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Más miedo a un centro de datos que a una central nuclear

Mientras Texas cancela proyectos de IA y los permisos se congelan ante la presión ciudadana, Argentina reúne condiciones energéticas y territoriales difíciles de replicar, aunque su marco legal permanece inconcluso en el Senado

La resistencia comunitaria provocó la cancelación de proyectos de centros de datos por más de cuarenta y un mil millones de dólares en Estados Unidos durante 2026. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En marzo, Gallup preguntó a los estadounidenses si aceptarían que se construyera un centro de datos de inteligencia artificial cerca de su casa. El 71% dijo que no, y casi la mitad se declaró muy en contra. En la misma encuesta, Gallup hizo la misma pregunta sobre una central nuclear, y la rechazó el 53%.

Durante medio siglo, la central nuclear fue el ejemplo de lo que nadie quería tener de vecino. En 1979 un reactor de Three Mile Island, en Pensilvania, se fundió parcialmente en el peor accidente nuclear de la historia de Estados Unidos. Desde que Gallup empezó a preguntarlo, en 2001, el rechazo a tener una central cerca nunca había pasado del 63%. Los centros de datos lo superaron la primera vez que se preguntó por ellos.

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Hoy hay más estadounidenses dispuestos a vivir al lado de un reactor que al lado de un edificio lleno de ordenadores.

Dirijo una empresa de inteligencia artificial médica en Estados Unidos, y cada respuesta que da pasa por un centro de datos. Sé lo que hay dentro de esos edificios: miles de servidores, ventiladores y tuberías de agua fría. Por eso esta encuesta me parece una gran oportunidad para Argentina.

Hasta Texas

El “Financial Times” cuenta que la rebelión ha llegado a Texas, el estado que lleva treinta años haciendo lo que haga falta por atraer empresas. Según la consultora Wood Mackenzie, Texas tiene más capacidad de centros de datos en construcción que ningún otro estado. Y en junio, una encuesta de la Universidad de Texas encontró que el 56% de los texanos no quiere uno en su comunidad, frente a un 29% que lo apoya. En las zonas rurales, el rechazo sube al 62%.

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Los políticos han tomado nota. El gobernador Greg Abbott anunció en noviembre de 2025, junto con Google, una inversión de 40.000 millones de dólares en tres campus de centros de datos, y llamó a Texas el epicentro de la inteligencia artificial. En septiembre ordenó frenar los permisos nuevos hasta auditar cuánta electricidad consumen. El condado de Hill aprobó en mayo una moratoria de un año para cualquier centro de datos nuevo.

La firma Meitner Energy proyectó una inversión de mil doscientos millones de dólares para construir un reactor nuclear modular en el complejo de Atucha. (REUTERS/Radovan Stoklasa)

Trump ha dicho que rechazar un centro de datos es un error, y Abbott le ha contestado que las empresas se lo han buscado. En todo Estados Unidos, al menos 20 proyectos se cancelaron en el primer trimestre de 2026 por la presión de los vecinos, y con ellos más de 41.000 millones de dólares de inversión, según el servicio de datos energéticos Heatmap Pro.

Heatmap también comparó el apoyo local a cada tipo de infraestructura: los centros de datos salen peor que los parques eólicos, las baterías y las centrales nucleares. Solo las líneas de alta tensión y las centrales de carbón tienen menos apoyo.

Lo que Texas sí acepta

Texas refina casi un tercio del petróleo de Estados Unidos, y alrededor de Houston está el mayor polo de refino del país. Los texanos conviven desde hace más de un siglo con refinerías, plantas químicas, de plásticos y de fertilizantes, y lo han pagado caro.

En 2005 explotó la refinería de BP en Texas City y murieron 15 trabajadores. En 2013 estalló el nitrato de amonio de una planta de fertilizantes en el pueblo de West: murieron 15 personas, 12 de ellas bomberos y sanitarios que habían ido a apagar el incendio. En 2019 ardieron durante días los tanques de una terminal química en Deer Park, junto a Houston, y las autoridades pidieron a los vecinos que no salieran de casa por el benceno en el aire.

¿Alguien ha visto salir una nube tóxica de un centro de datos? Por dentro es una nave de servidores con un sistema de refrigeración y generadores de reserva. Hace ruido, gasta mucha electricidad y, si se refrigera con agua, mucha agua. Pero no guarda productos químicos que puedan explotar, no obliga a nadie a encerrarse en casa y, si un día cierra, deja un edificio vacío y no un suelo contaminado durante décadas.

Comparado con una refinería o una planta química, un centro de datos es de lo más inofensivo que una economía puede construir. Los estadounidenses aceptaron durante un siglo industrias que mataban gente y hoy rechazan almacenes de ordenadores.

La factura de la luz

La queja de los vecinos tiene fundamento. Entre los estadounidenses que rechazan un centro de datos, la mitad le dijo a Gallup que le preocupa el consumo de recursos locales, sobre todo electricidad y agua. Los centros de datos ya gastan alrededor del 4,4% de la electricidad del país, y el laboratorio nacional Lawrence Berkeley calcula que en 2028 pueden llegar a entre el 6,7% y el 12%.

Cuando una empresa conecta a la red del barrio un consumo del tamaño de una ciudad, el vecino teme que la ampliación la pague él. Las encuestas también dicen cómo se resuelve. En julio, Morning Consult encontró que el 78% de los votantes quiere que las empresas paguen las mejoras de la red que necesitan sus proyectos.

El clima frío de la Patagonia y las reservas de gas de Vaca Muerta posicionan a Argentina como una alternativa para la infraestructura tecnológica. (REUTERS/Shelby Tauber)

La consultora Recon Analytics preguntó por centros de datos con generación propia: alimentados por su propia planta solar o eólica y separados de la red local, tienen 27 puntos netos de apoyo; con esa misma energía conectada a la red de los vecinos, el saldo cae a 8. Con gas pasa lo mismo: separado de la red, 3 puntos a favor; conectado, 14 en contra. Lo que asusta a los estadounidenses es compartir el cable con el centro de datos.

