
Más allá de cualquier debate ideológico y lejos de rozar la sensibilidad hipócrita de aquellos que se escudan en una supuesta islamofobia victimizante, es un hecho concreto la influencia del islam en los asesinatos que las organizaciones extremistas ejecutan sin piedad. Sobran ejemplos en los que el accionar y la presencia de la religión son un factor desencadenante de estos crímenes.
Como es lógico, ante la brutalidad que ejerce el extremismo, el desconocimiento sobre él y las excusas que provienen del propio islam ayudan a que las cosas parezcan ponerse cada vez más difíciles para funcionarios, analistas políticos y periodistas occidentales. Esto es notorio frente a la creciente expansión del terrorismo, más aún cuando se trata de abordar y lidiar con algo que nunca han podido entender.
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Sin embargo, es tiempo de frenar a los asesinos y desenmascarar sus falacias victimistas. Para ello, la comunidad internacional debe enfrentar esta endemia en la forma correcta y sin temblor de mano. Sólo así se podrá detener la expansión del terrorismo islámico, pues está demostrado que el propio islam no lo hace ni lo hará. En consecuencia, es tiempo para el mundo libre de vestirse con pantalones largos y poner fin a esta situación. El éxito o el fracaso de los criminales está conectado con la corrección política y el doble discurso de Occidente, y ya no puede ocultarse.
Ya no es relevante que el mundo árabe islámico sindique de enfermos, locos o malos creyentes a sus propios fieles. Ellos matan en nombre del mismo Dios que une a todos los musulmanes. Por ello, lo que definitivamente debe entenderse es que estamos frente a una guerra contra el mismo enemigo que no duda en asesinar inocentes en nombre de su Dios.
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El nazismo hoy está prohibido por ser una ideología supremacista, extremista y fascista que representa una amenaza directa a la humanidad. Su historial sangriento es relativamente reciente, y el odio de su fuego aún quema bajo las cenizas de la destrucción, como los crímenes que generó en el siglo pasado.
En este tiempo, se percibe el comienzo de un camino hacia un tipo similar de destrucción que proviene del islamismo, y ello ocurre porque la comunidad internacional y muchos gobiernos árabes han permitido que los extremistas impongan sus agendas. Años atrás, éramos pocos los que alertábamos sobre este fenómeno. Hoy, el mundo es plenamente consciente de la gravedad de la situación a la que los terroristas musulmanes nos han arrastrando.
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Los extremistas han tenido éxito en las percepciones de personas confundidas respecto de lo que es justo y lo que es injusto, sobre quién es amigo y quién, enemigo. También, están tratando de dividir a la gente de acuerdo con su secta, grupo étnico y pertenencia. Así definen las cosas entre el bien y el mal en la medida en que las ideas de la identidad alternativa supera la lealtad a su país, algo que se supone que debe tener prioridad sobre la propia fidelidad, incluso a la tribu o a la secta, y que debería asegurar que todo el mundo tenga los mismos derechos e iguales responsabilidades.
En medio de esta atmósfera ponzoñosa, el concepto del islamismo y la religiosidad son las mayores amenazas para la destrucción de las estructuras civiles para dividir las sociedades, y los discursos del islam pretenden quebrar y violentar la columna vertebral del mundo libre y de su estructura jurídica y normativa.
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No se debe, ni se puede, concesionar ya nuestros valores occidentales, nuestros derechos ni libertades ante quienes mienten y asesinan con falsos discursos que han demostrado ampliamente que -de paz y hermandad- sus creencias religiosas no tienen nada.
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