Un libro no cae en el vacío: es producido por y para un contexto. Hacía tiempo que Roberto Gargarella venía quitándole la hojarasca a la izquierda, buceando entre conceptos y nociones, capas y capas de interpretaciones forzadas, para por fin dar con algunas esencialidades, con algunas ideas originarias que resistan el cruel e interesado paso del tiempo. Entonces escribió Izquierda y política, que sale ahora, en una época donde, en sus propias palabras, “el ambiente se ha enrarecido ideológicamente”.
“Ante toda esta batalla antiwoke, que es tan agresiva, me era especialmente importante y atractiva la reivindicación de un modo de pensar la política, que creo que es el que vale la pena. Cuando uno dice ”izquierda", pero también cuando dice “derecha”, las cuestiones aparecen tan emotivamente cargadas que la discusión se complica o se enrarece o va por cualquier lado, si uno no aclara de qué está hablando. Por eso, en el libro hice un ejercicio de clarificación conceptual”, comenta del otro lado del teléfono.
Este abogado, sociólogo y jurista argentino cuenta con más de 25 libros. Manifiesto por un derecho de izquierda, El derecho como una conversación entre iguales y La sala de máquinas de la Constitución, son algunos. Ahora, en este nuevo título, parte de un problema concreto. Frente a la idea del consenso mágico, escribe que “solemos estar muy en desacuerdo en torno a nuestras convicciones más básicas”, pero además, “estamos lejos de tener un acuerdo acerca de lo que significa ser de izquierda“.
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“Históricamente Argentina y América Latina experimentaron con muchos modelos político-ideológicos diferentes. Depende de cómo definimos las cosas, y a mí me interesa una definición muy particular. Yo sitúo dos ejes: cómo piensan las libertades personales y cómo piensan el autogobierno colectivo, que sería la cosa más democrática, la idea de que el pueblo decida. Históricamente América Latina tuvo mucho de experiencias conservadoras, que se han mostrado muy hostiles a estos dos ejes”.
Para Gargarella, “lo peor de la historia latinoamericana tiene que ver con las experiencias conservadoras”, porque han sido “hostiles a las libertades personales y a las libertades colectivas”. Pero también están las experiencias del liberalismo, que “ha tenido una concepción mucho más amigable y defensora de libertades personales, como libertad de prensa, libertad de asociación y demás”; sin embargo, “como el conservadurismo, ha sido muy hostil con la cuestión democrática: una visión muy contramayoritaria”.
Recorrer la historia a contrapelo, conceptualizándola, implica construir herramientas para analizar el presente. Al mileísmo lo define como “una versión extrema y autoritaria del conservadurismo”. El macrismo, por su parte, “intentó ir por un sendero liberal, con su atractivo y sus problemas”. “Y después hubo intentos de lo que podríamos llamar ‘radical republicanos’: valoran más la presencia del pueblo en la política, pero son hostiles con las libertades personales, o por lo menos mostraban cierto desdén en eso”, asegura.
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El mapa permanece incompleto. “Hay un casillero vacío”, dice Gargarella. “El cuadrante que falta es una posición de izquierda, a la que llamaría consistentemente igualitaria. Una visión con la que no hemos ensayado ni en Argentina ni en América Latina, que sea profundamente respetuosa de las libertades personales y al mismo tiempo que sea defensora del autogobierno colectivo. Esta vía de entrada me sirve para pensar la política contemporánea y para reivindicar esa alternativa igualitaria”.
Esa “alternativa igualitaria” implicaría, explica el autor, “una defensa radical de la libertad personal: opciones sexuales, opciones en términos de salud reproductiva, tu proyecto político, tu ideario, tu modo de pensar”. “Y del mismo modo, que eso vaya de la mano de un radical respeto del derecho colectivo al autogobierno. Autogobernarse no es lo mismo que decir ‘hacemos un plebiscito sobre cada cosa’. Autogobernarse es reconocer que nosotros, los ciudadanos, tenemos que ser dueños de nuestro destino”.
En ese sentido, Gargarella piensa a la izquierda como un camino de transformación, en la misma línea que Karl Marx, en La guerra civil en Francia (1871), sostenía que “la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines”. Ese autogobierno, junto a la defensa de la libertad individual, escribe Gargarella, permanecen “enlazados con la historia revolucionaria americana” y “forman parte de un mismo reclamo emancipatorio”.
