La mañana siguiente al anuncio del premio Planeta (cerca del mediodía en Barcelona, pero apenas unas horas después de la ceremonia de premiación), Infobae Cultura le preguntó a Isabel Allende: “Usted es una estrella de la literatura global, es la escritora más leída de habla hispana del mundo, ahora recibe el premio Planeta. ¿Qué más le queda por conseguir?”. Y ella respondió, pícara: “Tener un cuarto marido”.
Ahí está, condensada en cinco palabras y una carcajada, la esencia de una mujer de 84 años que lleva medio siglo desafiando cualquier expectativa que le pongan delante. Allende acaba de ganar la 75.ª edición del galardón literario mejor dotado en lengua española —un millón de euros— con La hora antes del alba, secuela directa -aunque no “continuación” como ella misma se encargó de aclarar- de La casa de los espíritus, la novela que la catapultó al estrellato en 1982 y de la que ha vendido 75 millones de ejemplares en 50 idiomas. Cuarenta y cuatro años después, la chilena nacida en Lima regresa al universo de los Trueba para contar qué fue de Alba, la nieta del patriarca, tras los años del terror dictatorial en América Latina.
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Un terremoto en la industria editorial
El premio no solo consagra una trayectoria: dinamita el mapa editorial y genera el pase del año. Durante más de cuatro décadas, Allende fue un pilar de Plaza y Janés, sello absorbido por Penguin Random House. Ahora, su fichaje por el Grupo Planeta supone un golpe de efecto mayúsculo: fuentes del sector especulan con que la operación total podría multiplicar por tres o cuatro la cuantía oficial del galardón, según consignó el diario El País. La autora se presentó al certamen bajo el seudónimo de Luz Ventura, sin avisar a sus editores de toda la vida. “Nunca me había presentado a un concurso para evitar la humillación de quedar a la cola. A mi edad hay muy poco que perder”, declaró al recoger el trofeo de manos de los reyes Felipe VI y Letizia ante los aplausos de los asistentes puestos en pie en la Fira de Montjuïc.
El Planeta tiene tradición de atraer autores de la competencia: Carmen Mola en 2021, Javier Cercas en 2019, Juan Marsé en 1978. Pero ninguno de esos casos tiene la dimensión simbólica de arrebatar a la escritora hispana más vendida del planeta a la editorial que publicó cada uno de sus más de 30 títulos.
La escritora argentina Florencia Canale, que creció leyéndola como tantas otras, lo resume con precisión: Allende fue la mujer sudamericana que abrió la puerta masiva a las escritoras de esta parte del mundo. “Es una integrante del boom —dice desde Londres, donde presentó su reciente novela Maldita—. Estuvo lleno de escritores extraordinarios en este lado del mundo. Y ella, con su tamañito miniatura, dio combate y sigue dándolo”. Canale subraya un rasgo que la distingue del resto del canon: la capacidad de Allende para seguir provocando polémica, para seguir siendo interesante a una edad en la que muchos escritores se repliegan. “Me conmueve que siga escribiendo, que siga dando batalla, que siga peleándose contra los horrores del mundo. Eso no es poco, cuando uno muchas veces pierde las ganas con muchos menos años”.
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Canale pone el dedo en otro punto sensible: Allende quiso ser, además de narradora sentimental, una escritora política. El apellido que porta —sobrina de Salvador Allende, el presidente derrocado por Pinochet en 1973— la marcó para siempre. Su familia huyó al exilio en Venezuela con los hijos pequeños, y ese desgarro late en cada una de sus novelas.
Una vida de tragedias convertidas en literatura
La biografía de Allende parece escrita por ella misma. Un padre diplomático que abandonó a la familia y al que solo vio una vez, cuando la llamaron a la morgue para identificar su cuerpo. Un padrastro, el legendario “tío Ramón”, que le enseñó a tener confianza en sí misma y a bailar todos los ritmos de moda en una sola tarde, antes de llevarla llorando a su primera fiesta. Una familia de “lunáticos” —según sus propias palabras— que inspiró a los Trueba: un tío senador que daba discursos en verso, otro que se quitaba los pantalones para dárselos a los mendigos, una tía a la que le habían salido “alas de querubín en la espalda”.
Pero la tragedia más devastadora fue la muerte de su hija Paula, fallecida en 1992 a los 29 años tras una crisis de porfiria que derivó en un daño cerebral irreversible. Allende la trasladó a California y Paula murió en sus brazos. Del duelo nació el libro homónimo, quizás su obra más desgarradora. “Me parece que le pasó de todo, principalmente la muerte de una hija, nada peor que eso —observa Canale—. Y pudo levantarse y seguir adelante. No intento decir que esto sea un ejemplo de vida, porque seguramente muchas personas no pueden sobrellevar semejante tragedia... Pero ella pudo, y a mí eso me conmueve enormemente”.
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Tres maridos, una vitalidad intacta y una ironía afilada
A sus 84 años, Allende vive en una casa frente a la bahía de San Francisco con su tercer marido, el abogado Roger Cukras, que se enamoró de su voz al escucharla en la radio del auto. El escritor y periodista Jorge Fernández Díaz, que la entrevistó en el Teatro Cervantes de Buenos Aires durante lo que ella anticipó como su última gira, este año, la describe como una mujer “dotada de una inteligencia aguda y divertidísima”, llena de “una energía sobrenatural”. En una nota publicada en el diario español ABC, recuerda que Allende pidió antes de salir al escenario: “Nada de diálogo académico, vamos a reírnos”. Y a eso se dedicó durante una hora, con un público que estallaba en carcajadas y aplausos.
Esa frescura que Fernández Díaz detectó detrás de escena es la misma que desplegó en Barcelona. Cuando le preguntaron sobre la madurez que debería traer la edad, responde: “Se supone que la gente va madurando. Yo no he madurado nada. Ha pasado el tiempo, no más”. Acto seguido confesó que le sigue gustando Antonio Banderas y que si vive lo suficiente tendrá el mentado “cuarto marido”.
Allende lo dijo sin rodeos la noche de la premiación: “Tener el Planeta es como ganar el Nobel. Te da una categoría en el mundo de la literatura que quiero tener”. La frase revela la herida que ningún bestseller logró cerrar: el desdén de la crítica especializada, que durante décadas la relegó al casillero de autora “comercial” mientras repartía laureles entre sus pares masculinos del boom. Este es el primer gran premio literario español que recibe, y llega en un momento en que ella misma advierte que quizá sea su última gira.
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Fernández Díaz insinúa que detrás del Planeta late algo más hondo que el dinero: “A ciertas edades y con cierto estatus, se anhela un premio gordo que no sea el de la lotería. Uno de esos que otorgan al premiado esa clase de barniz y trascendencia que no dan los millones de ejemplares vendidos”. Para Allende, que ha convertido cada tragedia personal en materia narrativa y cada entrevista en un acto de irreverencia vital, el galardón funciona como una reivindicación tardía y, al mismo tiempo, como un nuevo comienzo: ahora vuelve a las librerías con la historia que sus lectores le pedían desde hace cuatro décadas, esta vez bajo un sello distinto.
En la misma rueda de prensa del día siguiente al premio, le preguntaron si pensaba retirarse. Isabel Allende sonrió y respondió: “Escribir es mi oxígeno. Si dejo de escribir, me muero. Y no pienso morirme todavía”.
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