe así la totalidad del aceite producido en el país, con más de la mitad destinada a la industria del biodiésel.
La brecha entre Chicago y el aceite argentino
Este escenario ayuda a explicar la brecha entre los precios del aceite de soja estadounidense y el argentino, explican los analistas de la BCR. Mientras Chicago reflejó con fuerza el encarecimiento de la energía, la cotización de exportación argentina acompañó la tendencia con menor intensidad. La diferencia llegó a un máximo del 33% y promedió una prima negativa del 24% desde fines de febrero. La divergencia responde a estructuras de demanda distintas: en Estados Unidos, el aceite compite fuertemente por su uso energético, mientras que en Argentina su destino está orientado principalmente al consumo alimentario y a la exportación. Aunque los precios internacionales tienden a converger por el arbitraje comercial, la creciente demanda de biocombustibles puede ampliar temporalmente las diferencias entre orígenes.
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La conclusión es que el petróleo ya no impacta sobre los granos únicamente a través de los costos de producción, los fertilizantes y el transporte: también influye sobre la demanda, al volver más atractiva la elaboración de combustibles a partir de biomasa vegetal. Para la soja y el maíz, esta doble relación con la energía introduce un factor estructural que puede alterar los flujos comerciales y las oportunidades de exportación. En un mercado cada vez más condicionado por los mandatos de mezcla y las políticas energéticas, comprender cuánto grano se destina a producir combustibles será clave para interpretar los precios y la competitividad de Argentina frente a Estados Unidos y Brasil.
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