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“Un proyecto así no se ha ensayado jamás. A eso llamo un proyecto de izquierda”, dice ahora, y enseguida aparece la pregunta sobre la distancia entre teoría y práctica, entre utopía y realidad. “Yo reivindicaría una visión rousseauniana, que no era la visión tonta de pensar que a la ciudadanía le encanta la política y va a dedicarle todo el tiempo que pueda. En este capitalismo corporativo y prebendario, con profundas desigualdades, la gente está desesperada por su supervivencia, en constantes movimientos defensivos”.
En ese punto es que aparece, no la toma de conciencia, sino algo previo: “Una crítica a las condiciones económicas y políticas en que estamos organizados. Porque han limitado muchísimo nuestra posibilidad de hablar democráticamente, si no es que nos reprimen directamente y nos fuerzan a dedicar la energía cotidiana a la supervivencia, no a la vida en común. No es que la gente no participa porque odia la política. Lo que pasa es que está forzada a privilegiar su supervivencia, la de sus hijos, la de su familia”.
Gargarella discute la idea de apatía política: “En América Latina tenemos experiencias permanentes de salida masiva de gente a la calle a protestar. En 2019 en Chile toda la sociedad estaba en la calle, fue un estallido de bronca que puso patas para arriba a todo el país. También tuvimos una experiencia así en Argentina. En Brasil, en la época del mundial, en su mundial, cuando todos decían ‘lo único que les importa es el fútbol’, las calles estaban llenas de gente protestando. Hay niveles de movilización permanente”.
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“Lo que también hay y ha habido es una sistemática represión de la protesta. El sistema todavía tiene una capacidad de resistencia extraordinaria. Además, es compatible que nos sigamos movilizando cuando vemos la expectativa de algún cambio, como en el Ni Una Menos o en las marchas por el aborto o en la defensa de la educación pública", dice y agrega: “Que la gente salga a la calle para reclamar por lo suyo tiene mucho que ver con la historia, con la propia historia, la de los cuerpos dañados, la memoria”.
La política no es una sola y se manifiesta de diferentes formas. No solo en la masividad. “Ayer caminaba por Libertador y había un manifestante con un cartel reclamando aumento salarial en McDonald’s. Era una sola persona dando vueltas por la manzana”, cuenta el autor de Izquierda y política. “Las redes sociales y las nuevas tecnologías influyen muchísimo. Por un lado, abren nuevas maneras de expresión política. Y por otro lado, consumen una energía que antes se trasladaba de otro modo”, reflexiona.
“Sigue habiendo en todos lados manifestaciones masivas y pequeños actos de resistencia. Eso no implica desconocer cómo la vida política cotidiana ha venido cambiando por el algoritmo. En general, esas cosas influyen negativamente y son más bien perjudiciales para la vida en común. Pero es compatible con el hecho de que en toda América Latina, para no decir en todo el mundo, la gente fsigue saliendo a las calles para reclamar lo suyo. Eso lo vemos recientemente en Perú, en Bolivia, en Colombia”, agrega.
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Lo importante, dice el abogado, es “poder definir a las ideologías con independencia de anécdotas importantes”: “Estados Unidos, en nombre de la libertad, invadió y sacudió a montones de países, la Unión Soviética, en nombre de la igualdad, oprimió y estableció campos de concentración”. “Frente al aluvión de insultos y descalificaciones sobre la izquierda, yo la defino de un modo opuesto al que suele hacerse a partir de una caricatura o de sus peores rasgos, que los ha tenido”, dice.
“Aun el conservadurismo tiene su historia noble y merece ser puesto en términos no caricaturescos. Por eso, la reivindicación de la izquierda”, dice Gargarella, sobre el final de la conversación, y alude a Izquierda y política: “En parte es una reacción de enojo al bastardeo del mileísmo hacia el tema. También es una cuestión de convicción: estoy convencido que es el modo apropiado de pensar la política y de tratarnos mutuamente con respeto. Eso, para mí, está en la esencia de una visión igualitaria de izquierda”.