Cada 1° de noviembre, la Iglesia celebra la fiesta de Todos los Santos. Es una celebración curiosa: reúne en un mismo día a miles de hombres y mujeres cuyas vidas fueron tan distintas que cuesta encontrar entre ellos un denominador común.
Algunos fueron mártires, otros misioneros; hubo grandes maestros y personas sin instrucción, contemplativos que pasaron su vida en oración y hombres y mujeres que se dedicaron a cuidar enfermos, acompañar a los pobres o enseñar.
PUBLICIDAD
La Iglesia no podría incluir en el calendario todas las fiestas de quienes vivieron la santidad a lo largo de la historia. Por eso, esta celebración nos invita a mirar ese inmenso conjunto de personas que, conocidas o anónimas, hicieron de su vida una respuesta al amor de Dios.
Y quizás allí encontremos una de las enseñanzas más hermosas de esta fiesta: no hay un único modelo de santidad.
A veces tenemos una imagen equivocada de los santos. Los imaginamos como personas excepcionales, casi de otra naturaleza, con una personalidad siempre equilibrada, sin contradicciones ni dificultades.
PUBLICIDAD
Sin embargo, cuando nos acercamos a sus historias descubrimos que fueron muy diferentes entre sí. Algunos eran reflexivos, otros impulsivos; algunos tenían una gran capacidad intelectual, otros se destacaban por su sencillez. Los hubo alegres, temperamentales, silenciosos, emprendedores, contemplativos y hasta grandes reformadores.
Lo que tenían en común no era su temperamento ni sus capacidades, sino haber permitido que Dios trabajara en sus vidas.
Podríamos decir que la gracia de Dios es como una fuerza que llega a cada persona, pero que encuentra en cada una una historia, una sensibilidad y una capacidad diferentes. Como si la misma luz atravesara distintos cristales y se expresara en colores diversos.
PUBLICIDAD
Dios no necesita que todos seamos iguales. Nos invita a poner lo que somos al servicio de algo más grande. Por eso, la santidad no consiste en convertirnos en otra persona, sino en dejar que Dios transforme nuestro corazón. No se trata de copiar la vida de otro, sino de descubrir qué podemos hacer nosotros con los dones que recibimos.
Y aquí aparece la esperanza. Porque la esperanza cristiana no es simplemente esperar que las cosas cambien, que la realidad mejore o que algún día desaparezcan nuestros problemas. Tampoco es una actitud ingenua frente a las dificultades.
Es confiar en que Dios puede hacer algo nuevo con nuestra vida, aún en medio de las circunstancias que nos toca atravesar.
Los santos no fueron personas que esperaron a que el mundo fuera perfecto para comenzar a vivir de otra manera. Muchos de ellos vivieron en tiempos de guerras, enfermedades, injusticias y grandes conflictos. No pudieron cambiarlo todo, pero hicieron lo que estaba a su alcance.
PUBLICIDAD
Algunos entregaron su vida, otros dedicaron sus días a aliviar el sufrimiento de los demás. Cada uno encontró una manera de responder.
San Pablo decía que «la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Romanos 5,5). No se trata de una promesa de que todo saldrá como queremos, sino de la certeza de que no estamos solos y de que nuestra vida puede dar frutos incluso en las circunstancias más difíciles.
La fiesta de Todos los Santos nos recuerda que la santidad no es un privilegio reservado a unos pocos ni una meta imposible para personas extraordinarias. Es una vocación que se juega en la vida cotidiana, en nuestras relaciones, en el trabajo, en la familia, en la manera de mirar y tratar a los demás.
PUBLICIDAD
Quizás no podamos cambiar el mundo entero. Pero podemos empezar por dejar que Dios cambie algo en nosotros. Y desde allí, con nuestras posibilidades y limitaciones, hacer un poco más habitable el mundo de los que nos rodean.
La santidad no consiste en quedarnos esperando que todo cambie. Consiste en confiar en que Dios puede transformar nuestra vida y ayudarnos a transformar, aunque sea, un pequeño rincón del mundo.
PUBLICIDAD