La policía iraní ha cerrado en las últimas semanas decenas de cafeterías en distintas ciudades del país, en su mayoría bajo el argumento de que sus dueños no obligan a las clientas a cubrirse el cabello. La medida golpea uno de los pocos espacios de socialización que le quedan a la juventud iraní, en un contexto marcado por la guerra con Estados Unidos, la inflación y las protestas reprimidas en enero.
The New York Times reconstruyó esta escena con entrevistas a dueños de cafeterías, empleados y clientes en Teherán, y describe una contracultura visible para cualquier transeúnte: locales que se llenan de jóvenes que conversan, fuman y coquetean, y a menudo desbordan hacia las aceras. Son encuentros mixtos donde las mujeres circulan sin velo y algunos clientes beben alcohol de forma discreta, dos conductas ilegales en el país.
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Según pudo confirmar The New York Times, HRANA documentó el cierre de al menos siete cafeterías en Teherán el 19 de julio, y la agencia estatal Mehr informó del cierre de otras diez en Jorasán del Sur. Iran International eleva la cifra a al menos 42 negocios sellados en tres semanas en 17 ciudades —entre ellas Teherán, Mashhad, Yazd, Kerman y Ardabil, donde 16 personas fueron arrestadas—, cerca del 22% de los 191 casos que HRANA documentó en todo el año persa anterior. La represión se ha extendido también a restaurantes y boutiques, aunque algunos comercios han reabierto.
Para los expertos consultados por el Times, es una escena que desafía los intentos del Gobierno de controlar el espacio público. Desde las protestas de enero, sofocadas con fuerza letal, el régimen busca limitar cualquier concentración espontánea, mientras organiza concentraciones nocturnas oficialistas que proyectan respaldo popular. Dueños, empleados y clientes explicaron al Times que las autoridades apuntan sobre todo a locales agrupados entre sí, cuyo pequeño tamaño obliga a los clientes a quedarse en la acera y forma aglomeraciones que se observan con recelo.
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“Parece que ha comenzado una campaña para controlar el Irán de posguerra, una sociedad infeliz y bajo presión”, dijo al Times Amir, de 45 años, dueño de una cafetería en Teherán no clausurada en la última ronda. “Siempre nos consolamos pensando que es solo una ola. Vienen y nos cierran, pero volvemos a levantarnos”.
Como otros entrevistados, Amir pidió ser identificado solo por su nombre por temor a represalias. “Las cafeterías se cierran por las multitudes que se forman afuera por las tardes”, relató al Times Mona, artista de 36 años en Teherán. “Parecen creer que es una concentración de protesta, cuando en realidad es solo un grupo de jóvenes que lucen un poco distintos a lo que los funcionarios están acostumbrados a ver”.
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Las justificaciones oficiales van desde infracciones regulatorias hasta “conducta social y moral indebida”. Varios residentes señalaron al diario que muchas cafeterías del centro servían cerveza; el consumo de alcohol se castiga con azotes.
Haleh Mir Miri, investigadora en Canadá y autora de un libro sobre la cultura cafetera iraní, explicó al Times que esta escena funciona como rechazo a la ideología del Gobierno: “Para un Gobierno totalitario acostumbrado a homogeneizar la vida de las personas, eso es intrínsecamente peligroso”.

El antecedente ayuda a entender el fenómeno. En 2022, bajo Ebrahim Raisi, la policía de la moralidad intensificó los controles sobre el velo y Mahsa Amini, de 22 años, murió bajo custodia tras ser detenida por presunta vestimenta inapropiada, lo que desató el movimiento Mujer, Vida, Libertad. Desde entonces se ha normalizado ver a mujeres sin velo, pese a que Amnistía Internacional denunció a finales de 2024 una represión cada vez más violenta contra las mujeres.
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El Gobierno de Pezeshkian ha evitado, según el Times, arrestar masivamente a mujeres por no llevar velo, consciente de que una aplicación estricta podría detonar nuevas protestas, y en su lugar presiona a los negocios para que impongan ellos mismos la norma. “El Gobierno quiere recordarle periódicamente a la gente que el velo todavía importa”, declaró Omid Shams, abogado de derechos humanos en Londres. En junio, la cantante Parastoo Ahmadi y ocho integrantes de su banda fueron condenados en Qom a 74 latigazos, tras un video sin velo.
Los cierres, aunque tal vez inútiles frente a normas sociales que ya cambiaron, tienen un costo tangible: jóvenes con pocas salidas laborales pierden ingresos y toda una red de tostadores y proveedores sufre las consecuencias. “Los jóvenes solían pensar que, si no encontraban trabajo en ningún otro lado, siempre podían trabajar en una cafetería”, dijo al Times Reza, barista en Teherán. “Ahora, incluso esa opción está desapareciendo.”
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Mona resumió la sensación que le deja cada cierre: una suerte de “desesperanza”, la certeza de que las autoridades nunca abandonarán su afán de control.
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