En Wamani, mi campo en Mendoza, no llega ningún cable: ni teléfono, ni electricidad de la red. Toda la energía que usamos tiene que generarse allí. Un centro de datos puede funcionar igual, con su propia central al lado, y entonces su consumo deja de ser un problema del vecino.

Las grandes tecnológicas ya han llegado a la misma conclusión, y la respuesta que han encontrado es nuclear. En 2024 Microsoft firmó un contrato de 20 años para reabrir la Unidad 1 de Three Mile Island, cerrada en 2019 por razones económicas y vecina del reactor que se fundió en 1979, y quedarse sus 835 megavatios para sus centros de datos. Si se cumplen los plazos, volverá a funcionar en 2027 con el nombre de Crane Clean Energy Center.

Meta firmó otro contrato de 20 años con la central de Clinton, en Illinois. La central que fue el símbolo del miedo nuclear en Estados Unidos va a alimentar el edificio que hoy los estadounidenses temen más.

Lo que tiene Argentina

Argentina tiene todo lo que Texas ya no quiere poner. Tiene el gas de Vaca Muerta, en Neuquén, una de las mayores reservas de gas no convencional del mundo. Tiene el viento de la Patagonia, de los más fuertes y constantes del planeta. Tiene frío: en buena parte del sur, el aire de fuera basta casi todo el año para refrigerar servidores, que es uno de los mayores costos de un centro de datos, y se gasta mucha menos agua. Y tiene enormes extensiones de tierra barata, lejos de cualquier barrio.

También tiene una tradición nuclear que pocos países tienen. Atucha I, conectada en 1974, fue la primera central nuclear de América Latina. Hoy tres reactores, Atucha I, Atucha II y Embalse, producen alrededor del 7% de la electricidad del país. INVAP, la empresa estatal de Bariloche, ha vendido reactores de investigación a países como Australia.

En julio, el Gobierno anunció que Meitner Energy, una empresa estadounidense y argentina, invertirá 1.200 millones de dólares en un reactor modular de 300 megavatios en el predio de Atucha: el ACR-300, diseñado por ingenieros argentinos. Y el Organismo Internacional de Energía Atómica firmó con Argentina un acuerdo para desarrollar reactores pequeños pensados para abastecer centros de datos.

Lo que no tiene es escala. Según la Cámara Argentina de Internet, el país tiene 13 centros de datos de más de 1 megavatio, con unos 32 megavatios en total. El tamaño medio de un centro de datos en Estados Unidos ya es de 80 megavatios. Uno solo, de tamaño medio, tiene más del doble de potencia que todos los grandes centros argentinos juntos.

¿Pasará en Argentina lo mismo que en Texas? Puede pasar si se repiten los errores de Texas. Pero las reglas argentinas ya van en la dirección correcta. Desde septiembre, la Secretaría de Energía exige a los grandes consumidores, centros de datos incluidos, tener contratado al menos el 80% de la energía que usan y potencia firme de respaldo. Y el texto del Súper RIGI que se negocia en el Senado obliga a cada proyecto a demostrar que no compromete la infraestructura de su zona.

Lo que falta

Milei lo ha entendido. En junio escribió en el “Financial Times que Argentina estaba abierta a los negocios de la inteligencia artificial. En septiembre, ante la Asamblea General de la ONU, prometió: “En Argentina no le vamos a poner un cepo a la inteligencia artificial”. Y en octubre, en la Cámara de Comercio de Estados Unidos, en Washington, lo dijo sin rodeos: “No vamos a regular la inteligencia artificial. La vamos a dejar libre”.

La agencia AP contaba la semana pasada que, mientras vecinos y gobiernos de Estados Unidos y Europa combaten los centros de datos, Milei ofrece Argentina como refugio para ellos. Lo que falta es la ley.

El Súper RIGI baja el impuesto a las ganancias de las empresas al 15%, frente al 35% general, y da 30 años de estabilidad fiscal a las inversiones de más de 1.000 millones de dólares en industrias nuevas, centros de datos incluidos. Diputados lo aprobó en junio. En el Senado lleva meses parado: los aliados del Gobierno pidieron cambios, el dictamen se cayó en septiembre y en octubre volvió a postergarse. Si el Senado lo modifica, tendrá que volver a Diputados. Mientras tanto, las inversiones esperan.

El régimen del Súper RIGI ofrece 30 años de estabilidad fiscal y una rebaja impositiva para atraer inversiones superiores a 1.000 millones de dólares. (REUTERS/Alejandro Martinez Verez)

En octubre de 2025, OpenAI y Sur Energy firmaron una carta de intención para un centro de datos de 500 megavatios en la Patagonia, con una inversión de hasta 25.000 millones de dólares. Un año después sigue en el papel.

Los críticos dicen que el Súper RIGI regala impuestos a multinacionales que crean pocos empleos. Es cierto que un centro de datos, una vez construido, da trabajo fijo a pocas decenas de personas. Pero cada centro necesita su central. Reabrir Three Mile Island para Microsoft va a crear 3.400 empleos directos e indirectos, según un estudio independiente que cita Constellation, su dueña. Un centro de datos en la Patagonia arrastra centrales, líneas de alta tensión y fibra óptica que se quedan en el país.

Los estadounidenses han decidido que prefieren tener cerca un reactor nuclear antes que un edificio lleno de ordenadores. Argentina tiene el gas, el viento, el frío, la tecnología nuclear y un presidente que quiere recibirlos.

Que el Senado apruebe el Súper RIGI.

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