Cuando en 2013 Christina Koch (Michigan, 1979) recibió una llamada para ser elegida como una de las ocho integrantes de la 21.ª promoción de astronautas de la NASA, entre más de 6.000 aspirantes, estuvo a punto de disculparse y colgar. “Estaba tan segura de que aquella llamada iba a traer malas noticias que casi empecé a darles las gracias por su tiempo antes de que pudieran hablar”. Koch, ingeniera eléctrica y física de profesión, era para entonces jefa del Observatorio de Samoa Americana, una estación científica de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA). Siempre había querido ser astronauta, pero para lograrlo optó por hacer lo que le apasiona: “trastear y aprender” cómo funcionan las cosas. El teléfono le despertó de madrugada. Era la astronauta Janet Kavandi: “Me dijo: ‘No, no, quiero que te unas a nuestro equipo’. Me quedé completamente atónita, no podía hablar”.
Trece años después, aquella ingeniera que estudiaba la atmósfera desde uno de los lugares más remotos del mundo ha sido la primera mujer en viajar hasta las inmediaciones de la Luna con la misión Artemis II, completada con éxito el pasado mes de abril. Ya en 2019 hizo historia: Koch ostenta el récord del vuelo espacial individual más prolongado realizado por una mujer, con 328 días consecutivos a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS) entre 2019 y 2020. Ese mismo año participó en la primera caminata espacial exclusivamente femenina. Una trayectoria de récord por la que este viernes, 23 de octubre, recibirá el Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2026, concedido porque “su esfuerzo de superación personal ha contribuido a extender las fronteras de la humanidad”.
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La niña que soñaba con explorar el mundo
Su fascinación con el espacio comenzó desde niña. Pese a que Koch nació en Grand Rapids, Michigan, creció en Jacksonville, una localidad de Carolina del Norte, donde pasó buena parte de su infancia. “Todos los que me conocen, incluso mi maestra de infantil, recuerdan que decía que quería ser astronauta. Creo que se remonta a que siempre me han gustado las cosas que me hacían sentir pequeña”, recordó en una entrevista con la NASA. Debido a su afán por construir cosas y entender el mundo, se licenció en Ingeniería Eléctrica y en Física en la Universidad Estatal de Carolina del Norte y, posteriormente, completó un máster en Ingeniería Eléctrica.
Tras graduarse, comenzó a trabajar como ingeniera eléctrica en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, pero lo abandonó para trasladarse a la Antártida, en la estación Amundsen-Scott del Polo Sur, donde participó en labores científicas y de apoyo a los equipos de emergencia. “Mucha gente me desaconsejó hacerlo porque tenía un trabajo perfectamente bueno como ingeniera en la NASA”, reconoció en una entrevista publicada en septiembre de 2026 por su antigua universidad. Sin embargo, esto fue clave para su candidatura como astronauta. “Cuando me presenté a la selección, hablamos mucho más de la Antártida que de ingeniería eléctrica. Lo mismo ocurrió con la escalada”, recordó.
El 14 de marzo de 2019, seis años después de aquella llamada, Koch despegó hacia la Estación Espacial Internacional a bordo de una nave rusa Soyuz. Volvió en febrero de 2020. En total, pasó 328 días consecutivos en el espacio. Sin embargo, todo cambió el pasado mes de abril, cuando durante nueve días el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover y el especialista de misión Jeremy Hansen, junto con Koch, fueron los primeros en ver con sus propios ojos algunas zonas de la cara oculta de nuestro satélite. En esos días, junto a Hansen, se quedó a cargo de las tareas técnicas y científicas fundamentales y de asegurarse de que todo funcione a bordo. Entre ellas, arregló el retrato: “Soy la fontanera espacial”, dijo con orgullo.
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Pero lo que más impresionó a Koch durante aquel viaje no fue la Luna, sino contemplar la Tierra desde una distancia que muy pocos seres humanos han alcanzado. “No solo reparé en su belleza, sino también en toda la oscuridad que la rodeaba, y eso la hacía todavía más especial”, explicó tras la misión. Aquella imagen le hizo reflexionar sobre aquello que une a la humanidad: “Me hizo darme cuenta de lo mucho que nos parecemos, de que lo mismo mantiene con vida a todas las personas del planeta. Hay cosas que compartimos en nuestra forma de amar y vivir que son universales”.
Una reflexión que ha recuperado este martes en Oviedo, durante los actos previos a la entrega de los Premios Princesa de Asturias. “Somos todos la misma tripulación, no tenemos que centrarnos en nuestras diferencias”, ha defendido la astronauta, que ha encontrado en la exploración espacial una manera de reivindicar la cooperación entre los seres humanos. “Si quisiera un premio, querría el de la Concordia”, ha reconocido.
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