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Adam Smith en Argentina

A 250 años de La riqueza de las naciones, el pensamiento liberal cobra vigencia en el debate económico actual de Argentina

La obra de Adam Smith subraya la necesidad de reglas claras e instituciones sólidas para garantizar inversión y prosperidad en el país. (REUTERS/Lesley Martin)

Lejos de ser un texto del pasado, el pensamiento de Adam Smith ofrece claves concretas para pensar el crecimiento, la estabilidad y la prosperidad en la Argentina de Javier Milei.

A 250 años de su célebre obra, La riqueza de las naciones, la vigencia de sus ideas aplicadas a la política representa un batacazo para las ideas de la libertad. Se trata de un libro y un autor que lejos está de representar un dogma, una corriente fanática o una doctrina obstinada. Al contrario, Adam Smith se enseña hasta en las universidades más progresistas de Argentina y el mundo.

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Es que la obra es más que un principio liberal, es el entendimiento más genuino del sentido de la economía. En el libro están los principios básicos: la mano invisible, el interés propio como innovación empresarial, la división internacional del trabajo, la competencia para bajar los precios y hasta el resultado social como derivación de la búsqueda del beneficio personal.

“la competencia para bajar los precios y hasta el resultado social como derivación de la búsqueda del beneficio personal”.

Todos esos conceptos no sólo resisten el paso del tiempo: se proyectan como una guía posible para países que buscan salir del estancamiento y la hiperregulación. En Argentina, donde la crisis económica endémica le dio una oportunidad finalmente a una opción liberal, Adam Smith demostró que sus ideas podían aplicarse no sólo fuera de las aulas, sino dos siglos y medio después. Y no en su Escocia natal, sino en el extremo sur del continente americano.

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La esencia de SmithLa gracia del autor escocés estuvo en mostrar con simpleza conceptos que aparentaban complejos. Eso lo llevó a entender algo esencial en economía: la prosperidad no se decreta, sino que se construye. Y se construye cuando existen reglas claras, incentivos correctos y libertad para producir, intercambiar e innovar. En otras palabras, el crecimiento no depende de la voluntad política, sino de liberar la energía creativa de la sociedad.

Ese principio encuentra eco en la agenda argentina. La estabilización macroeconómica, la reducción del déficit y la desregulación no son fines en sí mismos, sino condiciones necesarias para que el sistema de precios vuelva a cumplir su función de coordinar decisiones, atraer inversión y generar empleo.

Pero la verdadera riqueza del pensamiento de Smith aparece cuando se lo lee en conjunto con otra obra maestra: la Teoría de los sentimientos morales. Allí plantea que el mercado no es un mecanismo frío, sino una institución que descansa sobre normas sociales, confianza y justicia. “Por más egoísta que se suponga al hombre…”, escribe, “siempre existen principios que lo conectan con los demás”.

Básicamente, un programa económico exitoso no solo necesita equilibrio fiscal y estabilidad monetaria: requiere instituciones previsibles, respeto por la ley y un clima de confianza que incentive a invertir y producir. Sin ese marco, la libertad económica pierde eficacia.

En este sentido, el legado de Smith permite pensar una agenda propositiva en tres niveles:

Primero, reglas claras y estables. La seguridad jurídica es el cimiento del crecimiento. Sin previsibilidad, no hay inversión de largo plazo.

Segundo, competencia real. Smith advertía que los privilegios y acuerdos entre sectores atentan contra el bienestar general. Abrir la economía no es solo importar más, sino evitar mercados cerrados y concentrados.

Tercero, un Estado eficaz. Lejos de desaparecer, el Estado debe enfocarse en lo esencial: justicia, seguridad e infraestructura. Allí donde el mercado no llega, su rol es insustituible.

La Argentina enfrenta hoy una oportunidad singular: ordenar su economía después de años de desequilibrios profundos. En ese proceso, recuperar las ideas de Adam Smith no implica copiar el siglo XVIII, sino entender principios que siguen vigentes en el XXI.

A 250 años, este autor deja la enseñanza de que el desarrollo no depende de recetas mágicas, sino de instituciones que permitan a las personas desplegar su potencial. En un país que busca volver a crecer, esa no es solo una reflexión teórica. Es una hoja de ruta posible.

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