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Entre lo colectivo y la casta

Cuando el poder sirve a quienes ya tienen todo, queda poco espacio para construir algo nuevo

El presidente Javier Milei (Imagen Ilustrativa generada con IA)

La política es un arte, y como tal, exige vocación, entrega y la imposición de su rumbo por encima de lo individual. La política es también un destino que implica ocuparse de lo colectivo, es decir, superar toda codicia o ambición individual. Esos serían los elementos centrales de una vocación política, de una entrega que, además, debe transitar por un cierto nivel de sabiduría, lo cual la obliga a salir del sectarismo, de esos lugares donde el fanatismo es la única forma de imponer un límite al temor a la duda.

Nací y crecí en una sociedad donde la política estaba en manos de pensadores, de filósofos, de ideólogos, de soñadores, y por ella se entregaba hasta la vida. Hoy vivo en una sociedad donde, en nombre de la codicia personal, de los ahorros, de las monedas, de la renta financiera, en otras palabras, de aquellos que Cristo expulsó del templo, se intenta desarrollar lo colectivo como simple expansión de la enfermiza avidez individual.

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Nuestro pasado cercano tiene muchas explicaciones y algunas justificaciones, pero, en rigor, hay solo un dato indiscutible: desde el último golpe militar hasta el presente, nuestra sociedad sólo vive una triste pendiente de decadencia. Algunos insisten en repensar o reformular un proyecto. En verdad, la mera ética es un proyecto en sí mismo y cuando los argentinos vemos con cotidiana vergüenza el comportamiento de esa despreciable institución a la que fundamos como Justicia y hoy actúa solo al servicio del vencedor, sentimos dolor y nos preguntamos si con esa imprescindible estructura podremos construir una nueva sociedad.

No hay abogados que liberen culpas ni acusaciones que transiten gratuidades. Nuestra realidad es que el interés individual se ha impuesto a las necesidades colectivas, y en ese sentido, hoy da la impresión de que todas las empresas construidas por el conjunto de la sociedad argentina debieran pasar mediante una ley universal inexistente y falsa a manos de personajes que no merecen ni siquiera el más mínimo respeto de nuestra parte. El RIGI es una expresión patética donde un conjunto de despreciables gobernadores entregan sus votos por unos pesos, unas rutas o unas escuelas a una concepción ideológica por la cual los grandes grupos económicos no tienen que hacerse cargo de los impuestos que luego sí les tocarán, como el impuesto al cheque, a las dolidas y dañadas empresas nacionales.

Me repugnan los personajes que en los medios expresan que los cambios son dolorosos, porque no aclaran que ese daño cae sobre el dañado, o sea, el dolor de la clase media es el dolor de ya no ser, como diría el tango, y la Argentina está dando el paso hacia una sociedad en la que la industria y el comercio ya no consolidarán esa poderosa clase media que nos diferenciaba de muchos países del continente. En este arduo presente, en un proceso acelerado, se dice que destruirla representaría un gran ahorro. Esa clase de industriales y comerciantes a cambio de grandes grupos económicos que, según un atroz artículo reciente, justifican ese acto delictivo y degradante que implica el derrame, que significa, ni más ni menos, que convertir en lástima lo que debía participar del espacio de la justicia. Es como aquella expulsión de Evita de las Damas de Beneficencia. Hace poco, me tocó hablar con un gran empresario que se ocupa de tales dádivas, y tomé conciencia plena de su desprecio por lo colectivo. En verdad, la beneficencia que realiza -entre otras cosas para pagar menos impuestos- tiene su cuota de supuesta generosidad, está basada en la idea esencial de que los grandes grupos económicos demuestran que con su lástima son más justicieros que los países que lograron una integración social que no necesitaba ni de esas riquezas ni de esas donaciones.

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Asombra cómo el fanatismo degrada y limita el pensamiento, y gente que podía ser respetada antes de ingresar a ese tipo de triste dependencia, de pronto pierde hasta la capacidad de pensar, porque la obligación de aplaudir aquello que no se entiende o con lo que ni siquiera se coincide, los va convirtiendo en seres menores que pueden justificar por cargos y riqueza lo peor del ser humano, que es la venta de su libertad de pensamiento. Que un gobierno que hace pocas semanas haya propuesto la venta libre de nuestras tierras intente ahora convertirse en un heroico defensor de nuestras islas Malvinas, es una mezcla de vergüenza ajena e hiperbólica simulación.

Otro tema triste de la realidad política. Acompañé a Néstor y Cristina en su desarrollo, cuya base esencial fue dada por el doctor Eduardo Duhalde, a quien ellos traicionaron poco después de haber logrado su triunfo. Esta memoria me lleva a considerar ingenuos o poco dotados intelectualmente a aquellos que dicen que si Kicillof rompe con Cristina estaría ejerciendo una traición...Que le pregunten a Duhalde de qué se trata. En cuanto a esta interna peronista, es indudable que el gran soporte de Milei es el miedo al pasado, a ese pasado que eligió a Boudou, a Scioli o a Alberto Fernández, pasado que, en mi opinión, se expresa en la patética imagen de Cristina y su obsesión por el poder. Lo cierto es que solamente sin ella podremos ocupar el lugar de alternativa, dejando de lado el riesgo de un retorno que nadie soportaría.

Cuando pienso en la política, la centro, además, en personajes como Pepe Mujica o Julio Sanguinetti, ambos dignos del más absoluto respeto por su entrega, por su formación o en Lula. Mujica y Lula, junto con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, marcan una conciencia clara de lo que es la política, hecho que en las últimas décadas no se repitió en nuestras tierras. El cambio hacia una nueva política que exprese la conciencia colectiva no se va a dar por leyes de ficha limpia ni por nada semejante, sino simplemente a través de la aparición de cuadros políticos cuya característica esencial sea su desinterés por lo económico. De lo contrario, terminaremos en decadencias como las actuales, donde se les bajan los impuestos a los grandes empresarios mientras se les reducen los subsidios a los discapacitados, medidas que básicamente nada tienen que ver con el respeto a la moneda - una muestra de limitación mental-, sino con la perversión de que el fuerte termine disfrutando de su triunfo patético y rastrero sobre el débil.

En síntesis, la política es la vocación de lo colectivo y la casta, la de lo individual. Entre esos dos puntos no hay un medio, hay una fractura, y la búsqueda de algo intermedio se sintetiza en la búsqueda de la decadencia de lo colectivo.

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