La grieta que la Argentina necesita cerrar no es solamente la que enfrenta a los partidos políticos. Existe otra mucho más profunda y dolorosa: la desigualdad que atraviesa la vida de los excluidos, jubilados, trabajadores, de familias endeudadas que ya no pueden afrontar sus compromisos, de pequeñas y medianas empresas que cierran sus puertas y de comercios que luchan por sobrevivir. Del otro lado están quienes conservan privilegios y eligen mirar para otro lado frente a las dificultades que atraviesan millones de argentinos. Unir a los argentinos significa enfrentar esa fractura social y reconstruir un país donde el progreso y las oportunidades estén al alcance de todos.
En los últimos meses, Jorge García Cuerva, Dante Braida, el cardenal Ángel Rossi y el presidente del Episcopado, Marcelo Colombo, han expresado su preocupación por la situación social. Comparto esas advertencias. La Iglesia no habla de pobreza, trabajo y dignidad por conveniencia política. Lo hace porque constituye un mandato del Evangelio. Así lo demuestra la labor de Cáritas, los curas villeros y tantas instituciones que acompañan a quienes más lo necesitan.
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Hace muchos años, el expresidente Arturo Frondizi me transmitió una enseñanza que nunca olvidé: la Iglesia católica constituye uno de los factores más importantes de cohesión nacional. La mediación papal en el conflicto con Chile y el diálogo impulsado por la Iglesia durante la crisis de 2001, del que participé personalmente, son ejemplos de su contribución a la convivencia nacional.
Siempre he sostenido que las encíclicas sociales de la Iglesia son un faro para los dirigentes de cualquier organización, empresaria, sindical, política o comunitaria. Desde Rerum Novarum, de León XIII, hasta Fratelli Tutti, de Francisco, encontramos enseñanzas que trascienden las creencias religiosas. Son una guía para quienes tenemos responsabilidades de conducción y nos recuerdan que la economía debe estar al servicio de las personas.
En su encíclica Magnifica Humanitas, León XIV retoma esa tradición frente a uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la inteligencia artificial y sus consecuencias sobre el trabajo, la sociedad y la dignidad humana. Así como León XIII abordó las desigualdades de la revolución industrial, León XIV nos invita a reflexionar sobre un progreso tecnológico que no puede quedar reservado a minorías privilegiadas. La innovación, la propiedad y el desarrollo económico deben contribuir al bien común, sin generar nuevas formas de exclusión.
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Esta enseñanza adquiere particular relevancia en la Argentina. A lo largo de mi trayectoria en la representación de las pequeñas y medianas empresas he sostenido que las PyMEs son mucho más que unidades económicas: representan familias, trabajadores, proveedores y comunidades enteras. Cuando una pequeña empresa cierra, no desaparece solamente una actividad productiva. También se pierden empleos, historias familiares y oportunidades de progreso. Defender a las PyMEs es defender el trabajo argentino y la posibilidad de construir una sociedad integrada.
El país necesita recuperar la producción, fortalecer el mercado interno y promover un desarrollo integral y federal. Con ese espíritu participo de Fuerza SUMA, un espacio plural que promueve el encuentro entre empresarios, trabajadores, profesionales y jóvenes, inspirado también en los principios de la doctrina social de la Iglesia. La unidad nacional no puede limitarse a acuerdos entre dirigentes: debe expresarse en oportunidades concretas para quienes producen, trabajan y buscan progresar.
La próxima visita de León XIV tendrá un valor histórico y simbólico extraordinario. La Argentina se prepara para recibir a un Papa por primera vez desde la llegada de San Juan Pablo II en 1987, hace casi cuarenta años. Tuve el privilegio de participar en iniciativas vinculadas con aquella visita y recuerdo la esperanza que despertó en nuestra sociedad. Hoy volvemos a encontrarnos ante una oportunidad excepcional para recuperar el diálogo, la fraternidad y el sentido de pertenencia nacional.
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Jorge Bergoglio fue uno de los grandes impulsores del diálogo interreligioso en nuestro país. Su legado nos recuerda que es posible construir puentes entre personas de distintas creencias y convicciones. Ese mismo espíritu debe orientar nuestra convivencia nacional. Nuestros obispos tienen la responsabilidad de continuar expresándose con libertad y los dirigentes debemos escuchar sus enseñanzas sin prejuicios ni condicionamientos partidarios.
La llegada de León XIV debe ayudarnos a volver a mirar la realidad de los excluidos, de las familias, de los trabajadores y de las PyMEs. Su encíclica nos recuerda que ningún progreso será verdaderamente humano si deja a millones de personas al margen de sus beneficios. La Argentina necesita una palabra que una, pero también decisiones que transformen esa unidad en trabajo, producción, solidaridad y justicia social. Porque la verdadera grieta que debemos cerrar es la que separa a quienes tienen oportunidades de quienes han perdido la esperanza de progresar.
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